Hay sonidos que nos rodean todos los días y que ya damos por sentados. Caminamos por la calle, escuchamos una síncopa, un arreglo coral, una forma particular de arrastrar la voz, y pensamos que siempre estuvieron ahí. Pero no. Desde que hizo rodar “Las manzanas”, en los tiempos de El Kinto y de Totem con “Dedos” o pasando por la increíble odisea de Opa, su patriada con el rock argentino, hasta nuestros días, Ruben Rada fraguó gran parte de las cosas que hoy son parte de nuestro paisaje sonoro.
Es imposible intentar abarcar con palabras sus múltiples dimensiones: su creatividad inagotable, su humor inteligente, su forma de decodificar y reescribir el mundo. Rada no es solo uruguayo, ni siquiera estrictamente rioplatense. Es un representante genuino y esencial de la cultura latinoamericana. Hablamos de un artista de un porte colosal, de la misma estirpe que Chico Buarque, Simón Díaz, Violeta Parra, Chabuca Granda, Bola de Nieve o Rubén Blades. Es uno de esos pocos gigantes que logran sintetizar lo mejor de las vertientes culturales de nuestro continente y devolverlas convertidas en un lenguaje universal.
En un tiempo en que el “mainstream” y la lógica de las plataformas digitales intentan imponernos a los músicos un horizonte estandarizado, efímero y de consumo rápido, Rada es el paradigma de todo lo contrario. Él es la libertad absoluta.
En un tiempo donde el “mainstream” y la lógica de las plataformas digitales intentan imponernos a los músicos un horizonte estandarizado, efímero y de consumo rápido, Rada es el paradigma de todo lo contrario. Él es la libertad absoluta.
La cultura como construcción colectiva
Hay otra dimensión de Rada que merece ser recordada: su generosidad. Un artista puede ser enorme por lo que crea. Pero puede ser todavía más grande por lo que ayuda a crear en otros. Rada asumió su responsabilidad como referente y compartió, colaboró, acompañó, prestó su voz continuamente abriendo puertas. Tuvo desde siempre una disposición permanente a impulsar a quienes venían detrás. Eso también construye cultura. Una escena artística se fortalece cuando sus referentes no compiten por ocupar el centro, sino cuando ayudan a que aparezcan nuevas voces.
Rada es la prueba viviente de que la cultura no se decreta ni surge de la nada; se amasa colectivamente y se expande con resiliencia a través del oficio. Nutrido desde pequeño por la riqueza del arte popular, siempre tuvo la visión y la lucidez de rodearse de músicos y creadores que potenciaran su talento excepcional, priorizando constantemente la construcción colectiva por encima del individualismo. La creación es, ante todo, un diálogo: un maestro suelta un fraseo o repica un tambor, y quien lo recibe, lejos de calcar la obra, toma ese conocimiento, lo trabaja y lo transforma. A través de este intercambio constante, la música se impulsa hacia adelante.
Es exactamente así, en el hacer compartido, como se construye un linaje y una tradición viva que respira. En su caso, ese linaje es oceánico: su ADN sonoro está impregnado en miles de músicos que hoy cantan, componen o tocan el tamboril bajo su influencia directa o indirecta.
Expandir el universo sonoro: un acto de respeto a las infancias
Quienes además compartimos el maravilloso y desafiante oficio de cantarles a las infancias, le debemos algo importante. Cuando a fines de los 90, apoyado en Horacio Buscaglia y su experiencia de Canciones Para No Dormir la Siesta, armó su Rada para Niños, amplió los horizontes de la canción infantil uruguaya. Enseñó que cantarles a los más chicos no es un ejercicio de simplificación, sino un acto de respeto a su inteligencia. Puso la misma exigencia técnica, el mismo swing y arreglos de primerísimo nivel y una elaborada puesta en escena al servicio de sus canciones. Su obra demostró al ambiente cultural que a las infancias se les respeta con calidad, abriendo un portal donde el candombe también es un juego infinito. No subestimó el oído infantil, se puso a su altura.
En ese sentido, su ejemplo de propuesta artística activó procesos que no tienen nada de fortuito: comienza cuando un niño o una niña se apropian de una canción y reconocen en ella un ritmo, una identidad. Ese pulso los moviliza a explorar un instrumento y, casi de inmediato, esa búsqueda demanda el encuentro con otros. Es en este entramado donde ocurre la verdadera transformación: el grupo musical funciona como la puerta de entrada a una comunidad. Sostenidos por ese proyecto colectivo, la música deja de ser un mero pasatiempo para convertirse en una herramienta que cambia sus historias de vida.
El arte comunitario como un acto de salud pública
Aquí emerge otra cuestión fundamental que me desató la reflexión con la repercusión social que generó su despedida: la salud mental. Si bien hablamos, con justa razón, de atención psicológica y prevención, también deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para que las personas estén menos solas. La soledad y la pérdida de vínculos son heridas sociales, y es allí donde la cultura (en este caso, las canciones de Rada) actúa como un poderoso motor de pertenencia. Un centro cultural, una murga, un coro, una biblioteca o una ronda de niños cantando son refugios donde las personas pueden encontrarse y sentirse parte.
Lo ocurrido alrededor de su partida fue una demostración contundente de este fenómeno: los tambores sonaron, la gente cantó, recordó y se abrazó, logrando que la tristeza individual se transformara en una experiencia de alegría colectiva. El dolor dejó de ser un peso exclusivamente privado, recordándonos que la cultura comunitaria es, en esencia, un acto de salud pública.
El valor profundo de la cultura
La inmensa trayectoria de Rada es, antes que nada, un triunfo rotundo de la resiliencia. Su vida artística es el reflejo de un creador que logró imponer su genialidad navegando, muchas veces a contracorriente, en un sistema que históricamente ha precarizado a sus artistas. Sin embargo, admirar su capacidad de sobreponerse a las adversidades no debe servirnos para romantizar la escasez. Que un talento de su magnitud haya tenido que remar tantas veces en la incertidumbre nos instala en un debate de fondo que Uruguay debe madurar: la cultura es economía, y toda política cultural seria debe asumirse también como una política laboral.
Detrás de cada canción, de cada espectáculo, hay una usina constante de empleo e innovación que involucra a músicos, productores, técnicos y transportistas. No podemos seguir conviviendo con la contradicción estructural de consumir una cultura profesional mientras naturalizamos la desprotección de quienes la sostienen. Celebramos a Rada como patrimonio nacional, pero ese homenaje debería empujarnos a trabajar para garantizar las condiciones materiales de las nuevas generaciones. No se trata de fabricar “nuevos Radas”, sino de construir un ecosistema donde los jóvenes creadores no necesiten ser heroicos sobrevivientes para poder construir razonablemente una carrera con ingresos estables y seguridad social.
Porque, en definitiva, proteger el trabajo cultural es proteger dimensiones vitales para el país que ninguna planilla económica consigue registrar. El cálculo estadístico no mide a la niña que descubre el latido de un tambor. No registra al adolescente que encuentra refugio en una banda y deja de sentirse solo. Ningún indicador cuantifica el hilo invisible que une a una familia cuando canta junta, ni la emoción de entonar una melodía a los gritos junto a perfectos desconocidos. Y, sobre todo, no registra el milagro de ese momento en que una sociedad descubre que todavía comparte símbolos comunes. Ese es el valor profundo de nuestra cultura, y es exactamente eso lo que salvaguardaremos cuando logremos dignificar el trabajo de los colectivos que la crean.
Escaparle al bronce: el derecho a inventar el futuro
Congelar a Rada en una estatua de bronce sería, tal vez, la mayor traición a su memoria. Rada fue siempre un cauce en movimiento: curiosidad insaciable, encuentro, mezcla y pura irreverencia. Entender su legado significa aceptar que su obra no es un archivo para exhibir en un museo, sino un derecho que debemos garantizar a quienes vienen detrás. El verdadero homenaje es construir un país donde las nuevas generaciones tengan las condiciones materiales para experimentar, equivocarse y encontrar su propia voz. Para eso hacen falta instrumentos, formación, plazas amigables que alojen la creatividad colectiva y el respeto a la música como un trabajo digno. Solo al garantizar ese espacio podrán inventar los paisajes sonoros que, dentro de 20 años, creeremos que siempre estuvieron ahí.
Durante estos días, el Uruguay entero se encontró alrededor de su figura. Pero pronto los tambores se irán apagando, y es ahí cuando empieza nuestra responsabilidad. Si su despedida produjo esa extraordinaria sensación de comunidad, es imperativo preguntarnos por qué nos cuesta tanto sostener esos encuentros en la vida cotidiana. La partida de Rada nos deja una respuesta: seguimos pensando la cultura como un simple sector, cuando en realidad es una dimensión transversal. La cultura no viene después de la economía; late dentro de ella. No está después de la salud; construye bienestar. No está después de la educación ni de la política; es el espacio vivo donde una sociedad construye su ciudadanía y decide quién es.
Rada se fue físicamente, pero nos dejó una prueba irrefutable de que todavía podemos encontrarnos. Nos dejó un paisaje sonoro inmenso: un tambor, una síncopa, un coro, una canción para niños. Nos legó una manera de ser profundamente uruguayos sin jamás cerrarle las puertas al mundo. Ahora nos toca a nosotros cuidar ese paisaje. Pero, sobre todo, nos toca seguir creando. Porque la mejor manera de homenajear al maestro no es intentar repetirlo, sino atrevernos a inventar lo que todavía no existe.
El gran desafío es lograr que el Uruguay luminoso y solidario que apareció cuando murió Rada sea el mismo Uruguay que construimos todos los días mientras estamos vivos.
Julio Brum es músico y activista cultural.