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Sierra de las Ánimas, el 17 de enero, durante el ascenso a los Pozos Azules en Maldonado.

Foto: Alessandro Maradei

Ascenso a Pozos Azules entre carquejas, historia indígena y agua cristalina

9 minutos de lectura
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El proyecto Red Ánimas, impulsado por una cooperativa, ofrece senderos guiados para descubrir la Sierra de las Ánimas y su flora y fauna nativa.

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Una mañana cualquiera de enero amanece fresca, pero los rayos de sol anticipan que en pocas horas el calor se hará sentir. Sin embargo, el tiempo no frena la posibilidad de visitar uno de los puntos más altos de Uruguay: la Sierra de las Ánimas, con su cumbre (Cerro de las Ánimas) de 501 metros sobre el nivel del mar. El objetivo es el ascenso a Pozos Azules, destacado por su agua cristalina, su historia vinculada a comunidades indígenas y su rica fauna y flora nativa.

Durante años fue de libre acceso, sin embargo, tras encontrar acumulación de residuos de todo tipo, pasó a ser un predio privado, comprado por un inglés para su explotación rural y arrendado por el uruguayo Ernesto Toledo para actividad ganadera. En 2015 el arrendatario reabrió el acceso en articulación con el proyecto comunitario Red Ánimas, impulsado por una cooperativa para conservar la naturaleza y promover el turismo ecocultural de la microrregión de Pan de Azúcar.

La cofundadora de Red Ánimas Graciela Miller, nacida en Mercedes, se dedica a la parte administrativa y a la atención de los visitantes, además de dictar talleres de cestería, pasión heredada de su familia. Según informó a la diaria, este proyecto “comenzó en 2013 junto con otras personas que empezamos a pensar cómo hacerlo, y en 2015 nos constituimos cinco de ellas como cooperativa hasta 2022”; tras ese año, “salieron algunos compañeros y entraron otros, pero seguimos siendo cinco”.

Tanto los senderos como los talleres tienen costo y “se requiere un mínimo de siete personas”. Señaló que “los senderos nocturnos en Uruguay no se hacían antes; empezamos nosotros con el Ascenso a Pozos Azules + Luna Llena”. Desde 2013 se realizaron jornadas de diseño de senderos con fondos propios y apoyo logístico del Municipio de Pan de Azúcar y de la Dirección de Turismo de la Intendencia de Maldonado, pero hoy “no existen convenios vigentes con instituciones o programas”.

El cofundador Robert Arriola, que creció en Pan de Azúcar, con vista hacia la Sierra de las Ánimas, brinda talleres de cerámica y coordina a los guías de los senderos. Afirmó a la diaria que “se busca destacar la importancia de los pueblos originarios en la zona” y funciona “como un complemento del ingreso familiar de ambos [que están jubilados]”. Además, señala que un guía debe ser “un buen comunicador y cuidar el lugar, evitando que se tiren residuos”.

Señal de partida y más de dos kilómetros en vehículo

En la mochila está todo lo indispensable para cuatro horas de senderismo descubriendo la abundante flora del lugar y mucha más información: una botella de agua, colaciones, gorro, pantalones largos, repelente, protector solar y un celular para capturar imágenes. El grupo es reducido: una pareja joven, un hombre de 62 años y un guía que, con más de 12 años en el proyecto, acompaña la experiencia con una propuesta sensorial entre aromas, sabores y postales naturales que invitan a detener el paso y se combinan con relatos del pasado.

El punto de partida es en Casona Maidana, en Pan de Azúcar, sede de la cooperativa de cinco integrantes que promueve Red Ánimas. Se llega por la ruta 9 y la salida al sendero está prevista para las 9.00, aunque se retrasa media hora mientras se firma la planilla obligatoria para ingresar al predio privado y se espera al resto de los visitantes. Sobre las 9.30, el guía Marcos Matteus, con lentes de sol, una remera verde del proyecto y una camisa a cuadros, da la señal de partida subido en su moto, ya que todavía se cuenta con un servicio de traslado colectivo; cada participante avanza en su propio vehículo.

El trayecto inicial es de apenas dos kilómetros, explica Marcos, y agrega que se puede hacer caminando. Sin embargo, desde el interior de la camioneta que avanza siguiendo sus indicaciones de giros precisos y pozos inevitables la distancia parece mayor. En el camino aparecen vacas, ovejas y un ñandú grisáceo que cruza el camino con un andar elegante, como si supiera que las miradas recaen sobre él.

Marcos detiene la moto frente a la Estancia Pozos Azules, lugar que se alquila para familias o eventos, con paredes de piedras y portón de madera, sobre la calle Camino de la Cantera, a pocos minutos del nuevo mirador en Nueva Carrara, donde se observan varios animales pastando en el campo. Mientras Marcos conversa brevemente con una mujer que sostiene una planilla, ella observa en silencio unos segundos a los nuevos visitantes y luego esboza una tímida sonrisa, señal que permite el ingreso. Al descender del vehículo, a la derecha, una manada de gansos avanza ruidosamente, acaparando la atención; a la izquierda, ovejas y vacas permanecen inmóviles en su hábitat natural.

Pozos Azules en Maldonado.

Aunque parece que el sendero comienza allí, Marcos advierte que restan algunos kilómetros más. Rafael, de 62 años, se prepara con mochila sobre la espalda y una cámara fotográfica pequeña; por recomendación del guía, estaciona su moto dentro del predio, consciente de que el terreno con piedras, pozos y otros obstáculos podría dañarla. De nuevo a bordo del vehículo, el avance se hace lento, vigilando los pozos y los animales que puedan cruzarse sin aviso, y una pequeña laguna natural estrecha el pasaje y obliga a reducir más la marcha. Al final del trayecto, aparece un molinete de madera, que cruje al girar y marca el ingreso a la Sierra de las Ánimas.

Entre menta silvestre, barba de la piedra y huellas de chanchos

Al pasar el molinete, de a uno, el sendero se estrecha y el paisaje cambia. Un olor intenso a menta silvestre invade el ambiente: la planta herbácea crece en largas hileras sobre el suelo, donde se observan abejas que revolotean atraídas por su carácter aromático, que les proporciona néctar y polen. El terreno irregular obliga a medir cada paso y el silencio es tal que ni las aves se oyen. En el sendero de seis kilómetros, sin flechas ni carteles, permanece la sombra del monte galería.

Marcos avanza unos metros por delante del grupo y se detiene cada tanto para señalar plantas nativas, explicar sus usos medicinales y relatar historias que sobreviven en la memoria del lugar. Al llegar, advierte que “es época de víboras, pero si vas con un bastón o haciendo ruido, tienden a alejarse”. Rafael le pregunta: “¿Tendrás en la mochila algún suero?”, y Marcos le responde que “el efecto de la más venenosa, la crucera, tarda ocho horas en aparecer, y en el hospital de Pan de Azúcar está el más grande depósito de suero antiofídico, así que estamos salvados”.

Sin embargo, aclara que “las víboras grandes son menos peligrosas; en cambio, las más chicas, como la yara, son más peligrosas, porque no saben que, si inoculan todo el veneno, se quedan sin defensa”. “Hay que tener recaudo e ir moviéndose al ir al baño, o al separarse del grupo, para alertar al animal”, asegura, y advierte que, en caso de picadura, “nunca hay que hacer torniquete ni chupar la herida”, y, además, recomienda “mantener la calma, ya que la preocupación hace que el veneno se dispare a todos los órganos del cuerpo y, así, se producen las fallas multiorgánicas”.

Al avanzar unos metros más, luego de observar diversas plantas –carqueja, ombú, marcela, coronilla, helecho, uva del diablo, tembetarí–, Marcos se detiene y dice “¡acá está!”, en referencia a una planta de barba de la piedra, de color verde, que, a su entender, es “el mejor remedio para la garganta”. Victoria, de 30 y pocos años, naturópata –profesional de la salud que utiliza métodos naturales para estimular la curación–, aporta que “es una simbiosis entre un hongo y un liquen” y Marcos completa la explicación, diciendo que, si está en la sierra, es porque “el aire es puro”.

También señala huellas de chanchos: más de seis marcas en el barro que, según calcula, tienen unos dos días. Sin embargo, durante el trayecto no se cruza ningún animal como margay, hurón o chancho jabalí, y las víboras permanecen ocultas. Más adelante, el guía invita a masticar una hoja de arrayán, cuyo sabor intenso y mentolado es igual al de las pastillas Halls, e indica que “si estás bajo de presión, te levanta”, y Diego, fitoterapeuta –profesional que utiliza productos vegetales con finalidad terapéutica–, de 30 y pocos años, agrega que “dilata los bronquios”.

Monte nativo, el 17 de enero, durante el ascenso a los Pozos Azules en Maldonado.

Foto: Alessandro Maradei

Mientras se sigue el paso, Marcos informa que, en el Cerro de los Burros, de Piriápolis, “se han encontrado puntas de flecha de las comunidades indígenas de más de 14.000 años, a medida que se han construido terrenos”, y que la Sierra de las Ánimas “era utilizada como refugio en invierno”. Además, dice que, en el marco del proyecto Red Ánimas, se realizó un ritual indígena con el arco tacuabé, “un instrumento utilizado para pedir permiso para ingresar al monte [galería]”.

Llegada a Pozos Azules: donde el tiempo se detiene

El ascenso a Pozos Azules exige pausas; no por falta de preparación, sino porque el entorno invita a detenerse y observar. Primero se llega a un curso de agua pequeño, que, semanas atrás, estaba seco a causa del déficit hídrico y la escasez de lluvia. Más adelante, a 200 metros de altura, la vista se expande y deja al descubierto la planta de agua Esencial; la Laguna del Sauce, principal fuente de abastecimiento de agua para el departamento de Maldonado; el balneario Punta del Este; Casapueblo, ubicada en Punta Ballena; el Parque Eólico de Aiguá.

Al continuar por el monte galería, Marcos explica que “estos senderos fueron hechos por los calagualeros, gente de Montevideo que venía a buscar yuyos como calaguala”, y que tienen “más de 100 años”. “Se bajaban en Las Flores, pasaban por el fogón de [José Gervasio] Artigas –que durante la época colonial se encendía en esta sierra y en las Sierras de Rocha para alertar en caso de que Portugal intentara invadir– y llegaban a Pozos Azules”. También explica el origen del nombre Sierra de las Ánimas: “En los cerros se hacían tumbas de piedras, los animales sacaban los cuerpos y dispersaban los huesos, y quienes caminaban veían resplandores, producto del fósforo de los huesos, y creían que eran almas”.

El calor ya se hace sentir y el agua se raciona, pero la expectativa de llegar a destino empuja los últimos tramos. Tras una hora y media de caminata, aparecen los pozos azules, piscinas naturales de agua cristalina y fría que cambian de tono según la luz solar y alcanza una profundidad en la que no se hace pie, por lo que conviene ingresar con cuidado. Algunos se sientan sobre las piedras, se quitan los championes y hunden los pies para descansar y refrescarse; otros, en malla y short de baño, se sumergen y disfrutan de las cascadas en la quebrada de monte nativo. En el agua se observan renacuajos y mariquitas diminutas se posan en los celulares.

Victoria dice a la diaria que “el agua te deja la piel radiante”, mientras que Diego comenta que “fue una mezcla de renacimiento con anestesia del calor acumulado del sendero”. En tanto, Rafael expresa que el agua está fría, pero “placentera”, y resalta: “Me gustó más la caminata por el bosque que los pozos azules, porque me lo imaginaba más grande, aunque es agradable para visitarlo”.

En este punto no hay señal de celular ni ruidos, solo naturaleza, tiempo detenido y la sensación de haber llegado a un lugar donde reina la calma, al margen del turismo masivo que en esta época estival invade Piriápolis. Se aprovecha a descansar durante más de 20 minutos para recuperar energía antes del regreso y compartir unas porciones de torta de remolacha.

Barba de viejo (tillandsia usneoides) en el ascenso a los Pozos Azules en Maldonado.

Foto: Alessandro Maradei

Cuerpo cansado, mente en calma

El regreso transcurre casi en silencio, con el cuerpo cansado pero la cabeza liviana porque la desconexión es total, y el sendero, que a la ida demandaba atención, ahora se transita con una mirada más consciente sobre el entorno. El calor se siente cada vez más y la sombra escasea. Se escucha el murmullo del agua que aparece entre la vegetación y caminar se vuelve un ejercicio de observación, una pausa necesaria frente al ritmo acelerado de la cotidianidad.

Al mismo tiempo que se camina, Victoria y Diego, que aportaron sus conocimientos sobre plantas y sus usos medicinales durante todo el trayecto, cuentan a la diaria que tienen un emprendimiento, Fitoalquimia, que cuenta con un laboratorio herbal donde elaboran extratos, tinturas madres y cremas medicinales para acompañar procesos de salud a través de la naturopatía y la fitomedicina. Victoria vive en Maldonado hace dos meses y dice que la motivó a conocer este sendero “el amor a la naturaleza, aprender de plantas y escuchar la tierra en la que vivimos”, y resalta que, si bien han explorado otros senderos, es “la primera vez con un guía”.

El guía Marcos afirma: “Aprendo más con la gente que viene a los senderos que con lo que he estudiado”, al sumarse a esta actividad diversos profesionales todas las semanas. Además, cuenta que desde niño se interesó por la naturaleza y en los campamentos recorría la Sierra de las Ánimas, por lo que su conocimiento proviene del trabajo en el territorio como de videos que ha visto.

En tanto, Diego expresa: “Me encantó que el guía esté muy informado, y es re humilde por cómo aprendió todo lo que sabe. Es súper rico atravesar el sendero con él porque te habla de plantas, de historia, de cómo se forma geológicamente el espacio, de cuántos años tiene y de qué animales habitan”. Victoria, por su parte, añade que el guía “sabe hasta de propiedades medicinales de plantas nativas”.

Al cruzar nuevamente el molinete, cerca de las 14.00, la Sierra de las Ánimas queda atrás, aunque la experiencia persiste como la confirmación de que en Uruguay aún existen rincones que ofrecen algo más que una excursión: una manera distinta de mirar el territorio, valorar la naturaleza y disfrutar del sonido del agua y la calma. Con cansancio, paz y satisfacción por haber llegado a Pozos Azules, cada integrante del grupo regresa en sus vehículos, motivado a explorar otros senderos de la sierra, como el cerro Betete, el Cañadón de la Palma o el cerro Lagunitas.

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