Es la primera cooperativa de vivienda de usuarios por ahorro previo gestionada íntegramente por mujeres. La finca está en una esquina del barrio Reus, sobre las calles Democracia y Tomás Muniz; lleva más de un siglo ahí. Durante años estuvo apuntalada y abandonada, en riesgo de derrumbe, totalmente descuidada. Tanto era así que, al principio, había que hacer ruido al entrar para espantar a las palomas, porque habían copado el lugar. Hoy en día, viven en ella ocho mujeres que la reciclaron con sus propios medios, tanto económicos como físicos, para tener cada una su vivienda. La cooperativa se llama Mandalas y es –según la Federación de Cooperativas de Vivienda de Usuarios por Ahorro Previo (Fecovi)– la primera de usuarios por ahorro previo gestionada solamente por mujeres.
La idea se consolidó en 2014, la Intendencia de Montevideo (IM) cedió la casa en custodia poco después y el préstamo del Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial (MVOT) recién se firmó en 2023. La obra arrancó en setiembre de ese año, las llaves se entregaron en febrero de 2025 y la inauguración formal se realizó un año más tarde (abril de 2026). Dos de sus integrantes, Gabriela Rodríguez e Ivanna Chessa, contaron a la diaria cómo fue todo el proceso.
Ni el préstamo ni el subsidio
Gabriela Rodríguez –arquitecta, fundadora y directora de Mandalas– comenzó explicando qué las motivó a asociarse y darle vida al proyecto. “Somos profesionales que trabajamos de forma independiente. No aplicábamos para un préstamo en el banco, pero tampoco para un subsidio. Estábamos ahí, en el medio. Entonces dijimos: formemos una cooperativa”.
Eran seis al principio, la mayoría arquitectas, amigas entre ellas. Estaban cerca de los 40 años y querían encontrar la forma de dejar de pagar un alquiler. Por recomendación de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay (SAU), la IM y el MVOT, el grupo creció después a ocho integrantes para aprovechar mejor el proyecto. Al poco tiempo, Gabriela y su socia, María, comenzaron los trámites con la IM.
El servicio de Tierras y Vivienda les comentó sobre la finca que estaba disponible en ese momento. Ya se la habían ofrecido a dos cooperativas de ayuda mutua, pero ninguna la quiso porque implicaba reciclaje. “Como la nuestra era de ahorro previo, dijimos que sí”, explicó Gabriela. Luego, la IM les cedió el terreno en custodia y, una vez firmado el préstamo, el MVOT le pagó directamente a la IM por la vivienda. “Yo reconozco que cuando llegué no me gustó. Estaba llena de palomas, cada vez que entrábamos era hacer barullo y de todo para que se fueran. [...] Estaba toda apuntalada, o sea, estaba en muy malas condiciones”, explicó Rodríguez. Con el tiempo le tomó cariño y la situación fue cambiando. Como fue el caso de la esquina frente a la cooperativa, que “solía ser un bar viejo donde no entraba nadie y hoy son viviendas. Mientras nosotros estuvimos en obra, ellos también”.
Construir entre pasado y presente
La casa, que data de 1889, está dentro de la trama patrimonial del barrio Reus y eso pautó las reglas del reciclaje. Había que conservar la morfología en herradura –una U con patio central, explicó Gabriela– y no se podía modificar la fachada abriendo nuevos huecos. Hubo idas y vueltas con la Comisión del Patrimonio. “Cualquier cosa que le fueras a hacer iba a mejorar, porque realmente estaba deteriorada”, comentó. En cuanto a los techos, tuvieron más libertad, ya que la mansarda original no existía, era apenas una chapa puesta para tapar. “Al no estar, se hizo una especie de abstracción y pusimos chapas del lado de afuera. La hicimos vertical en vez de un poco inclinada”, dijo.
Además, explicó que para ellas era importante no chocar con los alrededores y mantenerse fiel al estilo de la manzana: “Siempre estuvo un poco la idea de conservar y de que conviviera lo viejo con lo nuevo”. Por su parte, la escalera original (de mármol y granito) sí tuvo que ser completamente modificada. Si bien la intentaron salvar, a medida que se sacaban muros y bovedillas, el volumen empezó a inclinarse, los escalones a soltarse y hubo que demolerla. “Lo único que pudimos dejar fue el pasamanos. Si vas por el patio, vas a ver hierros que van cosiendo el volumen de la escalera”.
Del dicho al hecho: manos a la obra
Todas se involucraron enormemente en la obra. “Pusimos los yesos, pintamos, recuperamos todos los hierros de la casa vieja”, comentó Gabriela. Que fueran pocas ayudó. Puso el ejemplo de los muebles de la cocina, que ellas mismas construyeron. “Si hubiéramos sido 25, lo más probable es que se hubiera votado comprar los muebles. Nosotras hacíamos tres con lo que costaba uno”.
Ivanna Chessa se sumó en marzo de 2021 y fue de las últimas en llegar al proyecto. Encontró la cooperativa un domingo de mañana, mirando Instagram, de casualidad. La movía la misma motivación y objetivo que a las demás: dejar de pagar alquiler. Comentó que seguía a Fecovi, vio la publicación y supo que era esa. “Cooperativa de ocho mujeres, reciclaje. Dije: soy yo”. Le atrajo que no fuera un proyecto masivo: “No quería esa cosa de cuatrocientos mil apartamentos”. Hoy vive con sus dos hijos y su pareja en la planta baja de la cooperativa.
El dinero siempre fue un problema, un obstáculo. En tanto el esquema del MVOT supone un 15% de ahorro previo y un préstamo, pero “nunca alcanza, en ninguna cooperativa”, explicó Gabriela. Más aún, Mandalas contaba con una diferencia en el tamaño de las viviendas. Como la estructura del edificio ya estaba construida, no se podía achicar sin dejar espacios muertos. Por eso, los apartamentos quedaron en unos 70 metros cuadrados, superficie mayor al estándar del MVOT, por lo que tuvieron que solicitar una aprobación. Aparecieron costos no previstos. Pidieron un sobrepréstamo que finalmente se emitió como subsidio y les permitió acomodar las deudas. Pusieron plata propia y pidieron prestado a familiares y amigos.
Como el presupuesto siempre estaba comprometido, todas se involucraron mucho en la obra. “Vino gente a darnos una mano los fines de semana, pero las horas de trabajo acá las pusimos nosotras”, comentó Ivanna. Ante cada problema que aparecía en el camino, se asesoraban y respaldaban en Fecovi. Ambas coincidieron en que funcionó como garantía y sostén durante todo el proceso. Gabriela hizo alusión a cuándo: “Por ejemplo, en un momento tuvimos problemas porque no nos pagaba el ministerio. Nos tenía que dar una partida y no nos la daba. En Fecovi lograron que pudiéramos atrasar el pago a Inacoop [Instituto Nacional del Cooperativismo]. O sea, con intermedio de ellos”.
“¿Dónde está el varón de esta cooperativa?”
Entre ellas, que fueran ocho mujeres, lo asumieron siempre con muchísima normalidad, no como una excepción o algo extraordinario. En cambio, a los demás siempre les llamó la atención. Rodríguez comentó: “Yo lo normalicé, porque en la vida me manejo así. Se fue dando, hasta que se volvió prioritario el dar oportunidad a mujeres que se mantienen solas y quieren su vivienda”. Ivanna suscribió lo expresado por su compañera: “Nunca nos cuestionamos si lo podíamos hacer o no por ser mujeres. [...] Como que no sé si es un logro, pero tampoco es una debilidad”.
Sin embargo, el mundo de la construcción sí que hacía notar la diferencia. Una vez, un arquitecto llegó a la obra, tuvo que explicar algo por tercera vez y, ya casi sin paciencia, preguntó dónde estaba “el varón de esta cooperativa, con el que tengo que hablar”. De esas, dijo, pasaron muchas. “Las que venían de ese rubro estaban re acostumbradas a determinadas situaciones que para mí eran tremendamente machistas”.
Cuesta arriba
Por más gratificante que haya sido el resultado, durante el proceso convivieron con tensiones permanentemente. “Cuando todo sale bien es muy fácil llevarse bien”, dijo Ivanna. “Cuando te empezás a atrasar, a endeudar, a pedir plata, ahí empiezan los conflictos. Quién hizo más, quién hizo menos”. El grupo fue cambiando conforme pasaron los años. Chessa subrayó que no es lo mismo el núcleo fundador de amigas que quienes, como ella, llegaron después. “Yo siempre pienso que para las compañeras que empezaron, la cooperativa es como un hijo. [...] Desde crearlo de cero a venir a ver la vivienda. Eso es algo que no se puede trasladar, que no me lo pueden trasladar a mí. [...] Otras compañeras que vinieron después y yo vinimos y conectamos con la cooperativa desde otro lugar, desde un volver a empezar, de necesitar la vivienda”.
Las llaves de la casa se las entregaron el 26 de febrero de 2025 y las mudanzas comenzaron enseguida. Ivanna fue la primera en mudarse, durante los primeros días de marzo. Estuvo sola en la casa entera mientras les escribía a las demás que se mudaran “de una vez”, contó riendo. La fiesta de inauguración fue en abril de 2026 y la vivieron con muchísima felicidad y buena energía, rodeadas de seres queridos y de la comunidad barrial.
Del proceso quedó también un documental de 30 minutos, dirigido por Gonzalo Rodríguez Fábregas, filmado durante la obra.
Aún la cooperativa sigue siendo, admiten, “muy de las ocho”. El desafío que se plantean ahora es que las parejas, los hijos y las familias también formen parte. “Ahora viene: ¿qué cooperativa construimos? [...] El desafío es que nuestros hijos, nuestras parejas y nuestras familias formen parte mucho más activa y protagónica de la cooperativa”.