Hoy tuve que ir a un velorio y, de camino, paré en una florería a comprar flores violetas. El velorio fue el de Alicia Gutiérrez, integrante del colectivo Mujeres de Negro, que después de salir adelante de una dura enfermedad murió en las ruedas del azar del tránsito montevideano. Cuando llegué, me encontré en la puerta del ascensor con una mujer mayor de rulos y lentes rojos; le pregunté si iba a lo de Alicia y me dijo que sí; ambas subimos y elegimos el piso 3.
Cuando entré, vi que había muchas personas, muchas mujeres, y fui derecho al lugar donde estaba el cajón. Allí había flores blancas, dibujos, lo que intuyo que era su remera del colectivo, y detrás del cajón, colgado de la enorme cruz de la sala, el cartel “Ni una muerte indiferente” pegado con cinta adhesiva a dos cañas; el cartel colgaba sobre la cruz, la tapaba. Ese acto, seguramente inconsciente y enmarcado en la espontánea división del espacio, me llevó a este relato.
Conocí poco a Alicia, la entrevisté dos veces para la monografía de mi licenciatura. Siempre tengo presente su emoción cuando me contó cómo ella y su colectivo fueron reconocidas por una de las sobrinas de las hermanas Mirabal cuando tocó una marcha simultánea por el 25N. Alicia se emocionaba, se sentía reconocida cada vez que me lo contaba, sentía que lo que hacía era importante e impactante, tanto como para llamar la atención de alguien como ellas.
No quiero que se vayan las Mujeres de Negro sin que les demos las gracias por todo lo que han hecho: cómo juntas se acompañaron ante pasados y presentes dolorosos, las mujeres que arrimaron a la lucha.
Su emoción y recuerdo me llevan a escribir estas palabras, para que ustedes, las compañeras que me leen, se emocionen y también recuerden. La recuerden a ella y a las otras Mujeres de Negro, que, como todas nosotras, se van poniendo viejas y no quiero que se vayan sin que les demos las gracias por todo lo que han hecho: cómo juntas se acompañaron ante pasados y presentes dolorosos, las mujeres que arrimaron a la lucha, las mujeres a las que sacaron de situaciones de violencia y la forma en que hablaron de la violencia contra las mujeres, los niños y las niñas cuando Uruguay ni recordaba ni se emocionaba por esas muertes.
Desde ese lugar, para terminar, quiero volver al inicio, cuando la mujer de rulos y yo estábamos esperando el ascensor, cuando nos dijimos que ambas íbamos al velorio de Alicia. Nosotras, dos personas que no se conocían, de edades diferentes, vestidas diferentes. Al momento de subir, con la mirada melancólica que compartíamos, ella me dijo: “Por suerte somos varias”, y es ahí donde me gustaría ir, a que en el presente y en el futuro, cuando toque otra vez, seamos varias.
Aimara Curuchaga es licenciada en Ciencia Política; se acercó al colectivo Mujeres de Negro para realizar su tesis “(In)cómodas: intervenciones de Mujeres de Negro desde una mirada feminista”.