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No tengo la menor duda de que el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica ejerce una presión permanente y profunda sobre los países de América Latina y el Caribe, así como sobre sus aliados, en busca de que lo apoyen en todas sus decisiones, declaraciones y agresiones.

Sin ninguna duda que esa presión es algo natural para un presidente que, como Donald Trump, considera que Estados Unidos es dueño del mundo y, en particular, de América Latina –su patio trasero–.

El imperio no es algo abstracto y durante esta etapa, su etapa final, hemos presenciado el deterioro del mundo unipolar y la propia caída de su hegemonía. Estados Unidos de Norteamérica es un país que, teniendo más de 200 años de vida independiente, solo en 15 de esos años no estuvo en guerra con algún país del mundo. Por otro lado, la situación emergente de dos países, China e India, que, como vanguardia de los Brics, presentan un polo de desarrollo que compite por mercados y materias primas y sus avances tecnológicos ya desplazan al propio imperio.

Desde el desarrollo de la Perestroika y la Glasnost, que entre otros resultados trajo la caída del muro de Berlín, los nuevos pensadores de la izquierda en Uruguay insistieron mucho en el “agiornamiento”.

Este planteo llegó a dos conclusiones que le hicieron mucho daño a nuestra izquierda. Por un lado, algunos confundieron agiornarse con renunciar a los paradigmas de la izquierda y eso los llevó a descartar vocabulario y autores clásicos del pensamiento. Otros llegaron al extremo de decir que las ideologías estaban muertas y habían desaparecido.

Siempre digo como chanza que, seguramente, cuando cayó el muro, estos pensadores estaban muy cerca de él y algunas piedras les pegaron en la cabeza.

Estos planteos llegaron a extremos como negar la lucha de clases y, estableciendo como algo posible la humanización del capitalismo, revitalizar la teoría del derrame o hablar de políticas de Estado. En ese sentido, dejaron de lado aquellos análisis de la historia que permitían una aproximación más objetiva de la interpretación de los hechos.

Lo único que faltaba era que volviéramos a creer en la existencia de los reyes magos y en que Trump es Papá Noel.

Este entorno político y social nos hizo caer en un grado de debilidad ideológica que llevó a que dejemos de dar esa lucha hoy llamada “batalla cultural”. Seguramente, nombre que surge de quienes no quieren reconocer su grave error político al declarar la muerte de las ideologías.

Lo llamativo es que la “reunión ministerial sobre resurgimiento del terrorismo político” a la que asistió Uruguay estuvo organizada por el país más terrorista del planeta, en un momento en el cual ese país nos está llevando al borde de una guerra global y nuclear.

Ahora nos enteramos de que Uruguay participó en una cumbre de países contra el terrorismo en Estados Unidos de Norteamérica, llamada “reunión ministerial sobre resurgimiento del terrorismo político”. Lo llamativo es que esa cumbre estuvo organizada por el país más terrorista del planeta, en un momento en el cual ese país nos está llevando al borde de una guerra global y nuclear.

En una definición que, supongo, tomó el presidente de la República junto con el canciller, se determinó que Uruguay iba a concurrir como oyente y, supuestamente, enviamos a un funcionario de bajo rango. Como si por tratarse de un funcionario de bajo rango se atenuara la validación del evento que hacemos simplemente participando en él.

Sin embargo, luego salió a la luz que fue el embajador de Uruguay en Estados Unidos quien asistió en persona al evento. No sé a quién se refirió el señor canciller cuando dijo que quien concurrió fue un funcionario de bajo rango.

Dicen que lo enviaron para escuchar qué se decía. ¿Alguien tiene dudas de lo que se iba a decir y plantear hacer por parte de Marco Rubio, vocero de Trump? Creo que nadie las tiene. Entonces, es pertinente preguntarse por qué y para qué asistió el embajador.

Trump sabe que necesita materias primas y commodities, petróleo, tierras raras y agua en particular. ¿Quién le puede proporcionar todo esto con baja resistencia y bajo precio? Su patio trasero.

Para ello deben suceder tres cosas: 1) tener la mayor cantidad posible de gobiernos cipayos, como el de Argentina, 2) construir el relato del resurgimiento de la guerrilla terrorista y, por último, 3) instalar un marco bélico en América Latina. Con la excusa de la inestabilidad territorial, estas tres condicionantes le permitirían intervenir con tropas y así invadir y robar nuestras riquezas.

Nuestro gobierno no ha estado a la altura de los acontecimientos. Se posicionó mal ante el genocidio en Palestina y Gaza por parte de Israel. Cometió el error de visitar un buque de guerra del imperialismo en momentos cruciales de una guerra genocida de la alianza entre Estados Unidos e Israel y ahora ello se corona con la participación como país en un evento de ultraderecha.

Basta. Parece que hay alguien que no conoce el artiguismo y el legado histórico que nos dejó. Señor presidente, se acabó el tiempo de las medias tintas, de buscar el centro, de no hacer olas para no confrontar, estamos en la hora de decir lo que sentimos, de lo que es correcto hacer. La izquierda debe explicar dando la lucha ideológica sobre el mundo que queremos construir y por qué, ¿o nos creímos el discurso de la derecha que grita que el socialismo fracasó? ¿Y ellos qué? ¿El capitalismo no es un gran fracaso para el mundo y un gran éxito para los ricos o ese mundo que aman con gigantescas inequidades? ¿No es el causante de la mayor violencia, que es el hambre y la miseria de los pueblos, y de millones de desposeídos?

Daniel Parada es médico y fue profesor agregado en la Facultad de Medicina de la Universidad de la República.