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Rincón de la palabra: jardines insurgentes

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No voy a ahondar en el diagnóstico del tiempo y la sociedad que nos toca vivir. Más aquí o más allá, se coincide en la locura, la tristeza, la rabia, la soledad, la perplejidad que se vivencia. Sentimientos y emociones que se mueven en una dinámica circular o helicoidal en nuestro interior y, como consecuencia lógica, en nuestro ambiente exterior.

Con su correlato imbricado en el modelo cultural, el modelo económico se especializa en concentrar la riqueza y el poder, generando una fuerza centrípeta cada día más extraordinaria. Inexorablemente, con la misma velocidad y acelerando –pero con fuerza centrífuga–, va expulsando y descartando seres (que configuran la diversidad animal, vegetal, microbiológica y, por supuesto, humana).

Tanto en la naturaleza como en la sociedad hay reacciones. Algunas violentas, otras alquímicas y también ambas, sin excluirse y en simultáneo.

Naturalmente, es responder a la violencia con violencia. Sin embargo, a veces la violencia puede transformarse en belleza. Esos son los jardines insurgentes que caprichosamente logran romper la dureza y el frío de las baldosas y asfaltos en busca de luz y aire. A veces florecen, otras reverdecen. Algunos siguen porfiadamente en la violencia contra sí y contra otros. Violencias que al final no son dos, sino una y la misma.

Quienes cuidan a personas excluidas, quienes están en la primera línea del incendio social, lógicamente, también se queman. No obstante, algunos seres, en su permanente lucha por la vida y la belleza, intentan humanizarse aun en medio de las llamas. Y es desde allí que, buscando, encuentran significados, palabras, semillas, a veces alas, otras veces gotas de agua fresca. Y ahí comienza la creación que se viene dando en varios espacios.

Sobran los ejemplos y la verdad que nace de ellos. Procesos de resistencia y resiliencia. Tiempos para transmutar la angustia. A veces, solo a veces, en una bocanada de aire fresco se recupera la alegría. La humanidad que se perdió en y con otros se recupera con otros.

Esos espacios tienen rostros de mujeres que extienden su labor de cuidados al ámbito profesional y purgan sus dolores y violencias creando, y de algunos varones que se vienen deconstruyendo y no dejan de preguntarse y, sobre todo, no se conforman con las respuestas clásicas.

Se respira una insatisfacción permanente que se traduce en deseos de hacer, de crear, de construir mundos distintos donde quepamos todos, todas, y nadie sea descarte o un efecto colateral.

Jorge Artola, de Diomedes Libros, lo comunicaba muy bien hace un tiempo en el programa Las ganas de la diaria Radio. Él contaba una anécdota muy simbólica de un diálogo entre un fotógrafo y Miguel, una persona en situación de calle que estaba sentada leyendo al sol. El fotógrafo se acercó a pedirle permiso para fotografiarlo y aprovechó a preguntarle: “¿Por qué leés?”. Y Miguel le respondió: “Porque es mi momento de dignidad”. El propio Jorge cuenta cómo esa escena le resignifica el sentido del trabajo y de la motivación para abrir su librería.

Se respira una insatisfacción permanente que se traduce en deseos de hacer, de crear, de construir mundos distintos donde quepamos todos, todas, y nadie sea descarte o un efecto colateral.

Así operan algunas dinámicas de búsqueda y encuentro del sentido de para qué estar en el mundo, para qué esta vida. Es con otros: pensar, escribir, charlar, contar cuentos, recitar poesía, escuchar-nos.

El impacto del encuentro a través de la palabra oficia de lazo en la red que nos sostiene. Una red de sentidos necesaria para mantener los espacios vitales cotidianos, espacios para combatir la desertificación y la automatización, tiempos de humanización (humanización proviene del humus, donde crece lo verde: un reverdecer).

Lograr crear, mantener y recrear esos espacios es vital. Mucho se habla de los cuidados y la política de cuidados, de cuidar a la que cuida (en general, somos mujeres); esto también es cuidar y por partida doble.

Estos espacios de creatividad, de combate, de resiliencia, vienen surgiendo en nuestra sociedad. Pero no hacen ruido, crecen despacio, a la luz de velas y de las estrellas, van encontrando rendijas y van haciendo presión con sus raíces en las baldosas. Esa motivación me llevó a escribir en aras de hablar de estos lazos, de estas tramas que nos involucran. Ojalá podamos tomar contacto con esta realidad que palpita, porque seguramente nos permita recordar que nuestro corazón aún late, que no solo se suda trabajando, sino también amando, y que nuestra mente puede crecer mucho más aún si transita ese camino que la une al coraje y a la sorpresa.

Clara Villalba es responsable de Agricultura Familiar del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria.

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