La publicidad y el patrocinio de las casas de apuestas en el deporte se han vuelto tan frecuentes que corremos un serio riesgo de naturalizar algo que no es necesario, conveniente ni inherente al propio deporte.
Cuando las casas de apuestas ocupan espacios en las pecheras de las camisetas, en la cartelería física o virtual, en los espacios comerciales de las transmisiones, en las redes sociales y aún en los discursos de los referentes deportivos, dejan de presentarse como una actividad externa y pasan a integrarse simbólicamente a la experiencia deportiva del aficionado, del deportista, del periodista, de los dirigentes y de la población en general.
Cada cosa en su lugar
Las apuestas no son parte constitutiva del hecho deportivo, sino del mundo de los juegos de azar. No nacen en el deporte. Se sirven de la competencia deportiva para fines radicalmente diferentes.
El deporte es una manifestación cultural y poder practicarlo es un derecho fundamental de los seres humanos. Propende al desarrollo integral de las personas, al respeto al adversario, a las reglas de la competencia y a los valores de integridad y juego limpio.
Los juegos de azar, por su parte, consisten en arriesgar dinero u otros valores en un evento cuyo resultado es incierto y depende total o parcialmente de la suerte, para obtener beneficios en premios o ganancias económicas. El juego de azar es una categoría amplia que incluye a las apuestas en general como una de sus posibilidades. Dentro de estas últimas, se encuentran las apuestas deportivas que toman como objeto el resultado o las incidencias de un evento deportivo.
El deporte y las apuestas deportivas coexisten en el tiempo y en ciertas circunstancias, pero no son la misma cosa ni persiguen los mismos propósitos. Aunque alguien posea un conocimiento profundo respecto del fútbol, del básquetbol o de otros deportes, no podría controlar el resultado de los partidos. Ese conocimiento puede dar a quien apuesta una sensación de dominio, pero no transforma la apuesta en parte constitutiva del deporte ni elimina su carácter de juego de azar.
La publicidad no es neutral
La sostenibilidad de la economía del deporte no debería admitir el atajo de incorporar ingresos procedentes de las casas de apuestas a través de la publicidad, el patrocinio u otras vías más directas.
El mensaje implícito que se transmite en la comunicación publicitaria es que, para disfrutar plenamente de un partido, conviene apostar. Este mensaje es particularmente perjudicial para adolescentes y jóvenes. En estas edades se consolida la relación con el deporte y deberían encontrar en la experiencia deportiva un espacio de pertenencia, de disfrute, de formación y de cuidado, no una invitación o incitación recurrente a arriesgar dinero y transformar cada partido en una oportunidad de ganancia (o pérdida) económica.
La problemática no se origina en la adicción
No toda persona que apuesta desarrolla una adicción. Es importante reconocerlo para no estigmatizar ni simplificar una problemática que es muy compleja. Tampoco se trata de negar la realidad y de no admitir que existen personas que participan de los juegos de azar de manera recreativa.
Se trata de reconocer que el crecimiento y expansión de las apuestas deportivas convencionales y en línea accesibles durante las 24 horas del día, disponibles y a mano en un dispositivo telefónico inteligente, con incentivos promocionales acompañados de influyentes figuras públicas, pueden aumentar la exposición y el ingreso al juego problemático de quienes aún no poseen suficientes herramientas para la evaluación de riesgos, para resistir estímulos comerciales y para pedir ayuda a tiempo.
Las apuestas deportivas que devienen en adicciones corrompen la condición humana, producen severos problemas de salud mental, comprometen trayectorias educativas, destruyen proyectos deportivos personales y familiares e impactan dramáticamente en los entornos de los apostadores.
Si se asumiera naturalmente que las apuestas son parte de la experiencia deportiva, se pondría en riesgo la integridad del deporte.
El juego limpio no tiene precio
El deporte solo tiene sentido si podemos confiar en que quienes participan en él compiten con rectitud, respetan las reglas y buscan alcanzar el mejor resultado deportivo individual o colectivo honestamente, mediante el esfuerzo y el talento. El juego limpio no es una consigna aspiracional, es el fundamento sobre el que se construye, legitima y cobra sentido el deporte.
Las apuestas introducen un interés económico ajeno a la contienda y a sus protagonistas. La circulación de enormes cantidades de dinero aplicadas al resultado de un partido o a incidencias de su desarrollo alimenta los incentivos para intentar manipular lo que sucede en la cancha.
El mensaje implícito que se transmite en las comunicación publicitaria es que para disfrutar plenamente de un partido conviene apostar. Este mensaje es particularmente perjudicial para adolescentes y jóvenes.
El arreglo de partidos, la compra de voluntades y las presiones sobre deportistas, árbitros o dirigentes no son meras amenazas, sino realidades consumadas en el deporte internacional. Nuestro país no es ni será una excepción. Ningún deportista joven debería convivir con la idea de que su desempeño puede constituirse en objeto de especulación económica. Ningún aficionado debería dudar de la limpieza del resultado que celebra o lamenta.
El deporte es bueno (pero si se ejercen los controles, es mejor)
No es correcto generalizar la idea de que las apuestas están asociadas con el delito, pero sería irresponsable ignorar que el volumen económico, el alcance transnacional y la opacidad de ciertas modalidades convierten al mundo de las apuestas en un ámbito particularmente propicio para el lavado de activos, para el blanqueo de capitales y para la actuación de organizaciones delictivas.
Precisamente por eso es necesario ejercer controles rigurosos, permanentes y eficaces. Ante estos riesgos, la publicidad y el patrocinio no son neutrales y su omnipresencia y resguardo institucional van configurando condiciones de naturalización y legitimación cultural.
El patrocinio de las casas de apuestas no es equivalente al de una empresa que elabora alimentos, desarrolla tecnología o confecciona indumentaria. En este caso, el patrocinador comercializa una actividad que puede afectar la salud, consolidar situaciones de dependencia y amenazar la integridad de la competencia que dice apoyar.
¿Qué apostamos?
Uruguay necesita conocer mejor la dimensión de este fenómeno. No son suficientes los testimonios recogidos en ámbitos deportivos. Se requiere información rigurosa respecto de los perfiles de los apostadores; cuánto dinero destinan, qué modalidades utilizan, cuántos de ellos presentan conductas de riesgo, de juego problemático o adicción.
No es posible abordar la problemática de las apuestas deportivas sin la información básica. No es posible diseñar e implementar políticas públicas específicas si no se posee evidencia suficiente.
Un trabajo final de grado de la Facultad de Psicología, titulado Casinos de bolsillo: la ludopatía en la era digital: videojuegos, apuestas online y poblaciones jóvenes, estudió “la transformación de las prácticas de juego en el contexto digital, la expansión del juego online y la convergencia entre videojuegos y juegos de azar”. En particular, se atendió “al impacto de la publicidad, el rol de influencers y el escenario de la pandemia de covid-19 en la intensificación de estas conductas, especialmente entre jóvenes”.
Afirma que “el avance de las nuevas tecnologías ha ampliado el acceso a las prácticas de juego, desplazándolas del esquema tradicional de apuestas presenciales realizadas mayoritariamente por adultos hacia modalidades de apuestas online caracterizadas por su flexibilidad y disponibilidad permanente, a las cuales acceden públicos cada vez más jóvenes”.
Está claro que la situación es particularmente preocupante en adolescentes y jóvenes. A través de testimonios directos y de información procedente de talleres específicos, se puede apreciar un nivel significativo de penetración de las apuestas deportivas entre los propios deportistas, con índices singularmente preocupantes en las divisiones juveniles formativas.
Resulta perentorio diseñar e implementar estrategias de sensibilización, prevención y educación especialmente dirigidas a adolescentes y jóvenes, a centros educativos, clubes y federaciones. También corresponde acometer una tarea legislativa que establezca límites claros para la publicidad de apuestas en espacios deportivos y para contenidos dirigidos a menores de edad.
No venderé el rico patrimonio...
Uruguay ostenta un patrimonio deportivo del que puede sentirse justificadamente orgulloso, construido sobre valores que trascienden ampliamente su palmarés.
Los clubes sociales barriales presentes en todo el país son territorios educativos que aportan institucionalidad, son ámbitos de socialización y prolongan la incorporación de valores que se enseñan en las aulas de la escuela. A 100 años del primer campeonato mundial de fútbol y aprestándonos a su celebración, la defensa de la integridad del deporte y el cuidado de nuestros niños y jóvenes debería ser fundamento suficiente para preservar nuestro patrimonio social, cultural y deportivo.
Es necesario apostar, sí, pero por el deporte, por el juego limpio y la integridad. Hay que jugarse, pero por los jóvenes, por su salud y por sus proyectos de vida. Debemos defender y preservar el juego limpio imponiendo límites claros a aquellos factores que lo amenazan.
Fernando Cáceres fue secretario nacional del Deporte.