¿Qué es la Nueva Ruta de la Seda?

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Los temas de geopolítica han tomado una centralidad pública cada vez mayor. La pretensión de hegemonía unipolar de Estados Unidos va quedando en cuestión y ya nadie discute el ascendente papel de la República Popular China en el actual contexto mundial. Sin embargo, poco conocemos acerca de los ejes de la política exterior del gigante asiático. Por ejemplo, es frecuente hacer referencia a la llamada Ruta de la Seda, pero, ¿qué es esa iniciativa china? ¿Qué lugar ocupa dentro de su estrategia global y qué implica para los países involucrados? En esta nota nos proponemos avanzar, sin agotarlo, en el tema.

La primera Ruta de la Seda

En el pasado se denominó Ruta de la Seda a una vía comercial que comenzó a ser transitada en el siglo II. Esta conectaba el Imperio chino, y sus sucesivas dinastías, con el norte africano y el mediterráneo europeo, pasando por territorios que hoy forman parte de diversos países como Mongolia, Pakistán, Irán, Arabia Saudita, Egipto, Grecia y Turquía, entre otros. Su nombre se origina en la mercadería más cotizada implicada en el comercio, pero este también incluía piedras semipreciosas, ámbar, lino, porcelana, té y especias. En el siglo XVI, la importancia de la ruta fue disminuyendo, producto de la expansión del tráfico marítimo interoceánico que resultaba más seguro para llegar a Asia. Posteriormente, las guerras del opio, impulsadas por el Imperio británico, provocaron la decadencia del protagonismo mundial chino, que ingresó en lo que denominan el “siglo de la humillación”. Recién tras la revolución de 1949, la relevancia de China comenzó nuevamente a ser considerada.

La actual Ruta y Franja

La actual llamada Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, por sus siglas en inglés), comenzó a ser promovida por el gobierno chino en 2013. Inicialmente tenía como objetivo conectar China con el resto de Asia, África y Europa –más de 100 países de esos continentes participan–, pero se extendió a América Latina en 2017 tras un acuerdo con Panamá. A partir de ese año, una veintena de países latinoamericanos adhirieron al proyecto, entre ellos Uruguay. La Iniciativa no constituye ni un tratado de libre comercio clásico y menos un acuerdo militar; está definida como un acuerdo de cooperación, facilitador del comercio en el marco de la globalización.

La BRI propone cinco ejes de cooperación: consulta política; conectividad a través de infraestructura adecuada; incremento comercial; conectividad financiera; e intercambio de personas.

El origen de la propuesta no puede ser descontextualizada del debate internacional devenido tras la crisis mundial de 2008 y de las acciones llevadas adelante para superar sus consecuencias. Desde Europa y organismos como el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI) se impulsó una fuerte estrategia de austeridad para reducir el déficit y sanear las cuentas públicas. Se instrumentaron severos recortes del gasto público, reformas laborales y aumento de impuestos. En contraste, el gobierno de China ejecutó un potente plan de estímulo económico basado casi exclusivamente en la inversión pública. Se puso énfasis en desarrollar infraestructura construyendo nuevas redes de trenes de alta velocidad, carreteras, puentes y aeropuertos, además de impulsar la expansión del crédito inmobiliario. Fue un programa de corte keynesiano masivo, que sostuvo el crecimiento de la economía china y amortiguó la desaceleración del resto del mundo.

Esa experiencia, así como la estrategia de “salida al mundo” iniciada a comienzos del siglo, están en la base de la Iniciativa de la Ruta y Franja de la Seda que, globalizada, propulsa el financiamiento y la construcción de megaproyectos de infraestructura. La Franja refiere al área económica y terrestre (vías férreas, carreteras, gasoductos) y la Ruta [corresponde] más a la marítima (red de puertos comerciales estratégicos). La mejora de la competitividad implica también inversiones en energía, transporte y telecomunicaciones (ruta digital).

La BRI en América Latina

La Iniciativa de la Ruta logró resultados concretos en varios países latinoamericanos. El primero en involucrarse, como dijimos, fue Panamá. El proyecto específico estaba referido al canal de Panamá e involucraba a empresas chinas participando en algunas actividades asociadas al mismo. Sin embargo, como es conocido, apenas asumió Trump su segundo mandato gubernamental, amenazó con retomar el control del canal y presionó para que el gobierno panameño no renovara el acuerdo; el presidente Murillo cedió a la presión del mandatario estadounidense.

En Ecuador, la cooperación permitió restaurar un aeropuerto en Manta tras un terremoto y construir importantes puentes de conexión en el interior del país. Por su parte, en Perú se construyó e inauguró en 2024 el megapuerto de Chancay –con inversión total prevista de 3.400 millones de dólares– un complejo de 15 muelles, oficinas, servicios logísticos y un túnel de dos kilómetros de largo para dar salida a la carga. Resulta evidente el papel creciente que tendrá ese puerto para el comercio desde América del Sur con China cuando se articulen redes de transporte hacia él.

En el caso argentino, si bien la participación china en la financiación de la red ferroviaria para carga y pasajeros es anterior a la BRI, esta se intensificó con la adhesión.

Para los países en desarrollo, la adhesión al BRI significa el acceso a créditos multimillonarios de bancos estatales chinos, diversificando así las fuentes de financiación y reduciendo la dependencia de EE. UU. y de organismos como el FMI y el Banco Mundial. También facilita el comercio y el acceso al enorme mercado chino y reduce costos logísticos.

La participación en el BRI representa, sin duda, un respaldo a la visión geopolítica multilateral de Beijing, pero la adhesión no significa un alineamiento absoluto con China. De hecho, los gobiernos de los países adherentes presentan perfiles tan diferentes como Argentina y Cuba o Ecuador y Colombia, por mencionar solo ejemplos de la región.

La participación en la Iniciativa de la Franja y la Ruta representa, sin duda, un respaldo a la visión geopolítica multilateral de Beijing, pero la adhesión no significa un alineamiento absoluto con China.

No obstante, diversos analistas occidentales, críticos de la propuesta china, señalan lo que llaman la “trampa de la deuda” que podría generar. Refiere a que, si un país en desarrollo no puede pagar los créditos a China, activos estratégicos locales pueden pasar a control de empresas estatales chinas bajo concesiones de largo plazo. Se pone el ejemplo de un puerto en Sri Lanka, construido luego del tsunami, que fue concesionado por 99 años. Se critica, asimismo, las cláusulas de confidencialidad en los contratos y el uso exclusivo de mano de obra o insumos provenientes de China, y destacan las implicancias geopolíticas de ese vínculo. Corresponde recordar que organismos multilaterales de crédito bajo control occidental aplican restricciones similares respecto a insumos o mano de obra, y también son conocidas las “cartas de intención” condicionantes de procesos internos.

Uruguay-China

Hasta el presente se han realizado tres foros de la Franja y Ruta –mayo de 2017, abril de 2019 y octubre de 2023– con participación multitudinaria de delegaciones de cientos de países y organismos internacionales, en los que, por ejemplo, se consolidan los memorandos de entendimiento acordados bilateralmente. En el tercero, se consolidó el firmado por Uruguay en abril de 2023 por la cancillería uruguaya. Hacia fin de ese año, con la presencia del presidente Lacalle Pou en Beijing, se avanzó en el relacionamiento, alcanzándose el estatus de “alianza estratégica integral” entre los países. En la reciente visita de Estado a China, encabezada por el presidente Yamandú Orsi, ambas partes acordaron “continuar profundizando la implementación del Plan de Cooperación Bilateral sobre el Fomento de la Construcción Conjunta de la Franja Económica de la Ruta de la Seda y la Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI suscrito en noviembre de 2023”. Las áreas de cooperación planteadas son variadas.

La BRI y las otras iniciativas

La BRI es uno de los componentes de la estrategia global china definida para el actual siglo, en conjunto con otras iniciativas globales que fueron planteadas pública y sucesivamente en los últimos años: de desarrollo, de seguridad, de civilización y de gobernanza.

La Iniciativa de Desarrollo Global está orientada a la reducción de la pobreza, la seguridad alimentaria, la salud, la educación, la acción climática y la digitalización; promueve compromisos para una visión común, cooperativa y sostenible de la seguridad; el respeto a la soberanía e integridad territorial de los países; los propósitos y principios de la Carta de la ONU; la resolución pacífica de diferencias mediante diálogo y consulta; y el abordaje de desafíos no tradicionales como el terrorismo, el cambio climático, la ciberseguridad y la bioseguridad. La Iniciativa de Civilización Global tiene como pilares respetar las diversidades civilizatorias; los valores comunes de la humanidad; valorar la herencia y la innovación de las civilizaciones; y fortalecer los intercambios y cooperación interpersonales internacionales. Finalmente, la Iniciativa de Gobernanza Global, la última planteada, expresa el compromiso chino con los objetivos y principios establecidos en la Carta de las Naciones Unidas y acuerda que es necesario reformar y mejorar la gobernanza global a través de una consulta amplia y las contribuciones conjuntas.

Todas las iniciativas se enmarcan en el principio chino explícito de un “destino compartido de la humanidad”, reivindicador de un multilateralismo inclusivo centrado en las Naciones Unidas, la aspiración a la cooperación con beneficios mutuos y el respecto a la diversidad civilizatoria.

En el actual contexto internacional, en el que se promueve desde distintos ámbitos el enfrentamiento entre potencias, corresponde evitar que Uruguay quede embarcado en ello, y defienda sus intereses económicos, reivindique el multilateralismo, el fortalecimiento regional y el derecho internacional y mantenga diálogo con todos. Sin caer en una posición naif, debiéramos poder profundizar y analizar todas esas iniciativas chinas, sus consistencias e implicancias globales, regionales y nacionales. Hay un acumulado de casi 40 años de relacionamiento con China que, independientemente del gobierno de turno, ha ido profundizándose y, en términos de comercio de bienes, ha convertido a la nación asiática en nuestro principal mercado desde hace años. Sobre ese acumulado, que debe ser expuesto, debemos poner foco y analizar todas las posibilidades de relacionamiento que resulte beneficioso.

Edgardo Rubianes es doctor en Biología y fue presidente de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación.

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