El incremento del precio de la lana, incluidas las intermedias, desde setiembre de 2025, y un valor récord de la carne cambiaron los ánimos de los productores ovinos. Lo notan tanto los cabañeros en la demanda como los técnicos y consignatarios que perciben un mayor interés en retener vientres, así como los barraqueros que vieron salir de los galpones hasta tres cosechas que permanecían esperando por un momento adecuado. Pero el stock es muy bajo. La última declaración jurada de existencias del Sistema Nacional de Información Ganadera (SNIG) registró 4.799.066 ovinos, una cifra muy lejana de la de prácticamente 26 millones con la que arrancó la década del 90 del siglo pasado, e incluso de la de diez años más tarde, cuando había bajado a la mitad.
Hoy ese stock se encuentra, sobre todo, al norte del río Negro. El 70% de los ovinos están entre el extremo norte, el noroeste y el noreste; solo los departamentos de Salto (1.032.181), Artigas (801.403) y Paysandú (555.079) tienen el 50% del stock ovino nacional. No obstante, el sur comenzó un proceso de recuperación, aunque después de un desmoronamiento.
Javier de León estuvo entre los 50 productores ovinos del departamento de Florida que, en junio de 2017, celebraron en San Gabriel el lanzamiento del proyecto de compartimento ovino que les permitiría cerrar el ciclo de producción con invernada, recría y la posibilidad de acceder, en colectivo y sin intermediarios, a venderles a frigoríficos e incluso llegar a exportar. En el acto, encabezado por el entonces ministro Tabaré Aguerre, estaban también las autoridades del Instituto Nacional de Colonización (INC), así como de la Asociación Rural de Reboledo (ARR) y del Movimiento de la Juventud Agraria (MJA), que convenían para la realización del proyecto, además de representantes del gobierno departamental.
Con una historia personal directamente ligada a la producción ovina, en los impulsos de aquel proyecto fue enfatizando en genética y reproducción, llegando a tener más de 500 ovejas. Hoy tiene unas 30 y ya no quiere pensar en un futuro con la oveja en el centro de su actividad productiva que desarrolla en el establecimiento de 125 hectáreas que arrienda al INC. Vivió el desplome de precios y también dos sequías, en las que llegó a escenas cuyo impacto no es solo productivo, dice: se le murieron de hambre 80 animales. En el camino quedó el proyecto que lo ilusionaba tanto a él como a sus vecinos, que sufrieron los cambios de criterio al pasar de un gobierno nacional a otro e incluso la no concreción de un programa que les habría permitido acceder a bebederos y atravesar de otra forma el déficit hídrico.
Cabaña El Molino en Los Cerrillos, Canelones.
Foto: Alessandro Maradei
Cuenta que hoy ve cómo las ovejas cuestan cuatro veces más de lo que él las vendió cuando empezó a reducir la majada, en un escenario que ya vivió tres veces en algo más de 30 años. “Hoy no nos vamos a dedicar al ovino, aunque lo llevamos en la sangre”, cuenta. Sabe que el momento en cuanto a los valores es único, pero entiende que el rumbo del país en el rubro no le da certezas en relación con los diferentes vaivenes. “Dentro de cinco o seis años puede pasar lo mismo [que en ocasiones anteriores]. Por las dudas, no...”.
Entre otras cosas, ovejas
“En un momento la oveja estaba muy mal. No valía la carne, no valía la lana, no valía la oveja”, dice Pedro Rodríguez, que es chofer de una empresa de ómnibus y, junto con su pareja, que es policía, inició una experiencia productiva hace 12 años en siete hectáreas que heredó de su padre. Agrega que se pone en el lugar de aquellos que son exclusivamente productores y piensa que, en los momentos de desplome, “tuvieron que pagar para producir. Es que no sacabas ni para sanidad…; yo aguanté porque no vivía de eso”.
La experiencia de Pedro y su familia en la producción ovina se inició sin mayores pretensiones. “Compramos unas ovejas para tener, para darle un uso a la chacra, que era de siete hectáreas. Pero empecé a vender corderos y empezamos a reproducir, cada vez más y más, y hoy en día tengo 80 madres. Tengo 100 ovejas todo el año y, en el pico máximo, con los corderos, unos 200 animales en general”, cuenta. Entiende que el énfasis en la genética para la producción de carne fue fundamental. “Cuando compré las primeras, compré ovejas, algunas de cruzas; no había una raza definida. Después empecé enfocarme en la genética, y hoy tengo todo puro: texel y cara mora. La diferencia que hay en la producción de carne en un animal de media a uno puro es imponente, y te consume lo mismo”. Compra directamente en cabaña y vende en ferias y a clientes particulares. Prácticamente no esquila. “Llegó un momento en que la lana ni te la compraban”, dice.
Expo Prado 2026 el 11 de setiembre.
Foto: Rodrigo Viera Amaral
Su caso es uno de los que ha tomado como referencia el grupo técnico que coordina actividades, fundamentalmente con pequeños productores del departamento, desde la Intendencia de Florida. Una de las caras visibles es el ingeniero agrónomo Gonzalo Urioste, quien entre sus tareas tiene elaborar proyectos para captar fondos en el aterrizaje de diferentes programas nacionales. Recientemente fue aprobado uno de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto que permitirá mantener el equipo técnico para la coordinación de jornadas en las que los productores conocen los énfasis y manejos de pares, así como acceden a asesoramiento técnico para planificación y también en materia sanitaria. Urioste destaca la relevancia que tiene, para los más pequeños, la posibilidad de contar gratuitamente con los diagnósticos de gestación. Remarca que es fundamental para la toma de decisiones.
Percibe que “hay mucha gente que quiere arrancar de nuevo con el ovino o aumentar la cantidad de madres”, pero hoy es “muy difícil, en el sur, conseguir buenos lotes; hay muy poca oferta”, añade. Dice que la recuperación en el sur del país se nota, por ejemplo, en Canelones, donde aumentó la cantidad de productores. “Hay una recuperación que hace que la gente esté más entusiasmada”, pero en un escenario inimaginable hace más de tres décadas, cuando tuvo lugar el esplendor del rubro. “Mi padre tenía cabaña de [la raza] ideal y vendíamos carneros por todos lados, y había ovejas por todo el país”, recuerda.
Un cambio de paradigma
“Hace diez años que trabajo en el SUL [Secretariado Uruguayo de la Lana], y es el momento de mayor optimismo que me ha tocado vivir como extensionista. Es innegable; es un dato fuerte de la realidad”, comenta, por su parte, el ingeniero agrónomo José Ignacio Aguerre, técnico extensionista del SUL y coordinador del área de transferencia y extensión para la zona norte. Si bien esa zona se ha caracterizado por tener mayor producción ovina, “nunca fue tan grande la diferencia”, explica.
Aguerre entiende que paulatinamente se ha dado “un cambio de paradigma en cuanto al entendimiento del ovino”. En Uruguay, dijo, “históricamente utilizamos la palabra lanares, desde los remates a las guías de propiedad y tránsito, lo que habla de nuestra cultura lanera. En el momento de mayor apogeo, cuando había más ovinos en el país, el dato escondido es que había muchos capones. Había una enorme cantidad de capones, y cuando tenés capones los mantenés de un año a otro porque necesitás cosechar su lana. Nuestro país era un productor de lana y teníamos, en su mayoría, lanas medias”.
Pedro Rodríguez.
Foto: Emilio Martínez Muracciole
Percibe que en el norte, en las décadas de 1980 y 1990, ya existía una mayor producción de lanas finas, por lo que, en la crisis del lanar, en esa zona del país se retuvo más. A 2026, la esquila con grifa verde alcanza al 68% a nivel nacional, mientras que en Artigas supera el 90%.
De todos modos, Aguerre entiende que las complejidades del ovino van más allá de si se trata de razas de énfasis lanar o carnicero. En todo caso, “hubo muchos productores de lanas medias con baja producción de carne”, con una historia enfocada en la lana, cuando “ese sistema se defiende con la buena producción de carne”. En la década de 1980, la lana media tenía un valor “que permitía cubrir muchos gastos”, pero es una realidad que cambió.
“El balance de producción carne-lana que tanto se ha discutido en la prensa radica en entender que el sistema con bajas expectativas de ingreso por lanas tiene que centrarse en la producción de corderos. En nuestro país hay numerosos emprendimientos de empresas familiares que producen lanas medias, pero lo que determina sus ingresos en su negocio es que sacan más de un cordero por cada oveja que encarneran”. “No puedo decirles a quienes llevan adelante ese tipo de sistema que tienen un mal negocio. Creo que hay material genético muy bueno, con mucha historia, que ha evolucionado mucho también, que si se entiende bien cómo producirlo, es una muy buena opción”.
Claro que, “si siguen existiendo capones en el país, tienen que ser de lanas finas. Tienen que estar por debajo de las 20 micras para poder valorizar ese tipo de lana”, dice el técnico, para quien “otros sistemas tienen que encarnerar más ovejas”.
Mucho para crecer
Aguerre entiende que “hay un montón de área para crecer en ovinos. Solo en Tacuarembó tenemos 1.200.000 hectáreas de campo natural y un poco más de 400.000 ovinos, que es una cifra bajísima. Hay muchos establecimientos que no tienen ovinos o que los tienen poco más que de consumo, que si empiezan a producir un camión de corderos, medio o cuarto camión compartido con otros productores, es un gran primer paso para mejorar la producción ovina dentro del sistema y a nivel global. Muchos establecimientos tienen más o menos 500 hectáreas y encarneran 60 ovejas para consumo, cuando perfectamente podrían encarnerar 350, producir un camión de corderos, tener claros los mecanismos para seguir mejorando, porque un camión de corderos puede hacer más de 30.000 dólares y hasta 40.000. ¿A quién no le sirve?”.
Cabaña El Molino en Los Cerrillos, Canelones.
Foto: Alessandro Maradei
Aclarando que es una opinión particular, Aguerre explicó que entiende “fundamental” el crecimiento de la producción de carne ovina en Uruguay. “Hoy la cantidad de ovinos que se ofrecen a la industria es bajísima si se mira la cantidad de ovejas encarneradas que hay en el país”, señaló. Incluso sostiene que, independientemente de que pueda argumentarse que el desafío está en razas de énfasis decididamente carniceros, en los hechos ocurre que “el principal exportador mundial de carne ovina es Australia, y muy buena parte de los corderos que exporta Australia son merino australiano con sus cruzas. El producto no es malo, y los exportadores de carne uruguayos no acusan problemas de calidad. No es que alcancemos un mayor desarrollo de la carne ovina por un problema racial, pero sí creo que tenemos que asegurar en el país algunos procesos para que el productor se eduque y logre tener un buen proceso de producción de esos corderos, porque el principal problema que tenemos en Uruguay, a mi entender, es la desigualdad y heterogeneidad del producto, además de su falta; falta volumen y falta homogeneidad”.
Por definir el rumbo
Un equipo interinstitucional trabaja actualmente en “una nueva estrategia para el sector”, dijo a la diaria el director general de Desarrollo Rural del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), el ingeniero agrónomo Gabriel Ísola.
Entre otros organismos, participan el Instituto Nacional de Carnes, el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria, el Instituto Plan Agropecuario y las direcciones generales de Recursos Naturales y de Desarrollo Rural del MGAP.
La nueva estrategia se analiza después del proceso de larga caída del stock ovino, con factores varios como “la caída de los valores de la lana, principalmente de las intermedias”. En términos generales, hubo “poca potencia para avanzar mucho más en la especialización en lanas finas, ultrafinas o de carnes. A veces querer jugar en el medio, termina jugando en contra”, comentó. Entiende que el desafío es buscar “una estrategia para el sector, para que pueda elegir alguno de estos horizontes”, con el objetivo de “tener algunas seguridades mínimas para dinamizar el rubro”.