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Amnerys Bosco Foto: s/d autor

Amnerys Bosco, una poeta desconocida de Carmelo

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Esta escritora figura con su nombre en una calle de Carmelo, pero su presencia, como la de tantos personajes del nomenclátor, es fantasmal.

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En el departamento de Colonia no existe una tradición literaria. Apenas hay fragmentarios intentos de crítica y esbozos de historia literaria. Por lo tanto, el posible renombre de ciertos autores obedece en la mayoría de los casos a factores de índole localista, muy lejos, por supuesto, de todo recaudo estético o literario. Esto hace que siempre se esté recomenzando, siempre emprendiendo de nuevo una tarea de arqueología literaria.

La poeta Amnerys Bosco Gaibisso figura con su nombre en una calle de Carmelo, pero su presencia, como la de tantos personajes del nomenclátor, es fantasmal. ¿Cuál es el papel que ocupa en la literatura departamental y nacional? ¿Cuál es su sobrevivencia literaria, más allá del homenaje póstumo y triste del nomenclátor? Estas dudas motivan este artículo. Su trayectoria, sin duda, es menor que las de otras voces femeninas marginales, como María Adela Bonavita, Clara Silva, Concepción Silva Bélinzon y Orfila Bardesio, por citar algunas, pero no deja de presentar ciertas cotas de calidad innegable.

Amnerys Bosco (1914-1979), si bien nació en Carmelo, pasó su infancia y juventud en Buenos Aires. Ya de adulta ejerció el profesorado de Filosofía y de Literatura, un tiempo en Carmelo y sobre todo en Montevideo, donde vivió hasta su fallecimiento. La poeta editó algunos de sus libros, como Comarca del rocío (segunda edición, 1954) y El mágico arador (1955), por el sello Cuadernos Julio Herrera y Reissig, que dirigía el poeta Juvenal Ortiz Saralegui. Esta editorial, según el estudio de Alejandra Torres Torres, funcionó de 1948 a 1970, en una primera época coordinada por Ortiz Saralegui y en una segunda por Arsinoe Moratorio. En su catálogo se encuentran piezas de Julio J Casal, Vicente Basso Maglio, Humberto Zarrilli y el propio Ortiz Saralegui, entre otros. Por sus perfiles estéticos, tributarios de las generaciones del 20 y del Centenario, la inclusión de Amnerys Bosco no desentona.

En su poética pueden apreciarse dos males denunciados por la Generación del 45 y por escritores como Idea Vilariño y Sarandy Cabrera: el excesivo culto al soneto y el gacelismo. Se le llamó gacelismo al uso y abuso de ciertas imágenes florales y animales, como la gacela, en busca de “embellecer” el poema. Esta estrategia, que dio buenos rindes en poéticas como la de Bardesio (y en los inicios de Amanda Berenguer), en otros casos derivó en lo cursi y el mal gusto. En el caso de Bosco, por su parquedad, humildad expresiva o cortedad de miras, el gacelismo no llegó a causar estragos, quedando más como testimonio de época.

En Comarca del rocío y El mágico arador, la poeta presenta un tono bucólico y amoroso, sobre todo íntimo y subjetivo. Las metáforas, si bien responden al repertorio de la generación del 20 y el Centenario (esas imágenes y metáforas que alcanzaron su punto más alto en la lírica de Sara de Ibáñez), no dejan de resultar efectivas. Por ejemplo, en el poema “Si tú no estás en mí”, que abre Comarca del rocío, se dice: “Si tú no estás en mí; si no te encuentro, / perdido ruiseñor, lirio extraviado / en cuyas soledades me concentro”. Este tono íntimo y doliente será característico de toda su poesía, en la que la apelación al gacelismo puede entenderse como una estrategia para suavizar o difuminar la emoción: “Callada está la sombra mendicante / para el olvido aquel, de ojos voraces / y pecho de gacela agonizante” (“Simiente celeste”, Comarca del rocío).

Mientras que Comarca del rocío está marcado por formas breves y priman el soneto y la composición estrófica en tercetos, El mágico arador apuesta por poemas más extensos, estructurados a base de liras y cuartetos (aunque en varios vuelve a apelar al terceto). Este último, asimismo, presenta mayores logros expresivos. Poemas como “Un recental te nombra” (“Yo conocía el ciclo de la espina / y el desolado tránsito de otoño; / la soledad impávida del árbol / y el diapasón cromático del viento”) o “Y tu voz, y mis pájaros, por este día!...” (“El silencio! el silencio! Y tu voz, y los pájaros / en este laberinto por el que no me encuentro. / El silencio y el árbol para tentar laúdes / y tu voz, los pájaros, por este día muerto!”) ofrecen una intensidad lírica que supera la retórica y la imagen trillada.

Su poética, se puede señalar finalmente, vive en esta tensión entre el lirismo y la retórica. El poema final de El mágico arador, da la tónica: “Me veo entre tu sombra y mi distancia, / pequeño corazón que te reclama / celeste camafeo de la infancia… / Del mágico arador, la sabia rama / enciende corolarios de alhucema / y apura mariposas en tu llama”. En estos tercetos, ¿cuánto es creación de lenguaje y cuánto imaginería al uso?; ¿cuánto intento de voz poética original y cuánto recetario gacelístico? Es difícil saberlo; la línea aparece demasiado brumosa y delgada. Quizás nuevas relecturas de esta poeta, fuera del móvil celebratorio localista, ayuden a despejar estas dudas.

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