Vivimos cansados. No solo cansados de trabajar, sino cansados de estar disponibles todo el tiempo. Cansados de rendir, de responder, de llegar. Fatiga mental, saturación informativa, ansiedad persistente, dificultad para desconectar. La sensación de no alcanzar nunca, de estar siempre en falta, de deber algo, incluso sin saber a quién ni qué. No se trata solo de estrés individual ni de una mala gestión del tiempo. Hay algo más profundo en juego, un aspecto estructural que mueve los hilos de cada una de nuestras vidas.
En las últimas décadas, el cansancio dejó de ser una cuestión excepcional para convertirse en un estado casi permanente. Se duerme poco, se responden mensajes fuera de horario, se trabaja con el cuerpo agotado y la mente dispersa. Incluso el tiempo libre se vive como una tarea más: hay que aprovecharlo, mostrarlo, optimizarlo. El descanso se vuelve improductivo, casi culposo, y el no hacer nada es considerado prácticamente un delito. En ese contexto, la pregunta por el sentido de lo que hacemos —y para quién lo hacemos— reaparece con fuerza.
Para analizar este malestar contemporáneo, resulta útil poner en diálogo tradiciones distintas, épocas diferentes y lenguajes que, aunque no se hayan propuesto explícitamente converger, iluminan un mismo fenómeno desde aristas diversas y complementarias.
Albert Camus, en El mito de Sísifo, afirmaba que el único problema filosófico verdaderamente serio era decidir si la vida vale o no la pena ser vivida. Para él, el ser humano está condenado a vivir en una tensión permanente entre su deseo de sentido y un mundo que no ofrece respuestas definitivas. A esa tensión la llamó “el absurdo”. No se trata de una tragedia puntual, sino de una condición de fondo de la existencia.
Sísifo, castigado por los dioses a empujar eternamente una piedra montaña arriba para verla caer una y otra vez, simboliza esa condición. Pero Camus no lo presenta como una figura derrotada. Al contrario: imagina a Sísifo consciente, lúcido, sin ilusiones trascendentes. Su rebelión no consiste en escapar del castigo, sino en no mentirse. En asumir su destino sin resignarse espiritualmente. En vivir con dignidad incluso en lo absurdo.
Sin embargo, el mundo contemporáneo introduce una diferencia decisiva: hoy la piedra ya no es solo absurda. Tiene propietario.
Yanis Varoufakis sostiene que el capitalismo ha sido desplazado por una nueva forma de organización del poder: el tecno-feudalismo. Ya no gobiernan los mercados en sentido clásico, sino las plataformas digitales. Ya no somos principalmente trabajadores o consumidores, sino usuarios. Las grandes corporaciones tecnológicas no compiten en igualdad de condiciones: poseen infraestructuras que funcionan como territorios privados y cobran renta por el acceso a ellas.
Como en el feudalismo clásico, el poder no se basa en producir, sino en poseer. La tierra ya no es física, sino digital. La renta ya no se extrae únicamente del trabajo, sino de la atención, los datos, el tiempo y la dependencia cotidiana de millones de personas. Cada interacción deja un rastro; cada clic produce valor; cada momento conectado se transforma en ingreso para otro.
En este sistema, empujar la piedra significa estar siempre disponible, responder correos fuera de horario, adaptarse a métricas cambiantes, aceptar evaluaciones constantes, sostener una presencia continua. El trabajo se expande y se filtra en todos los espacios de la vida. Ya no termina al salir de la oficina, porque la oficina se metió en el bolsillo. La montaña ya no es visible: es algorítmica. En un mundo de notificaciones permanentes, evaluaciones constantes y disponibilidad perpetua, la frontera entre trabajo y vida personal se vuelve cada vez más difusa, casi inexistente.
Pero esta expansión no opera solo a nivel económico. Opera también a nivel moral. El cansancio deja de ser una señal legítima de agotamiento y pasa a interpretarse como debilidad. El ocio deja de ser un tiempo necesario y se transforma en pérdida. El descanso ya no aparece como un derecho, sino como una concesión. En ese marco, se criminaliza el cansancio, se sospecha del ocio y se desvaloriza el descanso.
Descansar se vuelve algo que hay que justificar. Estar cansado genera culpa. No rendir lo suficiente se vive como un fracaso personal. El problema ya no es un sistema que exige más de lo humanamente posible, sino individuos que “no logran adaptarse”. La fatiga se privatiza, el agotamiento se individualiza y la responsabilidad se desplaza del sistema al sujeto.
Como en el feudalismo clásico, el poder no se basa en producir, sino en poseer. La tierra ya no es física, sino digital. La renta ya no se extrae únicamente del trabajo, sino de la atención, los datos, el tiempo y la dependencia cotidiana de millones de personas.
Aquí es donde la lectura de Byung-Chul Han resulta decisiva. Han sostiene que el poder contemporáneo ya no se ejerce principalmente mediante la prohibición o la represión, sino a través de la seducción y la autoexigencia. El sujeto ya no se siente explotado por otro, sino responsable de su propio fracaso. La consigna ya no es “obedecer”, sino “rendir”. El ideal ya no es la obediencia, sino la motivación constante.
El resultado no es la protesta, sino el cansancio; no es la organización colectiva, sino el aislamiento; no es la revuelta, sino la depresión. El sujeto se autoexplota creyéndose libre. Y cuando se quiebra, no señala al sistema: se culpa a sí mismo por no haber podido más.
Así, el Sísifo del siglo XXI ya no está encadenado. Está conectado, motivado, evaluado y comparado. Exhausto, empuja una piedra que no ve, en una montaña que no controla, convencido de que si esta cae es por falta de esfuerzo personal.
El absurdo ya no es una condición existencial abstracta. Es una experiencia cotidiana producida por un sistema económico y tecnológico concreto. No es natural ni inevitable. Tiene diseño, reglas y beneficiarios. La dominación contemporánea no necesita violencia explícita ni represión directa: funciona mediante la integración, la comodidad, la dependencia y la saturación permanente.
En este contexto, la política enfrenta un desafío profundo. ¿Cómo generar debate colectivo cuando el malestar se vive como problema individual? ¿Cómo construir acciones colectivas cuando el tiempo, la atención y la energía están capturados por el sistema? ¿Cómo disputar el sentido de la vida cuando el cansancio lo ocupa todo?
Por eso, recuperar la lucidez hoy no es solo un gesto filosófico, como proponía Camus. Es un acto político. Recuperar el límite, el descanso, la negatividad, el derecho a decir “no” se vuelve subversivo. Pensar sin algoritmo, vivir sin rendimiento permanente y defender espacios de tiempo no colonizados por la lógica de la productividad constante.
Sin descolonizar la subjetividad, no hay transformación económica posible. Y sin conciencia, no hay rebelión: solo cansancio administrado.
Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea empujar mejor la piedra ni adaptarnos mejor a la montaña, sino atrevernos a preguntar quién la construyó, para qué y en beneficio de quién estamos presos de este ciclo perpetuo de elevarla para verla caer nuevamente.
Sin esa pregunta no hay libertad posible, sino apenas agotamiento administrado.
Daniel Devitta es director efectivo en UTU.