Mucho antes de que la Agenda 2030 de Naciones Unidas codificara la supervivencia en 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y de que los marcos corporativos convirtieran la resiliencia en un indicador reportable de ESG (criterios ambientales, sociales y corporativos que se utilizan para evaluar la sostenibilidad de las actividades empresariales), mi abuela ya practicaba la sostenibilidad. Lo hacía sin jerga anglosajona, sin softwares de huella de carbono y sin certificaciones internacionales. Su praxis era simple y (para el día de hoy) radical: reparar antes de desechar, optimizar el agua, conservar alimentos, participar en (o tejer) redes comunitarias de apoyo y gestionar la escasez para garantizar la reproducción de la vida. Un trabajo conocido que sostiene al sistema pero que la economía tradicional insiste en ignorar.
En su decisión de ignorar, el capitalismo corporativo ha llevado a cabo un proceso de apropiación y vaciamiento conceptual. Prácticas ancestrales y cotidianas de economía circular y conservación (sostenidas históricamente por las mujeres en los hogares y las comunidades) han sido empaquetadas, cooptadas, mercantilizadas y renombradas como “innovaciones estratégicas de alto valor agregado”. La sostenibilidad, que nace como una ética del cuidado y la subsistencia, es colonizada por una burocracia técnica que la vacía de su aplicación real: el sostener diario de la vida, la administración (nunca perfecta) de las muchas dimensiones que nos atraviesan.
Mientras los departamentos de marketing promueven líneas de productos zero waste a precios elevados, “la abuela” (representando metafóricamente la infraestructura invisible del cuidado cotidiano) practicaba la economía circular por disciplina material: el aprovechamiento total de los alimentos, la reutilización y reparación de equipos y objetos. Parece que, en el marco corporativo actual, el ODS 12 (consumo y producción responsables) puede despojarse de su dimensión crítica contra el sobreconsumo y convertirse en una oportunidad de negocio o en una certificación paga para empresas que continúan basando su rentabilidad en la vigencia corta y el descarte.
Por otra parte, el ODS 5 (lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas) exige explícitamente en sus metas reconocer y valorar el trabajo de cuidados no remunerado. Sin embargo, las estructuras corporativas financian consultorías dirigidas (aún muchas veces por hombres cis) para auditar la equidad de género mediante planillas, indicadores o listas de verificación, mientras sostienen sus operaciones sobre jornadas extenuantes que trasladan a los hogares la responsabilidad de sostener la vida cotidiana. Así, el trabajo que hace la abuela para mantener a la familia nutrida, sana y funcional no computa en el producto interno bruto ni en los balances financieros de las firmas consultoras.
La abuela aparece como un producto “naturalmente” sostenible, en la versión más clásica de la sustentabilidad: velando el bienestar presente y el de las generaciones futuras, sin cobros, sin intereses.
La ilusión del “experto en sostenibilidad”
Resulta una profunda paradoja que, mientras las mujeres continúan asumiendo la mayor parte del trabajo no remunerado de cuidado en la base de la sociedad, las esferas donde se define, evalúa y financia la sostenibilidad sigan estando abrumadoramente masculinizadas. En los directorios ejecutivos, las cúpulas de las grandes consultoras y los comités de inversión, el perfil del “experto en sostenibilidad” se ha modelado bajo el estereotipo del gestor/consultor corporativo. Se valora el dominio de métricas acotadas y taxonomías financieras por encima de la experiencia territorial y la economía del cuidado.
La sostenibilidad corporativa corre el riesgo de consolidarse como un ejercicio puramente cosmético si continúa ignorando la inequidad en los puestos de decisión y la desvalorización sistemática del trabajo reproductivo.
Existe ahí una disociación cotidiana casi cómica: quienes dictaminan los caminos más eficientes en sustentabilidad a menudo vuelven a hogares cuya viabilidad material y afectiva desconocen, apoyados por entero en el trabajo invisible de otras personas (sean sus parejas, trabajadoras/es domésticas/os o redes de apoyo precarizadas). Se teoriza sobre el residuo cero y la eficiencia energética en las corporaciones sin quizá haber gestionado la circularidad real de un hogar/sistema, sin reconocer el manejo integrado de la vida diaria ni haber tenido que hacer los malabares para sostener en equilibrio tenso lo ambiental, lo social y lo económico (a veces, en medio de una crisis). Se audita la resiliencia, no se practica: se delega, se modela, se recorta.
Los sesgos no solo se ven en la brecha en los cargos de alta dirección y en la asignación de fondos, sino que generan un punto ciego metodológico: las políticas públicas e instrumentos de fomento “verde”, muchas veces, son redactados por mentes que desconocen los pormenores de la subsistencia, ignorando a las personas/diversidades que, en el anonimato y sin dar discursos, realmente mantienen en pie el sistema socioecológico. La abuela también queda invisibilizada en su trabajo de preservación de semillas, la botánica medicinal y la agricultura de autoconsumo. Bajo la óptica del desarrollo tecnocrático, sus saberes pueden ser capturados por la agroindustria corporativa bajo el sello de “innovación sostenible” o “soluciones basadas en la naturaleza”, marginando a las/los creadores e iniciativas de base.
El “techo de cristal verde” y la representatividad
Existe una barrera invisible (techo de cristal verde) donde las mujeres y las identidades diversas ejecutan el trabajo territorial, metodológico y de base, mientras los puestos de decisión estratégica, representación institucional y asignación de fondos para la innovación continúan mostrando una presencia predominante de perfiles gerenciales masculinos, históricamente vinculados a espacios de poder económico.
Se corre el riesgo de asumir que medir emisiones de CO₂ mediante algoritmos complejos sustituye la necesidad de transformar las relaciones de poder. Las métricas no detallan quién sufre los impactos ambientales ni dónde se acumulan las ganancias. La figura del “consultor en sostenibilidad” puede reproducir una visión eurocéntrica, binaria y masculinizada del conocimiento, que ignora la intersección entre género, raza, clase y territorio, privando a los marcos de evaluación de perspectivas que realmente crean resiliencia.
La figura de la abuela (como metáfora y como realidad histórica) evidencia que la resiliencia socioecológica no es un invento gerencial, sino una praxis viva sostenida por las mujeres y las comunidades frente a la violencia del desecho y la escasez. La paradoja actual resulta evidente: mientras las métricas corporativas y los instrumentos de política pública celebran la incorporación de criterios de sustentabilidad, las estructuras que los diseñan, evalúan y financian mantienen desigualdades y asimetrías (contradiciendo los propios ODS que pretenden promover).
La sostenibilidad corporativa corre el riesgo de consolidarse como un ejercicio puramente cosmético si continúa ignorando la inequidad en los puestos de decisión y la desvalorización sistemática del trabajo reproductivo.
Queda un gran trabajo por hacer en redefinir la figura del “experto”: reconocer la diversidad de actores en los tribunales de selección, comités científicos y consultorías estratégicas.
Queda, principalmente, la tarea de reivindicar la economía del cuidado como pilar de la política socioambiental. Recuperar la memoria de quienes sostuvieron la vida (también en circunstancias críticas) no es un ejercicio de nostalgia; es una exigencia teórica y política impostergable.
Marcela Marques es ingeniera agrónoma e investigadora del SNI en asuntos socioambientales.