Durante décadas, buena parte de nuestra sociedad sostuvo una concepción relativamente estable sobre el progreso individual y la movilidad social ascendente. Estudiar una carrera universitaria parecía representar el camino más seguro hacia la estabilidad económica, el reconocimiento profesional y el ascenso social. Paralelamente, los oficios y la educación técnica fueron frecuentemente colocados en un lugar secundario dentro del imaginario colectivo y cultural, muchas veces asociados injustamente a trayectorias educativas de menor prestigio. Sin embargo, las profundas transformaciones tecnológicas que atraviesa el mundo contemporáneo comienzan a modificar aceleradamente esa lógica histórica.
La irrupción de la inteligencia artificial (IA), la automatización avanzada y las nuevas tecnologías digitales está modificando no solamente los modos de producción, sino también las propias bases sobre las cuales se organizaba el trabajo profesional tradicional. Quizás uno de los fenómenos más interesantes -aunque todavía insuficientemente analizado- sea el desplazamiento progresivo de numerosos trabajadores y profesionales hacia actividades técnicas y oficios donde perciben mayores niveles de estabilidad, autonomía y resguardo frente a los procesos de automatización.
Durante mucho tiempo se asumió que la tecnología sustituiría principalmente trabajos manuales o repetitivos. No obstante, la IA contemporánea comienza a impactar de forma creciente sobre tareas cognitivas altamente calificadas: redacción, programación, diseño, análisis documental, procesamiento administrativo, traducción, diagnóstico técnico e incluso determinadas funciones jurídicas o contables. La automatización ya no afecta exclusivamente tareas físicas, sino que comienza también a intervenir sobre actividades intelectuales que históricamente parecían resguardadas por el conocimiento profesional especializado.
Diversos organismos internacionales vienen advirtiendo sobre este escenario. Estudios del Banco Mundial y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sostienen que entre el 26% y el 38% de los empleos de América Latina y el Caribe se encuentran expuestos a procesos de transformación vinculados a la IA y la automatización. Al mismo tiempo, distintas investigaciones señalan que aproximadamente una cuarta parte de las actividades laborales de la región podrían automatizarse parcialmente durante la próxima década, particularmente aquellas asociadas a tareas cognitivas repetitivas, administrativas y de procesamiento estandarizado de información.
En América Latina, este fenómeno adquiere además características especialmente complejas. La región presenta históricas debilidades estructurales vinculadas a inversión tecnológica, innovación y formación de capital humano de nivel avanzado. Aunque concentra aproximadamente el 6,6% del Producto Interno Bruto mundial, recibe apenas alrededor del 1,1% de la inversión global en IA. A ello se suma un mercado laboral atravesado por elevados niveles de informalidad y precarización. Según estimaciones recientes de la OIT, cerca del 46,7% de los trabajadores latinoamericanos continúan desempeñándose en condiciones de informalidad laboral.
Durante mucho tiempo se asumió que la tecnología sustituiría principalmente trabajos manuales o repetitivos. No obstante, la IA contemporánea comienza a impactar de forma creciente sobre tareas cognitivas altamente calificadas.
En contextos de incertidumbre económica y aceleración tecnológica, muchos trabajadores comienzan a percibir a determinados oficios técnicos y actividades manuales especializadas como espacios relativamente más protegidos frente a la automatización total. Electricidad, refrigeración, mantenimiento industrial, automatización técnica, mecánica, construcción, gastronomía, soldadura, logística técnica, redes y telecomunicaciones, energías renovables y múltiples áreas vinculadas al trabajo técnico aplicado comienzan a recuperar centralidad. No se trata de actividades inmunes a la tecnología, de hecho, muchas de ellas incorporan crecientemente herramientas digitales, pero sí de campos laborales donde la intervención humana concreta, continúa siendo decisiva.
Paradójicamente, mientras ciertos trabajos intelectuales se automatizan, numerosos oficios técnicos recuperan valor estratégico. La explicación no es únicamente tecnológica. Muchos de estos oficios requieren capacidades particularmente complejas de emular para la IA actual: adaptación a contextos variables, resolución práctica de problemas imprevisibles, interacción física con entornos reales, creatividad aplicada, improvisación técnica y capacidad de intervención material sobre situaciones concretas. En ese escenario, la educación técnica comienza a adquirir una relevancia histórica renovada.
Ya no puede pensarse únicamente como una alternativa secundaria a la educación universitaria tradicional. Por el contrario, la formación técnica aparece cada vez más asociada a la innovación, la adaptabilidad, la reconversión laboral permanente y la capacidad de responder con flexibilidad a los cambios productivos contemporáneos.
Esto implica enormes desafíos para las instituciones educativas. La velocidad de las transformaciones tecnológicas vuelve insuficientes las estructuras curriculares rígidas y los modelos formativos pensados para trayectorias laborales estables y lineales. La idea de estudiar una única vez “para toda la vida” parece progresivamente perder vigencia.
La educación técnica del siglo XXI deberá formar no solamente trabajadores especializados, sino sujetos capaces de aprender continuamente, integrar tecnologías emergentes, trabajar interdisciplinariamente y adaptarse a escenarios productivos cambiantes. La IA, en este sentido, no debería ser concebida únicamente como amenaza. También representa una poderosa herramienta de transformación educativa y productiva. El desafío consiste en enseñar a utilizarla críticamente, comprender sus límites, aprovechar sus potencialidades y evitar que sustituya dimensiones esenciales de la experiencia humana vinculadas a la creatividad, el juicio ético, la sensibilidad y la construcción colectiva del conocimiento.
En Uruguay, además, este proceso comienza a reflejarse de manera particularmente visible en el crecimiento sostenido de la educación terciaria tecnológica impartida por UTU. Lejos de representar únicamente una oferta vinculada a la educación media técnica y tecnológica, UTU ha venido consolidando en los últimos años un sistema de formación terciaria técnica con características especialmente significativas para el contexto contemporáneo: trayectos formativos más cortos, alta vinculación con el territorio, fuerte relación con los sectores productivos y una orientación eminentemente práctica y aplicada.
Actualmente, la matrícula terciaria de UTU atraviesa un crecimiento histórico, alcanzando aproximadamente a 20.000 estudiantes. La cifra resulta particularmente significativa si se considera que durante décadas la formación terciaria estuvo culturalmente asociada casi exclusivamente a la universidad tradicional. Este crecimiento no es meramente casual. En un contexto marcado por la incertidumbre laboral y la aceleración tecnológica, las propuestas terciarias técnicas comienzan a ser percibidas por muchos jóvenes y trabajadores como trayectos formativos más dinámicos, flexibles y directamente vinculados con las transformaciones reales del mundo productivo. A diferencia de los modelos educativos universitarios tradicionales, más extensos y frecuentemente desacoplados de los cambios tecnológicos inmediatos, buena parte de las carreras terciarias tecnológicas de UTU mantienen una relación más situada con las necesidades concretas del territorio, la innovación aplicada y la inserción laboral efectiva.
No se trata de establecer falsas oposiciones entre universidad y educación técnica. Ambas continúan siendo fundamentales para el desarrollo nacional. Sin embargo, el escenario contemporáneo parece mostrar una creciente necesidad de trayectorias formativas más ágiles, interdisciplinarias y conectadas con procesos productivos y tecnológicos en permanente transformación. En ese sentido, la expansión de la educación terciaria técnica y tecnológica en Uruguay podría interpretarse también como expresión de un cambio cultural más profundo: la progresiva revalorización social del conocimiento técnico aplicado.
Es en este punto donde el pensamiento de Pedro Figari adquiere una vigencia sorprendente. Figari comprendió tempranamente que la educación técnica no debía limitarse a enseñar procedimientos mecánicos ni formar simples ejecutores de tareas. Su concepción era profundamente más visionaria: entendía el trabajo técnico y artesanal como una actividad creadora, cultural e intelectual. En una época donde predominaban fuertes jerarquías entre trabajo manual y trabajo intelectual, Figari cuestionó la idea de que el pensamiento pertenecía exclusivamente a las profesiones liberales y universitarias, mientras los oficios quedaban reducidos a la mera repetición mecánica. Para Figari, el hacer también era una forma de pensar. La técnica implicaba creatividad, sensibilidad, resolución de problemas y capacidad de transformación de la realidad. El oficio no suponía ausencia de inteligencia, sino una forma distinta -y profundamente humana- de inteligencia aplicada.
Más de un siglo después, las transformaciones tecnológicas contemporáneas parecen devolver actualidad a aquella intuición pedagógica. Muchas de las capacidades que hoy aparecen como más difíciles de automatizar: la creatividad práctica, la intervención contextual, la adaptación concreta al entorno material, la resolución técnica situada coinciden precisamente con aquellas dimensiones que Figari reivindicaba para la educación técnica.
Durante décadas, buena parte de los sistemas educativos latinoamericanos reprodujeron una lógica cultural que colocó a la universidad en la cúspide simbólica del prestigio social, relegando muchas veces la educación técnica a un lugar periférico. Sin embargo, los cambios actuales parecen comenzar a interpelar esa jerarquización. Tal vez uno de los grandes errores contemporáneos haya sido separar artificialmente el trabajo intelectual del trabajo técnico, como si los oficios no implicaran también conocimiento complejo, creatividad e innovación.
En países como Uruguay, esta discusión adquiere además una importancia estratégica. La educación técnica y tecnológica no solamente cumple un papel clave en términos de empleabilidad y desarrollo productivo, sino también como espacio de democratización del conocimiento, movilidad social y construcción de ciudadanía. UTU, históricamente vinculada a la formación técnica y profesional, enfrenta hoy una oportunidad histórica de reposicionarse no como una educación “complementaria” o “alternativa”, sino como uno de los actores centrales en la construcción de respuestas educativas frente a la nueva revolución tecnológica. La expansión de la educación terciaria técnica y tecnológica, el crecimiento sostenido de su matrícula y la creciente valorización de trayectorias formativas más flexibles y situadas parecen indicar que parte de la sociedad comienza nuevamente a reconocer el valor estratégico de la formación técnica.
En cierto sentido, el siglo XXI parece obligarnos a redescubrir la vigencia de Figari y comprender que el ejercicio de un oficio no implica ausencia de pensamiento, sino otra forma -compleja, creativa y profundamente humana- de inteligencia aplicada. La IA probablemente no anuncie el fin del trabajo humano. Pero sí parece anunciar el fin de muchas certezas respecto al trabajo, la formación y las formas tradicionales de construir identidad profesional.
En ese nuevo escenario, la educación técnica dejaría de ser vista como una opción secundaria para transformarse, nuevamente, en uno de los pilares fundamentales de las sociedades que intenten adaptarse al cambio tecnológico sin abandonar la dimensión profundamente humana del trabajo.
Daniel Devitta es director de UTU.