¿Quién gana en un enfrentamiento, el puma o el jaguar? ¿El oso gris o el león? No debe haber criatura que alguna vez no haya formulado u oído una pregunta de este estilo. El niño que hay en mí, al menos, las hizo muchas veces. Incluso se puede trasladar a los animales que ya no están con nosotros: ¿quién ganaría, el tigre dientes de sable o el gliptodonte Doedicurus con su cola que terminaba en pinchos? Ya metidos en el mundo de la paleontología, es casi imposible no preguntar qué tan bien le habría ido en un combate al dinosaurio con más manija mediática de todos los tiempos: el afamado Tyrannosaurus rex, que vivió a fines del período Cretácico y que fue testigo de la caída del meteorito que casi terminó con su estirpe hace 66 millones de años.
Siempre presente en el imaginario popular y en el corazón de quienes se fascinan con los dinosaurios, al T-rex, como se le dice afectuosamente, se lo ha enfrentado casi que contra cualquier criatura del pasado o actual (un poco de imaginación no le hace mal a nadie). Pero dado que a no poca gente le entusiasma pensar cómo habrían vivido los animales que ya no están entre nosotros, también desde la ciencia se ha intentado esbozar cómo eran estos terópodos enormes que llegaron a medir unos 12 metros y pesar unas nueve toneladas. En ese pensar cómo habrían sido, algunos trabajos científicos han analizado sus posibles presas y cómo se las habría ingeniado para cazarlas.
La reciente publicación de un artículo, firmado por los uruguayos Ernesto Blanco y Daniel Luzardo, del Instituto de Física de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, y Lara Yorio, del Instituto de Ciencias Geológicas de la misma facultad, contribuye a esa tradición de la ciencia que nos lleva a pensar cómo habrían sido cosas que jamás podremos ver.
Titulado Un modelo biomecánico que evalúa el riesgo de lesión de Tyrannosaurus rex en una colisión depredador-presa con Triceratops, el trabajo en realidad no propone una forma en que el T-rex podría cazar a los también muy populares triceratops, dinosaurios herbívoros que caminaban en cuatro patas, pesaban en el entorno de las siete toneladas y cuyo rasgo distintivo era el de tener en la cabeza tres cuernos y una suerte de escudete protector.
En su lugar, el trío de investigadores lo que hace es descartar la idea propuesta por científicos en 2013 de que los tiranosaurios cazaban a los triceratops enfilando hacia ellos, impactando en su costado y tumbándolos, para luego acceder a su vientre no tan protegido. Apelan para ello a los riesgos de lesión sufridos en el impacto –aplicando un modelo biomecánico que en 2021 habían desarrollado a partir del estudio de los leopardos que cazan saltando de los árboles sobre los impalas– y asumen además que difícilmente un triceratops se quedaría quieto y lo más pancho ante un coloso carnívoro que se le acerca con cara de hambre.
Tras “evaluar el riesgo de lesión” de la forma de caza propuesta en 2013, nuestros tres investigadores concluyen que “la colisión del Tyrannosaurus rex contra un Triceratops era demasiado arriesgada para ser un comportamiento de caza frecuente”.
El trabajo muestra que, con un poco de física, otro de biología y algo de etología, aun a unos 12.000 kilómetros y a más de 66 millones de años de distancia de donde y cuando vivió el tiranosaurio, desde Uruguay se puede aportar un granito de arena para ver cómo cazaban –o, en este caso, cómo no lo hacían– unos de los más carismáticos animales de todos los tiempos. Así que más rápido de lo que una presa dispara al ver que se le viene un depredador, vayamos al encuentro de Ernesto Blanco, Daniel Luzardo y Lara Yorio para conocer más detalles de todo esto.
¿Ciencia para poner límites?
En mucha de la ciencia de Ernesto Blanco está presente ese componente lúdico de la pregunta “¿qué pasaría en un hipotético encuentro entre tal y cual criatura?”. Sin embargo, a diferencia de otros artículos, como en el que propuso una forma de cazar para los dinosaurios carnívoros grandes gracias al camuflaje sísmico, o la ventaja que lograría sacar el T-rex a presas más veloces que él al correr en el agua, este es tal vez el primero en el que la biomecánica no está para explicar cómo determinado animal extinto podría hacer tal o cual cosa, sino para decir más bien cómo no la habría hecho. Si se quiere, es más una ciencia que pone límites que una que abre posibilidades. ¿Qué tan enojado o contrariado estaba Ernesto con ese trabajo de 2013?
“Eso de ir por la negativa lo detecto y es algo que no me gusta mucho”, reconoce Ernesto. Pero es que el asunto le incordiaba desde hacía más de una década, prácticamente desde que leyó en el libro Paleobiología de los tiranosáuridos, de 2013, el capítulo firmado por el paleontólogo David Krauss y el físico John Robinson que lleva por título La biomecánica de una estrategia de caza plausible para el Tyrannosaurus rex.
Ahí Krauss y Robinson presentaban “un análisis biomecánico de una estrategia de caza que el Tyrannosaurus rex podría haber empleado con eficacia” y cuya “analogía moderna” era “el cow tipping”, una “práctica en la que personas sorprenden a las vacas y las vuelcan”. Decían que “aunque esta analogía parezca extraña, resulta acertada” ya que “el análisis anatómico del Triceratops indica que, al igual que una vaca, si este animal fuera derribado y quedara tumbado de costado, habría tenido dificultades para levantarse”, por lo que les resultaba “probable que los tiranosaurios pudieran haber aprovechado esta vulnerabilidad como parte de una estrategia de caza”.
“El enojo que detectás es cierto, porque me pareció un muy mal trabajo desde todo punto de vista. La física no estaba bien”, dice, molesto, Ernesto. Pero eso no era lo que más le molestaba. “Me duele ese trabajo también porque era la oportunidad de que en un libro un enfoque físico-ingenieril se utilizara para hacer algo sobre el tiranosaurio. Les dan un capítulo entero y hacen algo que no está bueno, no solo porque la física no está bien, sino que duele a su vez que los físicos apliquemos lo que sabemos sin entender nada del problema físico real, sin preocuparnos de cómo el modelo se aplica realmente a la realidad, solo haciendo unas cuentas para que la cosa luzca bien y nada más. Ese tipo de trabajos me choca hasta desde un sentido estético, me resultan desagradables”, enfatiza. Pero hay algo más.
Partiendo de una leyenda urbana y metiéndose con leopardos
“Hay algo en su trabajo que me generó como un escozor y que apenas mencionamos en nuestro artículo. Parten de una hipótesis ridícula, que es que el cow tipping es algo real”, se desahoga Ernesto.
¿Qué es el cow tipping? Lo tuve que googlear. Wikipedia me devuelve que es la “actividad de acercarse furtivamente a cualquier vaca que esté erguida en cuatro patas, ya sea que esté desprevenida o durmiendo, y empujarla o derribarla como forma de entretenimiento”. Acto seguido dice que “la práctica se considera como un mito urbano”. ¡Partieron de una leyenda urbana!
“Su artículo dedica todo un espacio a describir el cow tipping como si fuera real. Dicen que cuando las vacas están dormidas los adolescentes se acercan y las empujan y las vacas caen como idiotas. Si vos creés que eso es real, a partir de ahí se te empieza a volver más razonable que un triceratops sea igual de torpe y que el tiranosaurio pueda empujarlo para hacerlo caer y comérselo”, remarca Ernesto.
Al estar hablando de un animal actual, muy abundante, podrían haber tratado de comprobar que el cow tipping fuera posible. En 2013 ya estaba Youtube, ya había programas de gente haciendo taradeces como Jackass y ya había pasado el furor de los bloopers (revivido ahora con los memes y cosas viralizadas por celulares). De voltearse las vacas tan fácilmente, hubieran dado con algún video sin demasiado problema.
Forma en la que cazaría el T-rex al triceratops según Krauss y Robinson, 2013. Ilustración de Ernesto Blanco y Lara Yorio.
“El único dato real que ellos toman es que los rinocerontes, observados en zoológicos, demoran varios segundos en volver a pararse. Entonces razonan que, para un tiranosaurio, la posibilidad de atacar a un bicho parecido a un rinoceronte cuando está tirado en el piso le daría cierta ventaja. Pero para eso no se necesita el cow tipping, podría atacarlo cuando duerme, si es que esos animales dormían acostados. Para tener esa ventaja hay otras opciones”, dice Ernesto.
“El hecho de que se hayan apoyado en algo que es una leyenda urbana no desbanca la idea. A uno le puede venir una idea al ver una película de superhéroes. El asunto es que esa idea, que viene del lugar que sea, luego la tenés que testear. Que ellos no fueran conscientes de que era una leyenda urbana, es otro tema. Si lo hubieran explorado lo suficiente, haciendo experimentos o incluso buscando más información concreta y real sobre el tema, las cosas les hubieran ido distinto”, comenta Ernesto.
¿Qué pasó con el trabajo de 2013? No mucho. “Lo que ocurrió es que a ese trabajo no se le dio bola, no se lo tomó en serio como para contestarlo. Pero yo sentía que si quedaba así, sin contestar, era como manchar la reputación de aplicar la física a los dinosaurios”, confiesa Ernesto. Se había propuesto que algo había que hacer.
“Le ofrecí hacer este artículo a muchos estudiantes, porque corregir lo que habían hecho mal aquellos autores me parecía un trabajo relativamente sencillo. Si bien siempre lo vi como un trabajo de desbancar algo, igual sería interesante y siempre estaba la posibilidad de que, al hacerlo, se pudiera encontrar alguna propuesta alternativa”, dice Ernesto. Quien se animó a seguir el tema fue Daniel Luzardo.
“Me llamaba la atención lo poco natural de la interacción propuesta en ese trabajo. A uno le cuesta imaginar que entre ambas especies se diera este contacto de forma tan pasiva o inerte”, dice Daniel. Así que se pusieron a trabajar con un enfoque distinto, analizando la energía del impacto.
“Ya avanzados en el trabajo del T-rex, llegamos a la conclusión de que contábamos con determinados valores, pero no teníamos contra qué cotejarlos”, cuenta Daniel. “Por ejemplo, teníamos una probabilidad de letalidad para ambos protagonistas de ese encuentro, y nos parecía muy elevada, pero el valor en sí no nos decía mucho si no teníamos con qué compararlo”, agrega. ¿Qué rango de riesgo suele tomar un cazador? ¿Cómo saber si el riesgo de lesión que sufriría el tiranosaurio estaba dentro de lo “aceptable” en un mundo en el que hay que cazar para sobrevivir?
“Lo que se suele hacer en estos casos es tratar de encontrar situaciones actuales que presenten cierta analogía, para luego trasladarlas al problema de estudio”, dice Daniel. Y entonces fueron a “buscar situaciones donde cazadores tomen riesgos particularmente altos”, para tomarlas como una suerte de “valor de referencia”. Dieron con el caso de los leopardos que cazan impalas tirándose desde árboles. “De ese caldo nace el artículo con este félido, más como un trabajo auxiliar que nos permitiera entender mejor nuestras ideas acerca del caso del T-rex”, dice Daniel.
En efecto, ambos publicaron en 2021 el artículo Un modelo biomecánico para evaluar el riesgo de lesiones en leopardos (Panthera pardus) que cazan dejándose caer desde árboles. Aquello que Ernesto intuía que de intentar mostrar qué estaba mal en el capítulo del libro de 2013 algo nuevo e interesante podía surgir, se cumplió.
“Todo esto trajo algo novedoso, que fue el modelo que aplicamos para el leopardo. Eso no estaba en mis planes. Cuando concebí una posible respuesta al artículo, lo pensé más por el lado de criticar la parte física, de hacer un modelo físico parecido al de ellos con la diferencia de que estuviera bien hecho, además de pensarlo desde un punto de vista más realista. Eso implicaba que en el modelo el triceratops no es tan solo un bloque que gira, sino un animal que también puede moverse, [que] puede tratar de recuperar el equilibrio y todo eso. Gracias a ese trabajo de Daniel, encontramos una forma de evaluar la probabilidad de daño letal en un impacto. Y eso es una metodología que en sí misma es interesante para las cosas que nosotros hacemos”, dice, feliz, Ernesto.
Así que con el trabajo del leopardo saltando sobre presas tenían una referencia de qué porcentaje de riesgo de lesión fatal se da en un contexto de caza. Ahora podían volver al tiranosaurio y ver qué pasaba al intentar volcar a un triceratops. Y para que eso se materializara en un artículo científico, faltaba un tercer elemento indispensable: Lara Yorio. No solo se puso el manuscrito al hombro, sino que se encargó de superar todas las objeciones y sugerencias de los árbitros, puliendo los cálculos, la aplicación del modelo y liderando el engorroso proceso de publicación.
Por qué no habría sido posible: riesgo elevado
En el artículo analizan los escenarios planteados por el capítulo del libro de 2013 en el que el tiranosaurio se acerca a cierta velocidad, atropella al triceratops, y ayudado con sus pequeñas manos, lo hace caer –como un bromista hace caer a una vaca en la leyenda urbana del cow tipping– para luego rematarlo en el suelo. Gracias a la metodología desarrollada para el leopardo, analizan el riesgo producido por el impacto tanto para el depredador como para la presa.
“Uno no se imagina a un T-rex haciendo cow tipping, más bien se imagina otro tipo de interacciones, y eso también te orienta sobre cómo abordar el problema y te motiva a trabajarlo, lo hace más palpable, porque convivís en tu mente un poco con esos bichos que tanto nos han cautivado, en mi caso, desde la niñez”, relata Daniel.
“Evaluamos los dos escenarios que los autores del trabajo de 2013 planteaban. En uno el tiranosaurio se aproxima a una velocidad más o menos de una caminata apurada, de unos 3,6 metros por segundo, y en el otro, caminando más rápido, a 7,5 metros por segundo, una velocidad relativamente alta”, dice Ernesto. Para quienes gustan de medir las cosas en kilómetros por hora, en el primer escenario el T-rex camina a unos 13 km/h y en el segundo a unos 27 km/h.
“Krauss y Robinson van por el lado de las fuerzas. Ven el choque y una de las cosas que dicen es que ese choque no le haría nada al tiranosaurio”, comenta Ernesto.
“Lo que nosotros vemos es que, en el escenario de velocidad baja, el impacto no le haría nada al T-rex, pero tampoco al triceratops. Sería un impacto razonable, con un riesgo que está en el orden del que toma el leopardo al saltar desde un árbol sobre un impala, que era de 0,5%”, señala.
En efecto, en el artículo reportan que, si el tiranosaurio llegara a impactar contra el triceratops a una velocidad de unos 13 kilómetros por hora, para él la probabilidad de un traumatismo letal sería de 0,25%, mientras que para la presa subiría a 0,43%. “Es decir que la cacería no se justificaría. Si efectivamente el tiranosaurio pudo acercarse tanto al triceratops como para chocarlo, lo razonable sería realizar una maniobra que le dé buenas posibilidades de cobrarse a la presa”, comenta Lara Yorio.
Ernesto sigue contando sus resultados: “Ahora, el choque a velocidad alta sí tiene un riesgo importante de lesiones graves para los dos”.
En el trabajo reportan que en caso de que el T-rex impactara a 27 km/h, las probabilidades de sufrir un traumatismo letal serían de 37%, mientras que para el triceratops subirían a 51%.
El triceratops se defiende con sus cuernos de la colisión del T-rex. Ilustración de Ernesto Blanco y Lara Yorio.
“Si bien la probabilidad de daño que calculamos es un poquito más alta para el triceratops que para el tiranosaurio, algo que se explica básicamente por la diferencia de masa, también estimamos que las estructuras anatómicas que van a absorber ese impacto son más resistentes en el caso del triceratops, que lo recibiría con las costillas, ya que el choque que ellos planteaban era de costado”, comenta Ernesto. “En cambio, el tiranosaurio golpearía con el esternón y el abdomen, unas estructuras mucho más riesgosas para lastimarse. Entonces, ¿por qué golpear con eso para simplemente tener la suerte de que el otro caiga y recién ahí intentar morder a la presa?”, agrega. “No es razonable que un depredador se exponga tanto a la hora de cazar, incluso en situaciones desesperadas. Especialmente teniendo otras armas”, agrega Lara.
“Pero, además, a esa velocidad, en el caso de que el triceratops redirija el cuerno, ahí se termina todo para el tiranosaurio”, dice Ernesto. Así que vamos a eso.
Poniéndose en lugar del débil y toreando al T-rex
Algo interesante que tiene esta respuesta es que le da agencia a la presa. El triceratops no es un bicho tonto e intrascendente frente al mediático tiranosaurio. Años de campaña asocian al T-rex con todos los “más”: el más grande carnicero, el más terrorífico, el depredador más grande, el más eficiente, el más feroz. En su trabajo, Ernesto, Lara y Daniel parten de que, en ese escenario de caza planteado, el triceratops algo haría. En esa interacción presa-depredador, lo que hace la presa también es importante.
“Ese es un punto central. Para ellos el triceratops es un bloque, y golpear un bloque desde arriba y tirarlo es fácil. Si tuviéramos un material inanimado con la misma densidad y tamaño que una vaca real, tal vez una persona con fuerza, agilidad, y que aplique una técnica adecuada pueda hacer eso del cow tipping, venir corriendo, empujar y tirarlo. Pero lograrlo con una vaca viva es algo completamente distinto. Y acá estamos hablando de un triceratops, que no solo al ver venir al depredador se va a mover, sino que además tiene cuernos”, señala Ernesto.
Tomando en cuenta que el triceratops, con sus imponentes cuernos, no se quedaría sin hacer nada ante un coloso de varias toneladas y 13 metros de largo que se le acerca, estimaron que en caso de que el animal orientara su cuerno con un leve movimiento de cabeza hacia el depredador que carga contra él, la probabilidad de traumatismo letal para el tiranosaurio sería de 99%. Incluso en el escenario en el que el T-rex viene un poco más lento, a esos 13 km/h, la probabilidad de un daño letal es elevada: 36%. “Como se vio en el caso del leopardo, los depredadores no toman riesgos tan grandes como este”, comenta Lara.
“Incluso para el leopardo, esa probabilidad de una lesión importante, del entorno de 1%, implica un riesgo muy alto. Si vas a cazar 100 veces, y en una te vas a matar, parece mucho para un animal que a lo largo de su vida va a cazar unas cuantas veces. Por eso para el leopardo tampoco esa es su forma preferida de cazar, debería ser en una situación de escasez de alimento, o si el leopardo evalúa que las condiciones son las ideales, o alguna circunstancia que amerite jugársela así”, señala Ernesto.
Pero además del cuerno, el triceratops tiene otras ventajas. “Si un depredador va muy rápido corriendo contra una presa que está quieta, la presa en ese caso tiene casi la misma probabilidad de ir hacia cualquier dirección del espacio con la misma facilidad”, sostiene Ernesto.
“Es cierto que es más difícil moverse para el costado que para adelante o que para atrás, o que para atrás puede ser más difícil que para adelante, pero más o menos, salvo pequeñas asimetrías, el que está quieto puede arrancar hacia cualquier dirección. Pero el que viene corriendo, y más si lo hace a una velocidad alta, va a poder hacer solo pequeños desvíos en la dirección en la que viene. La presa en esa situación puede acceder rápidamente a lugares del espacio a los que el depredador no puede llegar”, amplía.
“Si la persecución se transforma en eso, en una situación coyote contra el correcaminos, nunca el depredador va a poder agarrar a la presa. Hay trabajos interesantes, por ejemplo, sobre el guepardo, que ven que primero arranca a una velocidad máxima para hacer el acercamiento inicial, pero ya cuando está cerca trata de que su velocidad sea muy parecida a la de la presa, un poco mayor, pero no mucho. Porque si es mucho mayor, la presa tiene más facilidad de desviarse a distancias importantes, quedan zonas del espacio a las que la presa puede acceder, pero el depredador no, y eso es lo que habilita el esquive”, sostiene Ernesto.
Al leer el trabajo o escuchar a Ernesto se nos puede venir a la cabeza una corrida de toros. El pobre animal, torturado y lastimado, sale corriendo disparado hacia el humano que lo desafía. La bestia de más de media tonelada se aproxima al torero, que no pasa los 100 kilos, pero que espera al animal sin casi pestañear. A último momento, cuando la colisión parece inevitable, el torero da un pequeño paso al costado, arquea su cuerpo, y el toro le pasa zumbando a escasos centímetros.
Ernesto, para quitar la diferencia de tamaños del medio, pone otro ejemplo. “Imaginate que Usain Bolt te arremete y vos lo toreás. No te va a costar mucho. Si Usain viene a su máxima velocidad, es poco lo que puede hacer ante tu finta y seguramente va a pasar de largo. Eso muestra que el depredador tiene que tomar en cuenta a la presa para evitar eso. Una forma de hacerlo es ajustando su velocidad, que sea un poquito mayor, pero no mucho, para evitar el esquive. Eso es algo que también argumentamos en el trabajo. Desde ese punto de vista teórico general de lo que es una persecución, en la cual hay dos velocidades y hay uno que está tratando de alcanzar al otro, este es un ejemplo muy extremo que no es claramente favorable al depredador. Parecería que sí, presa quieta, depredador a velocidad, pero basta con que la presa lo perciba a una distancia razonable y lo va a torear, lo va a esquivar, o peor aún, lo va a esperar con su cuerno”, redondea.
¿Más trabajos sobre T-rex?
Este es el tercer artículo en menos de cinco años que Ernesto publica sobre cómo podrían haber cazado –o no– los tiranosaurios en ciertos contextos. ¿Se cierra aquí una trilogía de T-rex o habrá más?
“Tengo algunas cosas pensadas sobre los tiranosaurios, pero que, como esta, implican antes publicar otras sobre otros grupos de dinosaurios, así que puede que haya algo sobre tiranosaurios. Pero sería en otras líneas; esta parte de cómo cazaban, o de biomecánica de su locomoción, por ahora termina por acá”, sostiene Ernesto.
“Fuera de eso, creo que esta metodología tiene mucho potencial para aplicarla a muchas otras situaciones para evaluar probabilidades de riesgo en impactos. Puede haber otro tipo de depredadores, otro tipo de interacciones que impliquen impactos, choques, en otros dinosaurios y en otros animales extinguidos, para los que esta metodología puede servir”, agrega.
“Pensar en el tiranosaurio siempre es divertido. Pero, además, siempre que uno piensa en el tiranosaurio, en realidad está pensando en terópodos grandes en general. Tanto en ese caso, como en el trabajo del agua y en el del camuflaje sísmico, hablo del tiranosaurio porque es marketinero, pero en ningún momento se está hablando necesariamente del tiranosaurio. Todo el argumento físico en general aplica a los grandes dinosaurios terópodos”, confiesa Ernesto.
Artículo: A biomechanical model assessing the injury risk of Tyrannosaurus rex in a predator-prey collision with Triceratops
Publicación: Biological Communications (marzo de 2026)
Autores: Ernesto Blanco, Daniel Luzardo y Lara Yorio.
Artículo: A biomechanical model to assess the injury risk of leopards (Panthera pardus) hunting by free falling from trees
Publicación: Biological Communications (abril de 2021)
Autores: Ernesto Blanco y Daniel Luzardo.
De un animal actual a uno que se extinguió hace 66 millones de años
Le pregunto a Daniel qué se siente al pasar de un modelo obtenido a partir de un ejemplo de animal actual a aplicarlo a animales extintos hace millones de años.
“Por un lado, duda e incertidumbre. En lo personal, se siente más cómodo trabajar con cosas más concretas, que no tengan mucho espacio a grandes extrapolaciones, pero la biología, y quizá más la paleontología, ya que ni siquiera podés observar los animales directamente, te dejan una serie de situaciones más abiertas en comparación a cuando uno demuestra un teorema matemático o aplica una fórmula de física conocida para resolver un problema”, reflexiona Daniel.
“Uno se cuestiona, con argumentos tanto a favor como en contra, el porqué un animal se va a comportar de forma similar a otro extinto hace tantos millones de años, o por qué un modelo físico se puede adaptar a distintos casos y aun así puede mantener cierto rango de validez”, confiesa. “Pero uno tiene que pensar que trabaja con situaciones complejas, donde generalmente te centrás en variables que resultan razonables, y que determinan a grosso modo el problema de interés, lo que te puede permitir mostrar, apoyar o sugerir escenarios posibles y descartar otros con un buen grado de confianza, pero no tanto en tono de conclusión”, remarca.
“Por otro lado, hay un tema maravilloso de imaginación”, reconoce. “La física brinda herramientas para trabajar que te ofrecen un lugar metodológicamente seguro, exacto, por decirlo de algún modo, pero creo que todo parte o nace con la imaginación. En estos trabajos uno visualiza mucho y opera sobre situaciones a las que hemos estado expuestos en lo cotidiano, por lo que creo que este simulador viene dotado de cierta sabiduría intrínseca que hay que intentar liberar y escuchar, una intuición válida y dotada de sentido común, que suele ser un filtro que funciona muy bien”, puntualiza.
“Luego, cuando aplicás las leyes o sustituís valores en un modelo, muchas veces esa física acompaña tus pensamientos y, de alguna forma, los valida o legitima. Otras veces eso no pasa, pero es quizá más divertido, porque te hace emprender ese mismo viaje de nuevo y en cada iteración posiblemente vayas hacia otra dirección”, redondea.