Cuando Mojtaba Jamenei apareció públicamente tras la muerte de su padre, la escena era exactamente la que Washington y Tel Aviv habían intentado evitar: una sucesión rápida, ordenada y sin señales de fractura. Los efectos más profundos del conflicto no se están decidiendo en la mesa de negociación, sino en el terreno. De hecho, ya se vio modificado: el régimen que el ataque debía derribar salió fortalecido, y un orden regional que debía preservarse se está dando vuelta. Conviene preguntarse qué está ocurriendo mientras esta guerra perdura.
La vara de la victoria
Una guerra no la gana quien causa más muertes, lanza más misiles o arrasa con más infraestructura, sino quien alcanza sus objetivos. Y es ahí donde existe una latente asimetría entre las partes. Washington se fijó una vara altísima: o bien “obliterar” el programa nuclear iraní (algo que Donald Trump, en el pasado, llegó a dar por hecho), o bien imponer un gobierno democrático (o cuando menos proestadounidense). Teherán, en cambio, tiene una única pretensión: sobrevivir. Mientras el régimen siga en pie, habrá cumplido su único objetivo; mientras el programa nuclear no quede destruido y no surja en su lugar un gobierno afín a Occidente, Estados Unidos no habrá cumplido los suyos. El desequilibrio está sesgado de antemano, pues a Irán le basta con sobrevivir, pero a Washington no le alcanza con no perder. Cada día que el régimen persiste y el estancamiento se prolonga, esa vara dispar inclina el marcador hacia Teherán.
El espejismo de la desarticulación del mando
La operación emprendida por Estados Unidos e Israel se apoyaba en una vieja teoría: si se elimina la cúpula dirigente, la estructura colapsa por sí sola y del vacío nace inevitablemente algo distinto, y mejor. La evidencia comparada la desmiente con superlativa contundencia. En el estudio más sistemático sobre el tema, Alexander Downes y Jonathan Monten examinaron 70 casos de cambio de régimen impuesto desde el exterior y hallaron que rara vez produce democratización; más aún, que las intervenciones que se limitan a remover a un líder dejando intactas las instituciones del régimen son las que menos probabilidades tienen de lograrla, y que cuando ocurre es porque el país ya reunía las condiciones (desarrollo económico, homogeneidad social, experiencia previa de gobierno representativo) que Irán no tiene.1
La razón es sencilla. Las organizaciones muy institucionalizadas suelen resistir mejor la pérdida de sus líderes que los movimientos construidos alrededor de una sola figura.2 La República Islámica y la Guardia Revolucionaria son, precisamente, la primera clase de organización. Por eso la sucesión de Mojtaba Jamenei fue ordenada y veloz, y lo que emergió no fue el derrumbe sino el ascenso de una camada de mandos burocratizados, más nacionalistas que clericales, que ya venía gestándose previo al conflicto.3 En lugar de derrocar al régimen, se aceleró el recambio generacional.
El ataque unió a la sociedad con el Estado, en vez de dividirlos. Se dio un giro nacionalista-tecnocrático en el que la pregunta que ordena la lealtad dejó de ser “¿sos lo suficientemente islámico?” para convertirse en “¿sos suficientemente iraní?”.4 La guerra le entregó al régimen lo único que no había logrado fabricar en cuatro décadas: legitimidad nacional.
La guerra como estrategia
La guerra se volvió para Teherán preferible al acuerdo. Hacia adentro consolida la conducción y silencia a quienes pedían pactar; hacia afuera convierte a Irán en un actor con el que el mundo está obligado a negociar. La diplomacia, en ese esquema, es un instrumento para administrar el ritmo de la guerra, donde se negocia para bajar la presión internacional y no para resolver el propio conflicto. El resultado previsible es, por ende, un estancamiento y bloqueo recíproco que se salpica de misiles.
Medida con la vara de los objetivos cumplidos, la guerra la está ganando quien apenas aspira a no perderla. En Irán, la agresión militar consolidó al régimen, lo rehizo más duro y cercano a su población.
Irán solía jactarse de su “paciencia estratégica”: respondía a cada golpe en el momento adecuado y no de forma instantánea. La nueva conducción llegó con la idea de que la moderación se lee como debilidad. Por eso vemos, en los desarrollos del domingo 7 de junio, cómo responden rápido y fuerte. Israel bombardeó el sur de Beirut, bastión de Hezbolá; Irán, por su parte, respondió con su primer ataque con misiles desde la tregua de abril; Israel contraatacó sobre Teherán y otras ciudades, y los hutíes de Yemen dispararon contra territorio israelí. Horas después, la Guardia Revolucionaria anunció que frenaba sus operaciones, pero advirtió que cualquier nuevo ataque tendría una respuesta “mucho más fuerte”, mientras Trump reclamaba un “alto al fuego inmediato”.5 Cada ronda de agresión termina en una pausa y no en un acuerdo.
Que el secretario de Estado Marco Rubio declare ante el Congreso que “la guerra terminó”, mientras siguen los ataques, refleja el abismo entre el relato oficial y la realidad empírica.6 Washington no puede proclamar la victoria que prometió, pero tampoco asumir una derrota inexistente. Permanece, pues, atrapado en una guerra que encarece el precio del petróleo en vísperas electorales, librada incluso sin la requerida autorización del Congreso. El equilibrio refleja el propio statu quo que adoptó el conflicto.
El cuello de botella de Ormuz
La dimensión más importante del conflicto puede no ser militar sino geográfica. Esto se interpreta con la llamada “interdependencia armada”.7 Este concepto define la capacidad de ciertos estados para ejercer poder sobre otros mediante el control de puntos estratégicos en las redes globales. Hasta ahora, la herramienta fue utilizada casi exclusivamente por Estados Unidos, a través del control del dólar y el sistema financiero internacional. Sin embargo, la estrategia de Irán ha logrado equilibrar esta asimetría al convertir el estrecho de Ormuz en su propio mecanismo de coerción.
Desde que Irán lo cerró en febrero, comenzada la guerra, el golpe se sintió en todo el mundo. La razón es evidente: pasa por allí el 20% del petróleo y el gas natural comercializado a nivel global. Esta nueva realidad ha fracturado la confianza entre las monarquías del Golfo y su tradicional protector, cuya incapacidad para prevenir ataques en territorio aliado ha forzado a diversos gobiernos (asiáticos y europeos) a negociar directamente con las autoridades iraníes para garantizar su propio flujo de suministros energéticos.
Esa fractura no es accidental: Teherán la busca. Los ataques iraníes contra blancos en el Golfo son una pieza deliberada de su estrategia. Al alcanzar instalaciones en territorios de socios de Washington, Irán persigue un objetivo político, y no militar, muy claro: que Estados Unidos se replantee el costo de la ofensiva. Cada misil que cae sobre una capital del Golfo es, en el fondo, un mensaje para la Casa Blanca.
Y Ormuz no es la única carta geográfica en manos iraníes. A través de los hutíes en Yemen, Teherán proyecta su capacidad de coerción hacia un segundo cuello de botella: el estrecho de Bab el-Mandeb, antesala del canal de Suez. El proxy yemení le ofrece dos ventajas que Ormuz por sí solo no da: amplía la amenaza sobre el comercio marítimo global y le permite ejercerla con plausible negación. Entre Ormuz al este y Bab el-Mandeb al oeste, una porción decisiva del petróleo, gas y mercancías del mundo queda bajo la sombra de la disuasión iraní.
Lo más peligroso es que Teherán juega en dos frentes. En el terreno, sus ataques buscan frenar la ofensiva israelí contra Hezbolá en Líbano. En la mesa de negociación presionan por el alivio de las sanciones y por la liberación de miles de millones de dólares en activos petroleros congelados. La repuntada de las hostilidades durante el fin de semana fue, si se quiere, una prueba. Irán midió hasta dónde respondería Estados Unidos y anotó la respuesta. Trump pidió moderación y mantuvo a su país fuera del combate, señalizando su baja tolerancia al riesgo. Teherán salió de ahí con la peligrosa certeza de que aún tiene margen de acción. Y ese margen se sostiene solo, porque si la tregua se vuelve permanente y las sanciones se levantan, Washington no podría reponerlas sin arriesgarse a que Ormuz se vuelva a cerrar. Todo esto deja en evidencia el agotamiento de la estrategia militar estadounidense, cuya transición de los ataques aéreos hacia un bloqueo naval constituye una admisión implícita de que no logró sus objetivos iniciales.
Las implicancias
Que la guerra le sirva al gobierno iraní no significa que les convenga a los iraníes. Son 90 millones de personas prisioneras de un cruel conflicto. La inflación interanual alcanzó el 77% en mayo –la más alta desde la Segunda Guerra Mundial– y alrededor de un millón de personas quedaron desempleadas desde el inicio del conflicto. Según Bloomberg, dos de cada tres blancos alcanzados en Teherán fueron edificios civiles. El costo desborda las fronteras: los libaneses bajo las bombas, las capitales del Golfo envueltas en daño colateral, y el resto del mundo que depende de Ormuz para el combustible y los alimentos. La guerra sin fin es funcional para el régimen que se quería derrocar y devastadora para casi todos los demás.
Una intervención lanzada para derribar a un régimen produjo un Estado más cohesionado, más nacionalista y menos teocrático. En vez de restaurar la primacía estadounidense en el Golfo, aceleró el multipolarismo que pretendía evitar, con un Irán cada vez más alineado a Pekín. La lección de fondo es una tan repetida en la historia como ignorada por los gobernantes: por la fuerza se puede remover a una persona, pero no fabricar las condiciones políticas para forjar un orden distinto. Lo que suele fabricar, más bien, es lo contrario de lo que se propuso en una primera instancia. Medida con la vara de los objetivos cumplidos, la guerra la está ganando quien apenas aspira a no perderla. En Irán, la agresión militar consolidó el régimen y lo rehízo más duro y cercano a su población. Le entregó, quizás en el giro más macabro del asunto, una guerra que a sus gobernantes ya no les urge terminar.
Braulio Espino es licenciado en Estudios Internacionales, investiga regímenes autoritarios y transiciones políticas.
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Alexander B Downes y Jonathan Monten, “Forced to Be Free?: Why Foreign-Imposed Regime Change Rarely Leads to Democratization”, International Security, 37:4, 2013. ↩
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Jenna Jordan, “When Heads Roll: Assessing the Effectiveness of Leadership Decapitation”, Security Studies, 18:4, 2009. ↩
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Narges Bajoghli y Vali Nasr, “Iran’s New Grand Strategy: How a Remade Islamic Republic Will Reshape the Middle East”, Foreign Affairs, 2026. ↩
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Mohammad Ayatollahi Tabaar, “Iran Embraces a Forever War: Tehran’s New Strategic Calculus”, Foreign Affairs, 2026. ↩
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Patricia Zengerle, Simon Lewis y Doina Chiacu, “Rubio grilled on Iran, says US won’t swap sanctions relief for strait”, Reuters, 2-6-2026. ↩
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Henry Farrell y Abraham L Newman, “Weaponized Interdependence: How Global Economic Networks Shape State Coercion”, International Security, 44:1, 2019. ↩
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“Even if America and Iran find an accord, don’t expect it to last”, The Economist, junio de 2026. ↩