Lo que algunos de los principales expertos anuncian es algo tan extraño como el posible despertar de una civilización sin territorio, sin infancia ni cuerpo y sin historia humana, alojada en los centros de datos del planeta. Una multitud invisible de inteligencias artificiales podría estar a punto de emerger no en décadas, sino en años. La pregunta no es solamente si la inteligencia artificial (IA) nos ayudará a escribir, calcular o descubrir. ¿Estamos construyendo, sin comprenderlo del todo, la primera generación de seres sin rostro más inteligentes que nosotros?
En aproximadamente dos años es altamente probable que dispongamos de 50 millones de genios con un nivel de inteligencia superior a la de cualquier premio nobel en cualquier área, tanto de las artes, las ciencias biológicas, físicas, matemática o filosofía, literatura o música. Esta es la estimación formulada a comienzos de 2026 por Dario Amodei, integrante de OpenAI hasta 2020, director y fundador de Anthropic desde 2021, empresa creadora del sistema de IA Claude, globalmente usado. En su reciente ensayo La adolescencia de la tecnología, escribió: “Supongamos que en 2027 se materializara en algún lugar del mundo un ‘país de genios’ literalmente. Imaginemos, por ejemplo, 50 millones de personas, todas ellas mucho más capaces que cualquier ganador del premio nobel, estadista o tecnólogo. La analogía no es perfecta, porque estos genios podrían tener una gama extremadamente amplia de motivaciones y comportamientos, desde completamente dóciles y obedientes hasta extraños y ajenos en sus motivaciones”. La representación de esta “IA potente” –así la llama– es como “imaginar un país de genios en un centro de datos”. Esta predicción, advierte, puede estar equivocada, pero es la mejor que él puede hacer dada la competencia reciente de los últimos modelos de lenguaje para escribir su propio código acelerando aún más el proceso. Deben existir pocas personas en el mundo más capacitadas que este doctor en Física por la Universidad de Princeton para proyectar el futuro inmediato y la aparición de esta explosión de superinteligencia muy superior a la humana. Hay “una probabilidad muy alta de que esto llegue en los próximos años”, resume en su advertencia.1
Considerado uno de los padres de la IA y pionero en el diseño de redes neuronales para el aprendizaje de estos sistemas, Geoffrey Hinton coincide cuando proyecta la evolución de la IA en los próximos años. Este científico trabajó en la Universidad de Toronto, obtuvo el premio Nobel de física y el premio Turing en computación y dedicó medio siglo de su vida a enseñar a pensar a las máquinas; ya jubilado de la academia, recientemente renunció a su puesto de Google para poder hablar más libremente sobre los riesgos de la aceleración de la IA. Según su propia estimación y la de los colegas con los que interactúa, tendremos superinteligencia “en un plazo de diez años”. Este período se ha acortado porque antes no disponíamos de la potencia computacional necesaria ni de suficientes datos acumulados. Se han logrado las dos cosas y esto ha acelerado el funcionamiento de las redes neuronales artificiales utilizadas en los modelos de lenguaje, a los que Amodei prefiere llamar “grandes modelos de eventos”, porque ya tienen la potencia de actuar en el mundo real. Cuando se llegue al punto de inflexión en que sean capaces de crear sus propios algoritmos a una velocidad exuberante, entraríamos en lo que denomina “la singularidad”. Emulando el indescifrable universo físico de los agujeros negros del espacio interestelar, afirma, no podemos anticipar cómo estos sistemas ultrainteligentes reorganizarán la vida y los recursos existentes en nuestro planeta y su ambiente externo. Por esto, el riesgo existencial es alto y este especialista se ha concentrado en la reflexión sobre qué podríamos hacer.
En una reciente conferencia de 2024, otro experto en computación, Jürgen Schmidhuber, presenta una visión histórica y futurista de la IA y destaca cómo avances que parecían imposibles hoy están convirtiéndose en realidad gracias al crecimiento exponencial de la capacidad computacional y de los datos disponibles. Schmidhuber, como Hinton, también es considerado uno de los fundadores de la IA y de las redes neuronales, formó parte de un laboratorio en Suiza, trabajó en la Universidad de Lugano y, más recientemente, integra la Universidad de Ciencia y Tecnología Rey Abdullah, en Arabia Saudita. Explica en esta conferencia que la potencia de cómputo se ha multiplicado constantemente durante décadas siguiendo la Ley de Moore, y que esta tendencia continúa acelerando el desarrollo de sistemas de IA cada vez más sofisticados. Según él, muchos de los avances recientes, como redes neuronales profundas, reconocimiento de imágenes, traducción automática y modelos generativos, son apenas etapas iniciales de un proceso mucho más amplio. Respecto del momento en que podría surgir una IA superior a la humana, adopta una posición notablemente optimista y aceleracionista. Sugiere que una IA general avanzada podría aparecer en un futuro próximo, pero ciertos componentes fundamentales ya existen hoy. Schmidhuber afirma, además, que las futuras inteligencias artificiales podrían convertirse en “científicos artificiales” capaces de generar nuevos conocimientos por sí mismos. Esto significaría que la IA ya no solo ejecutaría tareas humanas, sino que comenzaría a producir descubrimientos científicos y tecnológicos a velocidades inaccesibles para nuestra mente. Hoy disponemos de la capacidad para programar software un millón de veces más potente que hace 30 años y, dada la exponencialidad, en los próximos años el cambio será absoluto. Transmite la idea de que el salto hacia sistemas superinteligentes podría producirse antes de lo esperado, impulsado por mejoras continuas en hardware, algoritmos y automatización científica: “Ocurrirá antes de que me jubile, y para eso no falta mucho”, concluye.
Tal vez la superinteligencia no llegue con el estruendo de una invasión, sino con el silencio de una biblioteca que empieza a leerse a sí misma. Un archivo inmenso de palabras, imágenes, fórmulas, música y descubrimientos que, de pronto, deja de ser solo memoria acumulada y se convierte en praxis.
Frente a las visiones más dramáticas presentadas hasta aquí, conviene introducir una nota de cautela. No todos los grandes arquitectos de la IA creen que estemos ante el umbral inmediato de un sistema de inteligencia superior. Yann LeCun, por ejemplo, también ganador del premio Turing, exintegrante de Meta y reconocido por sus aportes decisivos a las redes neuronales en el aprendizaje profundo, ironiza sobre los genios por venir y advierte que el brillo actual de los grandes modelos de lenguaje puede confundirse fácilmente con una forma más profunda de inteligencia. Una máquina que escribe, traduce, programa o razona con aparente soltura no necesariamente comprende el mundo que describe. Puede habitar el lenguaje sin habitar la experiencia; aprende a reconocer patrones sin poseer sentido común; produce respuestas admirables sin ser capaz todavía de planificación autónoma. Para LeCun y otros protagonistas de peso en esta área, si bien la superinteligencia no debe ser descartada, tampoco debería ser anunciada como inminente ni considerada el destino inevitable de los sistemas actuales. Dicho de otra manera, la superinteligencia no es imposible, pero tampoco será una consecuencia directa de escalar los modelos existentes. Entre la herramienta prodigiosa y la inteligencia autónoma con agencia existiría todavía una distancia conceptual y técnica. La IA está transformando la economía, la cultura y la política, pero no necesariamente llegará de inmediato a convertirse en una especie superior capaz de actuar por sí misma en el mundo.
Si Amodei imagina un país de genios dentro de un centro de datos, Hinton teme que ese país cruce el umbral de la singularidad y Schmidhuber anticipa científicos artificiales capaces de descubrir lo que nosotros aún no sabemos ni siquiera imaginar. La humanidad, mientras tanto, observa la puerta entreabierta de una civilización sin territorio y se pregunta si todavía tendrá la llave.
La aceleración de los últimos años, la inversión de recursos sin precedentes para avanzar y la innovación sin límites de las empresas globales que protagonizan esta carrera por la superinteligencia compiten con la conciencia creciente del riesgo existencial y la alerta de que sistemas ultrainteligentes comienzan a tomar más control en áreas concretas del mundo real, por ejemplo, en las finanzas. Del duelo entre estas dos tendencias, la aceleración y la percepción del riesgo, dependerá el lugar que ocuparemos los sapiens en el futuro inmediato. La evolución, sin embargo –así lo dice la teoría–, no se detiene. Tal vez la superinteligencia no llegue con el estruendo de una invasión, sino con el silencio de una biblioteca que empieza a leerse a sí misma. Un archivo inmenso de palabras, imágenes, fórmulas, música y descubrimientos que, de pronto, deja de ser solo memoria acumulada y se convierte en praxis.
Felipe Arocena es profesor titular del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.