Siendo niño, hecho que ocurrió hace mucho tiempo, me encontraba merendando cuando mi madre me preguntó de dónde venía la leche. “De la botella”, respondí.
En aquel entonces la leche no se comercializaba en bolsas de plástico ni en tetrabriks, sino en unos envases de vidrio, de color verdoso. Todavía pueden verse decorando algunos bares y salas de estar con estilo vintage. Mi respuesta fue, considerando la evidencia que disponía, razonable. También lo fue que mis padres decidieran, luego de aquel intercambio, llevarme junto con mis hermanos a conocer otros mundos. Por ejemplo, uno donde hay césped en lugar de cemento y vacas en lugar de automóviles.
La anécdota viene a cuento de uno de los mayores enigmas de la ciencia: ¿de dónde viene la conciencia?
Desde siempre la ciencia se ha enfrentado a enigmas. Ellos han impulsado los mayores avances en el conocimiento. Pero los hay de distinto orden.
Tenemos, en primer lugar, anomalías o rarezas que, una vez resueltas, simplemente aumentan la comprensión de algún aspecto del mundo, sin afectar la imagen general que de él teníamos. El carbono, por ejemplo, puede existir como grafito o como diamante. Los mismos átomos muestran propiedades radicalmente distintas según cómo se organizan. El polimorfismo, como se llama a este fenómeno, resultó ser una rareza fascinante, pero su explicación no sacudió los cimientos de ninguna teoría.
Hay un segundo orden de enigmas: aquellos que, al resolverse, no agregan un ladrillo al edificio teórico vigente, sino que lo derrumban. La mecánica newtoniana explicaba con enorme precisión el movimiento de los planetas, pero arrastraba una pequeña anomalía que no conseguía resolver, un mínimo desajuste en la órbita de Mercurio. Cuando Einstein resolvió ese diminuto residuo con su relatividad general, no estaba agregando un hallazgo a la colección newtoniana: estaba reemplazando la concepción del espacio, el tiempo y la gravedad que había dominado la física durante dos siglos.
Existe un tercer orden de enigmas, cualitativamente distinto de los anteriores: aquellos que no se refieren a un fenómeno particular dentro de una disciplina, sino a su propio objeto de estudio. En este último orden se ubican muchas preguntas acerca de la conciencia.
Hipótesis en disputa
No hemos encontrado el modo de acceder a la experiencia subjetiva de los demás, y es posible que nunca lo hagamos. Si le pregunto a una persona de qué color es un objeto y me responde que es rojo, no tengo forma de saber si lo que experimenta internamente al verlo es lo mismo que experimento yo. Quizás su experiencia interior sea distinta a la mía, pero como desde siempre le enseñaron que “eso” es rojo, lo llama por ese nombre. Detrás de esta incertidumbre se ubica una más fundamental: aunque conocemos con cada vez mayor precisión los procesos que van desde los fotones que golpean la retina hasta la activación de regiones específicas de la corteza visual, no entendemos cómo lo que sucede en esa masa húmeda y oscura dentro de nuestro cráneo conduce a la sensación de rojez. ¿Cómo se origina esa sensación? ¿Y la de todas nuestras experiencias subjetivas, incluida la de ser alguien, la de ser yo?
La posición predominante en neurociencia es que la conciencia depende del cerebro y que su explicación debe buscarse en procesos neurales. No conocemos aún los mecanismos que conducen de eventos electroquímicos a experiencias subjetivas, pero se asume que su origen debe explicarse en ese marco.
Una hipótesis alternativa ha sido propuesta desde la filosofía y más recientemente desde algunos sectores de la física. Sus defensores son pocos, pero el grado de plausibilidad de una hipótesis no se mide por la cantidad de sus adeptos, sino por su adecuación a la evidencia.
Un momento clave en el desarrollo de esta segunda hipótesis fue una conferencia que William James pronunció en Harvard en 1897 y publicó un año más tarde. James señaló que cuando el fisiólogo afirma que “el pensamiento es una función del cerebro”, asume sin más que se trata de una función productiva, del mismo tipo que la que ejerce una tetera al producir vapor o un circuito eléctrico al producir luz. Pero en la naturaleza física, argumentó, existen al menos otros dos tipos de función: la función liberadora o permisiva, y la función transmisiva. Para ilustrar esta última recurrió al órgano de tubos: sus teclas no producen el aire, sino que lo dejan escapar en formas determinadas; el aire existe antes y fuera del instrumento. “Mi tesis es ahora esta —concluyó James— que cuando pensamos en la ley que dice que el pensamiento es una función del cerebro, no estamos obligados a pensar solo en función productiva; también tenemos derecho a considerar la función permisiva o transmisiva”.
La idea suena bastante alocada. Espero que el siguiente relato nos permita considerarla con benevolencia lógica.
Ondas
Supongamos a una persona que nunca ha visto un aparato de los que transmiten ondas electromagnéticas. No conoce la televisión, ni la radio, ni las computadoras o teléfonos que se conectan a internet. Ponemos frente a ella una radio, la encendemos y comienza a sonar música. “¿De dónde crees que viene la música?” —le preguntamos. Apuesto a que, luego de salir del asombro, dirá que de esa “cosa”. En este punto le sugerimos que su respuesta es incorrecta, que la música proviene de otro lado, y lo alentamos a investigar por sí mismo hasta encontrar la respuesta correcta.
Nuestro personaje seguramente comience a manipular la radio. Mueve una perilla, el dial, y la música se distorsiona hasta casi desaparecer. Mueve otra, el control de volumen, y la música aumenta y disminuye. Prueba con otras tantas cosas. En un momento, por ejemplo, tira del hilo negro que parece pegado a la pared… y la música deja de sonar. Rápidamente vuelve a colocar el cable en el sitio en que estaba, y la música vuelve.
—He investigado, como me has propuesto —dice— y toda la evidencia que he obtenido me confirma en la hipótesis de que la música se produce en esa cosa que tú llamas radio.
—No, la música llega a la radio en ondas que se transmiten desde una antena ubicada muy lejos de aquí —le digo.
Nuestro personaje, devenido investigador, toma entonces la radio y la lleva a una habitación sin ventanas: solo paredes interrumpidas por una puerta de madera maciza. Enchufa la radio y dice:
—¡Mira! Aquí tienes a tu radio, a salvo de tus fantasiosas ondas, o como quieras llamarlas. Vaya imaginación que tienes: pensar que la música puede viajar en silencio por el aire hasta llegar a esta cosa.
—Lo que sucede —le explico— es que las ondas de radio atraviesan las paredes. — ¡Por Dios! ¿A qué secta perteneces? —Bueno —lo interrumpo—, “atraviesan” es una forma de decir. En realidad, las ondas simplemente siguen su camino, porque las paredes son casi todo vacío. — ¡Música silenciosa viajando por el aire, paredes vacías! —responde mientras golpea con fuerza la pared. —Nada de eso —continúo, intentando mantener la calma—. Te mostraré cómo es cierto lo que digo. Esto se llama antena. Por aquí se reciben las ondas de radio. Si quito la antena… —¡No! ¡Qué has hecho! ¡Dañaste la radio! Ahora no puede producir más música.
En términos lógicos nos encontramos, respecto a la conciencia, en el mismo escenario que el de la persona de la ficción. James lo formuló con precisión: hasta ahora lo que hemos hecho es establecer correlaciones entre estados cerebrales y estados conscientes, y “todo hablar de producción o transmisión como el modo en que esto ocurre es pura hipótesis añadida, y encima metafísica, pues no podemos formarnos ninguna noción de los detalles de ninguna de las dos alternativas”. Siendo así, concluye: “La teoría de la producción no es ni un ápice más simple o creíble en sí misma que cualquier otra teoría concebible. Solo es un poco más popular. Todo lo que necesita hacer quien sostenga la hipótesis contraria, si el materialista ordinario le desafía a explicar cómo el cerebro puede ser un órgano que limita y determina hacia cierta forma una conciencia producida en otra parte, es responderle con un tu quoque —tú también—, pidiéndole a su vez que explique cómo puede ser un órgano para producir conciencia de la nada. Para fines de polémica, las teorías están exactamente a la par”.1
Han transcurrido más de 120 años desde aquella conferencia, y no hemos conseguido avanzar en la resolución de este enigma. No me interesa argumentar aquí en favor de una u otra hipótesis, sino repasar algunos problemas en nuestra forma de razonar que se presentan en este caso con singular claridad. Consideremos tres.
Correlación no es causación
Buena parte de la evidencia neurocientífica decisiva sobre la conciencia muestra dependencia sistemática entre estados cerebrales y estados conscientes. Parte de esa evidencia supone intervenciones: lesiones, estimulación o anestesia alteran la experiencia de manera reproducible. Pero ni la correlación ni la intervención bastan, por sí solas, para decidir si el cerebro produce, constituye, habilita o modula/transmite la conciencia. Como vimos con el ejemplo de la radio, tanto la hipótesis productiva como la transmisiva predicen exactamente los mismos correlatos: si el cerebro produce la conciencia, dañarlo la altera; si el cerebro la transmite, dañarlo también la altera.
Seguir acumulando correlaciones, por sofisticadas que sean, puede producir conocimiento valioso para desarrollar fármacos, diseñar interfaces cerebro-máquina o tratar enfermedades mentales. Pero, por sí solo, eso no parece bastar para responder a la pregunta sobre el origen de la conciencia.2
Maxwell
Para que la simetría lógica entre las dos hipótesis pudiera romperse, haría falta algo equivalente a lo que fueron las ecuaciones de Maxwell antes de que Hertz detectara las ondas electromagnéticas: una teoría suficientemente precisa sobre la naturaleza de la conciencia no local que permitiera derivar predicciones específicas y diseñar experimentos capaces de discriminar entre ambas hipótesis.
Las ecuaciones de Maxwell permitieron derivar la existencia de ondas electromagnéticas y prepararon el terreno teórico para que Hertz intentara producirlas y detectarlas experimentalmente. Una vez confirmada la teoría, fue posible construir tecnología que manipulara el fenómeno en su origen. Fue Guglielmo Marconi quien tomó el trabajo de Hertz y lo convirtió en tecnología de comunicación a distancia: primero la telegrafía sin hilos, después las estaciones de radio y, a partir de ahí, todo lo que vino en el mundo de la radiodifusión. Cada programa de radio que alguna vez salió al aire fue una confirmación adicional de la teoría. Y es esa tecnología la que resolvería definitivamente la disputa con nuestro personaje de la radio: bastaría con llevarlo a la estación emisora y mostrarle de dónde sale la música, y luego a la antena de transmisión para que vea cómo al apagarla la radio enmudece. Del mismo modo, si mis padres pudieron llevarme al campo a ver de dónde venía la leche, fue porque existía toda una cadena tecnológica —el ordeñe, la pasteurización, el envasado, el reparto— que hacía visible y manipulable el origen del fenómeno. Estos actos de señalamiento directo son los que, en última instancia, zanjan las disputas.
En el caso de la conciencia no tenemos nada de eso. Del lado de los defensores de la hipótesis transmisiva hay un conjunto de testimonios, relatos de experiencias presuntamente extrasensoriales, de clarividencia, de percepciones que ocurrirían sin mediación sensorial. Son relevantes porque cuestionan un supuesto fundamental de la hipótesis productiva: que la conciencia se produce a partir de la información que llega a través de los sentidos. Pero testimonios, por numerosos que sean, no constituyen una teoría. Y sin una teoría no hay experimento, sin experimento no hay tecnología, y sin tecnología no hay modo de llevar a nadie a ver de dónde viene la conciencia.
No sabemos si alguna vez surgirá un Maxwell para la hipótesis transmisiva. Puede que no surja porque la hipótesis es falsa. O puede que no surja por razones que tienen menos que ver con la lógica que con la sociología.
La ciencia como artefacto colectivo
Ian Hacking sostenía que la ciencia es un artefacto humano, un artefacto colectivo. Charles Sanders Peirce afirmó que la lógica se funda en el principio social. Ambos señalaban algo que conviene no perder de vista: la ciencia no es solo un andamiaje lógico-empírico, es una institución, con sus jerarquías, sus consensos, sus mecanismos de inclusión y exclusión. Y esos mecanismos tienen consecuencias lógicas.
La marginalidad académica de la hipótesis transmisiva tiene una dimensión sociológica: qué preguntas se financian, qué revistas son receptivas, qué amenazas a la reputación están dispuestos a asumir los investigadores.
En ese contexto, la ausencia de un Maxwell para la hipótesis transmisiva no es necesariamente una señal de que sea falsa. Puede ser simplemente una consecuencia de que nadie con los recursos y el respaldo institucional necesarios se ha dedicado seriamente a construirlo. La historia de la ciencia ofrece ejemplos de lo costoso que puede ser disentir del consenso.3
Es cierto que el método científico anima a sus integrantes a identificar errores y corregirlos, aunque eso suponga echar por tierra creencias arraigadas. Pero también lo es que como humanos nos disgusta poner en duda nuestras creencias. Nos aferramos a ellas y despreciamos lo que no pertenezca al espacio seguro que nos hemos construido.
Nada de esto prueba que la hipótesis transmisiva sea correcta. Pero sí sugiere que descartarla por decreto, sin haber resuelto el problema lógico de fondo, es exactamente el tipo de error que la ciencia, en su mejor versión, está llamada a evitar.
Entretanto
Mientras el enigma persiste, la neurociencia puede seguir avanzando. Ya ha sucedido con otras disciplinas. La astrofísica acumuló durante décadas un conocimiento extraordinario sobre la estructura, composición y evolución del universo sin disponer de una teoría consensuada sobre su origen. La teoría del Big Bang, mote que burlonamente le puso el físico Fred Hoyle a la hipótesis de Georges Lemaître, vino a cubrir parcialmente ese vacío. Pero es una teoría provisional e incompleta: si fuera correcta, nos quedaría por responder de dónde vino esa singularidad inicial, qué había antes, qué significa “antes” cuando el tiempo mismo habría surgido en ese instante. Y sin embargo la astrofísica sigue avanzando.
Algo similar ocurre en biología. Si le preguntas a un biólogo con inquietudes filosóficas cómo surgió la vida, o incluso cómo se inicia en cada nueva ocasión, es probable que te responda que no lo sabe. Se conocen con asombroso detalle las secuencias de transformaciones bioquímicas que conducen de moléculas de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno a esa persona que está leyendo en este momento. Pero cómo de la química surge algo que se reproduce, que se adapta, que muere, parece tan misterioso como el problema de la conciencia. Y sin embargo la biología sigue avanzando.
¿Estamos entonces frente a uno de tantos enigmas de la ciencia, que el tiempo y el ingenio humano terminarán resolviendo? ¿O se trata un límite estructural, inherente a una forma de conocimiento construida para estudiar fenómenos externos, aplicada a algo que, por su naturaleza, solo existe dentro? Algunos pensadores muy serios sostienen que se trata de lo segundo. El filósofo australiano David Chalmers, por ejemplo, sostuvo que explicar por qué ciertos procesos físicos van acompañados de experiencia subjetiva es un problema de naturaleza distinta a los demás, que no puede resolverse con los métodos con que la ciencia explica el resto de los fenómenos. Lo llamó el problema difícil de la conciencia. Pero quizás pueda resolverse. Lo importante es que la pregunta misma, el hecho de que podamos formularla con precisión y reconocer honestamente que no tenemos respuesta, es ya un resultado: mantiene abierto el camino de la investigación.
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En favor de la hipótesis productiva puede recurrirse a Ockham, al principio de parsimonia: a igualdad de adecuación empírica, es preferible la hipótesis que no postula entidades adicionales. Y la productiva no las postula, mientras que la transmisiva supone una fuente externa de conciencia. Quizás sea este uno de los argumentos más fuertes en favor de la hipótesis productiva. Pero es solo un argumento formal, y la historia de la ciencia invita a la cautela. Negar la existencia de los átomos, por considerarlos entidades inobservables que era preferible no postular, resultaba más parsimonioso en tiempos de Boltzmann. Y sin embargo los átomos existen. También resultaba (con la evidencia disponible) más parsimoniosa mi hipótesis acerca de la función productiva de la botella de leche, que alguna otra que postulara la existencia de vacas. Pero las vacas también existen. ↩
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Se trata de un viejo problema, que como dijimos se muestra con singular claridad en este caso, y que tiene una enorme vigencia en la actualidad, cuando las herramientas de data mining y machine learning parecen dominar el espacio de producción de conocimiento, limitando (con gran sofisticación, es cierto) el saber al mundo de las asociaciones. Pero este es tema para otro artículo. ↩
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Ludwig Boltzmann dedicó buena parte de su vida a defender la realidad física de los átomos, en una época en que una corriente influyente de físicos y químicos, encabezada por Ernst Mach y Wilhelm Ostwald, los consideraba a lo sumo un instrumento de cálculo útil, no entidades realmente existentes. El cuestionamiento fue sistemático y, en ocasiones, brutal. Boltzmann se suicidó en 1906, víctima de la depresión que lo había acompañado durante años, sin haber tenido noticia de que Einstein acababa de publicar, en su annus mirabilis de 1905, un artículo sobre el movimiento browniano que constituía una de las pruebas decisivas de la realidad física de los átomos. ↩