Brayan tenía 16 años. Tiene, porque está en las palabras de sus padres, de sus amigos y de sus vecinos. Brayan vive en el barrio Borro, ubicado en la Cuenca Casavalle, zona situada en el norte de Montevideo.
Según la relatoría presentada el 29 de mayo por la Comisión de Trabajo del Plan Integral Cuenca Casavalle, la incidencia en el barrio de la indigencia en menores de 18 años es de 3,8%, mientras que en el resto de Montevideo es de 0,8%; el 70,4% de las personas de 5 a 12 años vive en la pobreza, la tasa de desempleo en menores de 25 años es de 43%; el 27,4% de las personas entre 15 y 24 años no estudia ni trabaja; el rezago escolar es del 19,6%.1
El primer empleo de los y las jóvenes siempre es precario, los programas de empleo promovido duran poco tiempo, no hay perspectivas de futuro; incluso es palpable el estigma territorial que funciona como barrera laboral. Las mujeres de este barrio están sobrecargadas con los cuidados, por lo que trabajan de forma más precaria aún y cuidan como pueden. Las mujeres que son las únicas responsables de un hogar cargan sobre sus hombros la responsabilidad del trabajo remunerado y del otro; las que viven en hogares con más de un responsable, también.
La mayoría de las adolescencias, ese bendito amanecer de la vida, no tiene quién la cuide. Cuidar a las adolescencias es limitar, es contener, es acompañar. La precariedad de los empleos que están al alcance de esta gurisada solo les suma frustración, amargura, peso, soledad.
Gabriel Gatti hace una cartografía de la categoría desapariciones y desaparecidos, el momento de la creación, los activismos, los contenidos en el proceso de búsqueda, el conocimiento al servicio del dolor, y así se llega al reconocimiento de la categoría: el derecho internacional poniendo nombre y sentido a lo indecible. Pero la categoría cobró vida y entonces en todo ese texto (escrito en plena pandemia) reflexiona sobre las desapariciones de hoy. Todo aquello que se deja de cuidar, de contar, de registrar tiene características que recuerdan la desaparición forzada: hay sistematicidad u ocultamiento, y hay Estado, por acción o por omisión.2
El dolor y el duelo por esa muerte, que no debió haber sido, tienen que ser un acto de resistencia. Casavalle está lleno de Brayans; para nosotros todas son vidas llorables.
Siguiendo esa línea que nos obliga a volver sobre los pasos de los “sentidos comunes”, cabe llegar a Judith Butler y su libro Sin miedo.3 En él, hace una analogía entre los criminalizados, censurados, subordinados y desaparecidos de las dictaduras y las personas y los colectivos cuyas vidas hoy parecen no importar. Hay vidas que merecen ser vividas y lloradas; otras, no. Y comienza planteando algunas preguntas: ¿en qué circunstancias es posible llorar una vida perdida?, ¿de quiénes son las vidas que se consideran llorables en nuestro mundo público?, ¿cuáles son las vidas que, si se pierden, no se considerarán en absoluto una pérdida? ¿Es posible que algunas de nuestras vidas se consideren llorables y otras no?
El duelo se enlaza con la justicia, mucho más cuando esa muerte es violenta. Nuestra comunidad y el discurso público de la seguridad que prevalece parecieran dividirse cada día más entre vidas que hay que cuidar y vidas que no importan, que hasta molestan. Cárceles abarrotadas (de pobres), personas en situación de calle, barrios en los que se entra con tanques, mujeres asesinadas una tras otra, cifras de abusos sobre las infancias que parece que nadie considera una tragedia. Equipos de trabajo sociales y sanitarios menguados, cansados, azorados.
La muerte de Brayan fue una muerte violenta; la violencia no es un acto aislado, siempre es un acto performativo, una muestra de poder ante un “nosotros”. El dolor y el duelo por esa muerte, que no debió haber sido, tienen que ser un acto de resistencia. Casavalle está lleno de Brayans; para nosotros todas son vidas llorables. Como dice Butler, “la llorabilidad” tiene que ser una característica operativa para atribuirles a las personas vivas. La llorabilidad es una categoría butleriana para ordenar un proyecto en el que “todas las vidas importan” y asumir esa complejidad para encarar un programa de verdadera convivencia.
Nohelia Millán García es militante feminista.
-
Fuente: Unidad Estadística de la Intendencia de Montevideo 2025 con base en la Encuesta Continua de Hogares 2022. ↩
-
Gatti, Gabriel. Desaparecidos. Cartografías del abandono. Madrid, Turner Publicaciones, 2023. ↩
-
Butler, Judith. Sin miedo. Formas de resistencia a las violencias de hoy. Buenos Aires, Penguin Random House, 2022. ↩