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La tentación del apocalipsis

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Paul Ralph Ehrlich falleció recientemente dejando un legado problemático. Si bien fue un entomólogo brillante, su nombre no pasará a la historia por sus estudios sobre mariposas, sino por haber sido el arquitecto de uno de los miedos más persistentes del siglo XX. Con la publicación de La bomba poblacional en 1968, Ehrlich no solo vendió millones de libros, sino que instaló una forma de pensar el mundo, una en la que el ser humano aparece esencialmente como una plaga condenada al hambre.

Su importancia histórica no radica tanto en haberse equivocado —algo que en ciencia es inevitable—, sino en haber contribuido a consolidar una forma de pensar el futuro en términos de colapso inminente. A la luz de su muerte, resulta oportuno revisar no solo por qué fallaron sus predicciones, sino qué consecuencias tuvo convertir el apocalipsis en herramienta política y cultural.

El fantasma de Malthus

Ehrlich era un ferviente seguidor de las ideas del clérigo Thomas Malthus, quien un siglo y medio antes había postulado que, dada la diferencia estructural entre el crecimiento poblacional —que, según sus cálculos, respondía a una progresión geométrica— y el de la producción de alimentos —que lo hacía en forma lineal—, la humanidad se enfrentaba a un cataclismo inevitable. La escasez, la pobreza y las hambrunas no eran accidentes históricos, sino leyes naturales inevitables.

Ignorando el reiterado fracaso de los pronósticos malthusianos, Ehrlich retomó esas ideas y las adaptó al contexto de la segunda mitad del siglo XX. Ya desde el prólogo de La bomba poblacional podía apreciarse el tono de su prédica: la batalla para alimentar a la humanidad estaba perdida y centenares de millones de personas morirían de hambre en las décadas siguientes, independientemente de cualquier programa de ayuda que se implementara.

En un ensayo de 1969 titulado “¡Eco-catástrofe!” y en múltiples entrevistas y conferencias Ehrlich no escatimaba en detalles sobre lo que esperaba a la humanidad en la década siguiente: “La mayoría de las personas que van a morir en el mayor cataclismo de la historia de la humanidad ya han nacido”, “la tasa de mortalidad seguirá aumentando hasta que, como mínimo, entre 100 y 200 millones de personas mueran de hambre cada año durante la próxima década”. En 1974 empezaría el racionamiento de agua potable en Estados Unidos y en 1980 el de los alimentos. Las tasas de hepatitis y disentería epidémica iban a aumentar un 500% entre 1970 y 1974 y el uso del insecticida DDT llevaría la esperanza de vida a los 42 años para 1980.

Con relación a India, su estilo incendiario lo llevó a afirmar: “No he encontrado todavía a nadie, familiarizado con la situación, que crea que India será autosuficiente en alimentos en 1971 o alguna vez”.

Nada de eso ocurrió. Sin embargo, la influencia de esta narrativa fue enorme. Instituciones internacionales, organismos de crédito y agencias de ayuda adoptaron la idea de que el crecimiento demográfico era la principal amenaza para la estabilidad mundial. Bajo ese paraguas ideológico, la ayuda financiera comenzó a condicionarse a la implementación de políticas de reducción de la natalidad. Millones de personas fueron esterilizadas, muchas veces mediante engaño o coerción, en países como India, Perú o Bangladesh.

El planeta se salvaba en los papeles, pero a costa de la dignidad y los cuerpos de los más vulnerables. El problema de las malas ideas no es que sean falsas, sino que cuando son creídas por suficiente gente acaban teniendo consecuencias desastrosas.

La variable olvidada: La creatividad humana

Los errores sistemáticos de este tipo de profecías tienen un denominador común: consideran el futuro como una simple prolongación del pasado, omitiendo un factor decisivo: la creatividad humana. El desarrollo de nuevos conocimientos y sus aplicaciones tecnológicas no pueden extrapolarse linealmente ni predecirse, porque, por definición, los desconocemos.1

Un mito urbano no confirmado pero ilustrativo cuenta que a fines del siglo XIX algunos analistas advertían que, si la tendencia continuaba, las ciudades quedarían enterradas bajo metros de bosta de caballo. El problema era real; la solución, inimaginable para la mayoría de los expertos de la época. El motor de combustión resolvió el problema de una manera que nadie estaba capacitado para imaginar.

Y así como el motor reemplazó al caballo, el laboratorio desafió a la tierra. Mientras Ehrlich anunciaba hambrunas inevitables, ya estaba en marcha la Revolución Verde, liderada por el agrónomo y genetista Norman Borlaug. Ganador del Premio Nobel de la Paz en 1970, Borlaug es hoy reconocido como "el hombre que salvó mil millones de vidas". Mediante el desarrollo de variedades de trigo enanas de alto rendimiento y técnicas agrícolas modernas, logró lo que los teóricos consideraban imposible. Ehrlich, fiel a su dogma, creía que la Revolución Verde era solo una ilusión, “más palabrería que realidad”, pero la historia no deja dudas: India es hoy uno de los mayores productores y exportadores de alimentos del mundo. En 2022 sus exportaciones de arroz superaron a las de los cuatro mayores exportadores que le siguen juntos: Tailandia, Vietnam, Pakistán y Estados Unidos.2

Los datos globales cuentan una historia muy distinta a la que imaginaban los profetas del colapso. La esperanza de vida aumentó de manera extraordinaria a lo largo del siglo XX, la mortalidad infantil se redujo drásticamente y la producción de alimentos creció más rápido que la población. Las hambrunas no desaparecieron, pero hoy sabemos que su causa fundamental no es la escasez global de alimentos, sino la inestabilidad política, las guerras y la corrupción de Estados fallidos.

Incluso la dinámica demográfica evolucionó en sentido contrario al que preveían los neomalthusianos. La tasa de crecimiento no ha dejado de descender, siendo hoy la mitad que en los años 60. En muchos países desarrollados, el problema actual es el opuesto al que imaginaba Ehrlich: tasas de fertilidad inferiores al nivel de reemplazo, envejecimiento poblacional, reducción de la fuerza laboral y crisis potencial de los sistemas previsionales.

El peligro de la "alarma estratégica"

Ehrlich no aprendió nunca de sus errores. Cincuenta años después de la publicación de La bomba poblacional, todavía insistía con su estilo alarmista: “El colapso de la civilización es casi una certeza en las próximas décadas”, sostenía en una entrevista con The Guardian. Entrevistado por The New York Times ya en 2015 sobre sus predicciones erróneas, lejos de reconocer su error, redoblaba la apuesta: “Hoy en día, mis palabras serían aún más apocalípticas”. Un empecinamiento muy alejado de la actitud científica.

Sin embargo, su estilo dejó escuela. No son pocos los que lo defienden dentro del ambientalismo como un mecanismo válido de “alarma estratégica”: para lograr cambios moderados sería necesario que alguien pateara el tablero planteando escenarios extremos. La idea es tomar sus predicciones no tanto como pronósticos, sino como advertencias, sin preocuparse tanto por su inexactitud, y valorar positivamente su rol para poner en guardia a la población sobre problemas reales que es necesario enfrentar.

El problema de este razonamiento es que introduce una idea peligrosa: que la exageración o incluso la falsedad pueden ser herramientas legítimas si la causa es lo suficientemente noble.

El énfasis sensacionalista de la crisis inminente instala en la población el pesimismo sobre la capacidad de la especie para resolver los problemas que ella misma ha generado. Por un lado, se toma el apocalipsis no como hipótesis a confirmar, sino como mito fundacional de tipo ideológico, sentando unas bases poco confiables sobre las que se cimienta la llamada “ecología política”. Si el poscapitalismo, el ecosocialismo y el decrecimiento se presentan como respuesta a una crisis planetaria que se percibe como terminal, cualquier dato que muestre un progreso real -por modesto que sea- se vuelve un estorbo para el relato.

El énfasis sensacionalista de la crisis inminente instala en la población el pesimismo sobre la capacidad de la especie para resolver los problemas que ella misma ha generado.

Desde un extremo menos politizado, la respuesta a un sistema que se percibe como colapsado deriva a menudo en una idealización ingenua de la naturaleza y de un pasado incontaminado. Este rechazo romántico a la modernidad se convierte en el caldo de cultivo propicio para el surgimiento de visiones esotéricas, desde una interpretación mística de la hipótesis Gaia —que transforma un concepto sistémico en una deidad sensible— hasta corrientes que adjudican un valor sagrado a la naturaleza. Al elevar el culto a la Pachamama o las narrativas new age por encima de la evidencia, se termina sacrificando la capacidad de análisis racional en el altar de un nuevo dogma espiritual.

El rechazo a esta retórica de “alarma estratégica” tiene al menos tres componentes. El primero, de orden conceptual o filosófico, refiere a la importancia de aceptar el criterio de verdad como fundamento del conocimiento. Se trata de una premisa ineludible en un pensamiento racional y la única consistente con la honestidad intelectual. Ninguna falsedad, por bienintencionada que parezca, contribuye a fortalecer el pensamiento crítico, porque destruye la lógica argumental y debilita la concordancia entre nuestras teorías y la realidad objetiva.

La segunda objeción, no menos importante, es de carácter táctico o instrumental. En tiempos de comunicación instantánea y posverdad, con la proliferación de fake news, el recurso sensacionalista termina siendo un búmeran. Al difundir datos alocados, el ambientalismo les regala una victoria táctica a los negacionistas y a los think tanks ultraconservadores. Los liderazgos de estilo populista —como los de Donald Trump o Javier Milei— encuentran en estas profecías fallidas el insumo perfecto para su retórica: si la “agenda verde” mintió ayer con el hambre mundial, ¿por qué creerle hoy sobre el aumento de la temperatura? El catastrofismo genera además un efecto dañino sobre la credibilidad de la propia ciencia. “Si le erraron tan feo en esto, ¿por qué creerles la próxima vez?”.

Pero el daño no es solo político o epistemológico, también es psicológico. Una generación entera crece bajo la idea de que el futuro está clausurado. Millones de jóvenes imaginan su futuro bajo la pátina asfixiante de estos lúgubres pronósticos. Ante este horizonte clausurado, surgen voces que, sin negar los problemas, reivindican el uso de la razón para resolverlos.

Hacia un optimismo basado en la evidencia

Hannah Ritchie, científica de datos escocesa, investigadora en la Universidad de Oxford, editora de Our World in Data y experta en cambio climático, advertía el año pasado de las graves consecuencias de estos discursos sobre la juventud: "Hay muchos comentaristas y activistas que dirigen sus mensajes a los jóvenes con un alarmismo climático que les impacta y hace daño. Lo sé porque me escriben diciéndome que sienten que no tienen futuro después de ver un video en Youtube o leer un artículo. Es devastador porque, en algunos casos, llegan a la conclusión de que no vale la pena estudiar, trabajar o hacer planes porque el mundo está condenado".

Según un estudio académico realizado en Reino Unido, las personas no vinculadas al ecologismo tenían un 60% más de posibilidades de tener hijos que los ecologistas comprometidos.3 Un equipo de investigación dirigido por la doctora Caroline Hickman encuestó a 10.000 jóvenes de entre 16 y 25 años en diez países y encontró que casi el 60% se sentían "muy" o "extremadamente" preocupados por el cambio climático y más del 75% afirmó que "el futuro es aterrador".

En su magnífico libro El mundo no se acaba, Hannah Ritchie advierte sobre estas tendencias y hace un minucioso repaso de la situación del planeta atendiendo a siete problemas cruciales: contaminación atmosférica, cambio climático, deforestación, alimentación, pérdida de biodiversidad, contaminación marina por plásticos y sobrepesca.

La convicción de Ritchie —que la suya puede ser la primera generación en lograr un mundo verdaderamente sostenible— no nace de un optimismo ciego, sino de un análisis riguroso de la realidad. Frente a la herencia de Ehrlich, que nos paraliza con el miedo y nos empuja hacia soluciones autoritarias o místicas, el camino de los datos y la razón se presenta como el único activismo posible. Al final del día, el mundo no se acaba, se transforma. Y solo podremos liderar esa transformación si dejamos de ver al futuro como una condena y empezamos a verlo como el lienzo de nuestra propia creatividad.

Marcelo Aguiar Pardo

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