la diaria Posturas

Ilustración: Federico Murro

Primer esbozo de campaña

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Desde que se anunció que Luis Lacalle Pou iba a ser el principal orador el domingo 9 de este mes, en un acto para celebrar los 190 años de existencia del Partido Nacional (PN), comenzó lo que los publicistas llaman “una campaña de expectativas”. Además de destacar la reaparición en actos públicos del expresidente, principal figura por lejos de la oposición, se planteó la posibilidad de que su discurso marcara líneas de acción en temas de la agenda política actual. Esto no sucedió, y es fácil comprender por qué.

Tic, tac

A fines de 2017, Lacalle Pou instaló en su celular una aplicación de cuenta regresiva, que le indicaba cada día cuántos faltaban para las elecciones internas, la primera vuelta y el balotaje de 2019. Cuando ganó las elecciones, la programó para saber cuántos días le faltaban para asumir, y cuando asumió, para tener presente cuántos le quedaban de gobierno. Si ahora cuenta cuánto falta para los comicios de 2029, el domingo pasado marcaba que eran 1.174 para el 28 de octubre de ese año, cuando se realizará la primera vuelta, y 1.212 para el 25 de noviembre, fecha de la segunda.

Son muchísimos días, demasiados, para que sea sensato meterse de lleno en el desgaste de las polémicas cotidianas, pero suficientes para que a Lacalle Pou le convenga presentarse en público de vez en cuando. Por un lado, para confirmar su posición de predominio en el PN y complacer a cientos de miles de personas que confían en su regreso al gobierno desde el 1º de marzo de 2030. Por otro lado, para ir perfilando una candidatura de la que nadie duda.

En este sentido, el mensaje subrayó tres atributos que al expresidente le conviene que se asocien con él, aunque no hayan sido muy notorios en su gestión de gobierno: la capacidad de combinar el liberalismo económico con políticas sociales para la población más vulnerable (en este sentido, dijo ser “cada vez menos ortodoxo”); la disposición a ser “firme con las ideas y suave con las personas”, para propiciar la unión social; y la “autoridad” que permite “apurarse” para “lograr soluciones” desde el gobierno. Los dos primeros apuntan a evitar que el Frente Amplio (FA) gane en la disputa por los votantes más “centristas” o menos politizados; el tercero busca marcar una diferencia en la comparación con el actual Poder Ejecutivo.

Táctica y estrategia

Hubo gente defraudada por el discurso de Lacalle Pou: la que se ha convencido de que hay que imitar a Javier Milei, hostigar en forma grosera y permanente a “los zurdos”, defender políticas ultraliberales y aplicarlas sin piedad desde el próximo gobierno nacional. Es la gente que consideró “tibio” su desempeño en la presidencia, y afirma que no solo perdió una oportunidad de cambiar al país, sino que además allanó el camino para que el FA ganara las últimas elecciones.

Una parte de quienes opinan así deseaba que Lacalle Pou se pusiera el domingo al frente de una “batalla cultural” sin cuartel; otra parte abandonó ya la esperanza de que lo haga y está en busca de otro líder. La cuestión es que estas posiciones son minoritarias en la ciudadanía uruguaya, y el expresidente lo sabe.

La corriente liberal extremista nunca ha representado a todos los votantes del PN, que en lo que va de este siglo logró su mejor resultado de elecciones nacionales en 2004, con algo más del 35%, Jorge Larrañaga como candidato a la presidencia y la circunstancia excepcional de la crisis de 2002, que alejó del Partido Colorado (PC) a gran parte de las personas hostiles al FA. Desde entonces, los porcentajes fueron poco más del 29% en 2009, algo menos del 31% en 2014 y menos del 29% en 2019, cuando Lacalle Pou ganó la presidencia, y menos del 27% en 2024.

Para vencer al FA, el nacionalismo no solo necesita una alianza con otros partidos, cuyo electorado no ha sido capaz de absorber. También necesita que esa alianza sea atractiva para votantes moderados y poco politizados. En ese sentido, los socios no ayudan: el apoyo al Partido Independiente es muy magro, en el PC actual es poco probable que Andrés Ojeda y Pedro Bordaberry sean capaces de una convocatoria similar a la de Ernesto Talvi en 2019, y aunque está por verse qué hará Cabildo Abierto en 2029, tampoco parece que pueda contribuir mucho.

Por lo tanto, el PN tiene que ocuparse directamente de atraer a esos votantes. Si Lacalle Pou optara por ubicarse en las posiciones que llamó ortodoxas, contribuiría poco a esa tarea y, además, le dejaría espacio interno a dirigentes wilsonistas, como le pasó a su padre con Larrañaga desde 2005. Obviamente, él prefiere estar en el centro del partido, evitar que el wilsonismo se consolide como un sector homogéneo y propiciar, en cambio, que siga mezclándose con el viejo tronco herrerista, como ha ocurrido en las últimas décadas.

Esto no significa que el expresidente busque acallar voces como las de Sebastián da Silva o Graciela Bianchi, que suman a la convocatoria del PN. Hay un reparto del trabajo y cada dirigente aporta lo suyo, pero el jefe se reserva el mejor lugar.

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