Hacer un recuento de algunas de las grandes mentiras y de los fraudes más sonados cometidos por una de las empresas más poderosas del mundo, a dos décadas de su creación, cuando muchos de esos escándalos ya han sido expuestos en los medios, no parecería la ruta más segura o evidente para hacer de un libro un éxito editorial. Y sin embargo, Careless People: A Cautionary Tale of Power, Greed, and Lost Idealism (traducido por la editorial Planeta como Los irresponsables) no sólo debutó en los primeros puesto de la lista de los libros más vendidos en la categoría de no ficción de The New York Times, sino que además es uno de los más vendidos en Amazon en 2025. O sea, todo un bestseller.
Y es que una de las cosas que hacen que un libro como Careless People sea relevante, pese a que su autora, Sarah Wynn-Williams, relata algunas tramas sobre la empresa que trascendieron con anterioridad, es que nos habla con la perspectiva única que brinda una mirada desde adentro sobre lo que estamos viviendo hoy: un tecnofeudalismo liderado, literalmente, por niños-hombres privilegiados, narcisistas, cobardes y profundamente irresponsables, que sólo piensan en hacer crecer su negocio sin importar a quién afecta (personas, países, el medioambiente), y cuyos productos moldean nuestra realidad.
Si la desconfianza y la aprensión hacia las empresas de la llamada Big Tech está llegando a un punto cúlmine, en parte por todos los impactos negativos de estas tecnologías en la sociedad, realmente no extraña que este sea uno de los libros más comentados del año pasado. Sin embargo, poco y nada sabemos por boca de la autora misma, ya que Wynn-Williams tiene una demanda emitida por Meta que le prohíbe hablar de la empresa o promocionar el libro. Concedió sólo una entrevista a Business Insider meses antes de la publicación del libro, que se mantuvo en secreto hasta su salida. No ha vuelto a hablar desde que testificó ante el Congreso de Estados Unidos, porque enfrenta multas millonarias. “Más allá de la orden judicial, el desastroso espectáculo de relaciones públicas y la formidable capacidad narrativa de Wynn-Williams, el libro resulta urgente, incluso necesario en este momento. Hojear el libro deja claro que incluso la historia reciente rima con el presente. Incluso las anécdotas más personales de Wynn-Williams hablan del poder y la autoridad que los ejecutivos tecnológicos, sus plataformas y sus enormes fortunas ejercen sobre tantas personas”, resume Charlie Warzel, reconocido periodista de tecnología de The Atlantic. Y tiene toda la razón, sobre todo si observamos la forma en que figuras del sector han buscado congraciarse con Donald Trump en el último tiempo, acercando peligrosamente los mundos de la innovación y la política, en particular en un momento en que muchos de estos gigantes tecnológicos deberían estar más controlados por la ley y los estados. Meta enfrenta en la actualidad numerosas demandas sobre temas tan variados como el posible uso indebido de datos privados de sus usuarios y por engañar al público sobre los peligros para la salud mental de jóvenes y niños, entre otros.
Idealismo que se vuelve terror
Lo interesante de Wynn-Williams –quien cumple un doble rol, como relatora e informante, y que ha presentado una denuncia ante la Comisión de Bolsa y Valores, sumándose a la lista de delatores o whistleblowers sobre Facebook que incluyen a Arturo Bejar, Sophie Zhang y otros– es que su historia es en sí muy interesante, a lo que se suma que su prosa, con mucho sentido del humor y plagada de anécdotas, permite captar muy bien la vibra interna de la compañía de la que la protagonista fue parte por siete años.
Wynn-Williams, nacida y criada en Nueva Zelanda, es una abogada con especialización en política internacional que desde muy temprano se dedicó a trabajar en diplomacia –e incluso en las Naciones Unidas– y llegó a ser directora de políticas públicas globales de Meta, un cargo que no existía y fue creado para ella. En este puesto clave se dedicó a articular las relaciones de la tecnológica con líderes mundiales y diplomáticos cuando no se sabía de la importancia geopolítica que la empresa tendría. Así, en la primera parte del libro se nos cuenta cómo una joven e idealista Sarah se obsesiona con la idea de trabajar en Facebook, al darse cuenta antes que nadie del potencial de la empresa, y persigue por más de un año a altos ejecutivos y exempleados para convencerlos de la necesidad de un departamento de relaciones internacionales, de conocimiento al respecto y de un posicionamiento en asuntos por fuera de Estados Unidos que iban a impactar tanto en la vida de las personas como en el negocio.
Todo el retrato que pinta de ella misma, “una kiwi” persistente y sobre todo resiliente, se refuerza con la descripción de algunas de las ocasiones en las que estuvo al borde de la muerte. Por ejemplo, el ataque de un tiburón cuando tenía 13 años –que inspiró la tapa del libro–, pero también las intrincadas y peligrosas misiones a las que fue enviada sin importar demasiado el riesgo que corría su vida: la mandaron a Myanmar en medio de un bloqueo nacional de Facebook ordenado por la junta militar y cree que estuvo a punto de ser secuestrada y encarcelada; y la hicieron volar al epicentro de la epidemia de zika en Brasil estando embarazada. Desde el inicio se nos hace notar que aun para esta mujer dura el trato de la empresa ha sido totalmente desalmado.
Las historias son divertidas y horroríficas a la vez, mostrando una cultura organizacional desastrosa que imaginamos pero que es distinto oír desde tan cerca, y en la que el trabajo se pone por encima de todo (enfermedades, embarazos, accidentes, familias), en que se ofrecen incontables beneficios para los empleados (transporte, niñeras, gestión de visas), pero se trabaja hasta la madrugada y nadie parece poder descansar lo suficiente o tener vida personal, y donde hay reglas tácitas como no contradecir a los superiores –especialmente a Mark Zuckerberg–, mucho menos desafiar ideas o alertar sobre problemas graves, pese a la pantomima de promover la libertad de expresión dentro y fuera de Meta. De hecho, la autora cuenta cómo las pautas de moderación de contenidos que llevaron años de trabajo y debate interno, se van desdibujando paulatinamente y modificando para que el que termine decidiendo sobre las polémicas sea Zuckerberg (“En realidad, sólo es Mark”, escribe, “Facebook es una autocracia de uno solo”).
Sexismo y acoso, parte de la cultura de Meta
Wynn-Williams se explaya con lujo de detalles sobre el sexismo y los abusos misóginos en lo que hoy sabemos a todas luces que es un “club de varones” –no sólo dieron de baja las políticas DEI (diversidad, equidad e inclusión), sino que Zuckerberg ha dicho públicamente que quiere más “energía masculina” en su empresa–, empezando por la idea de que en Facebook las expectativas son “que la maternidad sea invisible” y que cuanto más capaz sos o más alto escalás en la empresa, más invisible aún debe ser. Wynn-Williams también revela la existencia de un grupo secreto, llamado Facebook Feminist Fight Club, en el que las empleadas compartían sus frustraciones a espaldas de sus jefes, ya que no había ni protocolos de contención ni espacios de escucha reales, apenas un pacto de silencio que protegía a los varones.
Sheryl Sandberg, exdirectora de operaciones de Meta, queda especialmente mal parada, ya que la famosa doctrina que inspiró su libro Lean In fue luego muy criticada por ser considerada una postura ahistórica y apolítica. Más que aparecer como una heroína feminista que luchaba por la inclusión en el ámbito laboral y su acceso a posiciones de poder, se muestra como una mujer caprichosa y tirana, enceguecida por sus privilegios y ambiciones, más preocupada por vender libros y figurar que por generar cambios reales dentro o fuera de la corporación. Lo que hoy conocemos como “feminismo performativo” o corporativo.
Según su exempleada, Sandberg declaraba constantemente que las mujeres debían participar para obtener un trato justo en el trabajo, mientras contaba con un ejército de empleadas domésticas filipinas y asistentes pasantes a las que hacía trabajar en la promoción de su libro. Este doble estándar es constante y se ve también en cómo, por un lado, se promovía el uso por parte de menores de tecnología que los propios popes tech no les permitían usar a sus hijos, o se abogaba por los derechos de las mujeres públicamente, pero se las hacía trabajar durante su licencia o incluso horas antes del parto (a Wynn-Williams le tienen que sacar la laptop entre su marido y el obstetra, en una muy divertida pero terrible escena). Otro punto destacado es cuando Wynn-Williams, que solía pasar mucho tiempo viajando con los altos ejecutivos, le cuenta entusiasmada sobre la multitudinaria marcha de mujeres en Washington durante la primera asunción de Trump (la mayor demostración pública de un día en la historia de Estados Unidos), y Sandberg cambia de tema, desinteresada. La autora tampoco escatima en demostrar su malestar cuando se comprueba que Facebook tuvo un rol relevante en el triunfo del republicano, inaugurando una nueva era de intervención (paga) en la política local y global.
A esto hay que sumarle las extrañas relaciones interpersonales que su jefa mantenía con asistentes más jóvenes, que recibían instrucciones tan bizarras como comprarle lencería o invitaciones a compartir cama con ella en el jet privado de la empresa. Algo a lo que Williams se negó y por lo que fue penalizada luego con un trato frío por parte de la CCO.
También figura el acoso sexual que sufre por parte del republicano Joel Kaplan (exnovio de Sandberg), quien fue ascendido a vicepresidente de Política Global después de la segunda elección de Trump, y absuelto de todos los cargos en una dudosa evaluación interna. Pero basta una viñeta para demostrar el sexismo y la crueldad hacia los empleados que se manejaba con total naturalidad: Kaplan, además de acosarla, le hace una evaluación de desempeño negativa cuando Wynn-Williams no responde a sus correos electrónicos ni mensajes de texto porque agonizaba tras sufrir una embolia producida por fluido amniótico durante su segundo parto.
Misión China, desastre en Birmania y adolescentes en peligro
Cualquier idealización sobre el potencial de Facebook como “la mayor herramienta política” queda prácticamente destruida al llegar a la mitad del libro, pero sobre todo al avanzar hacia el final, donde se describen quizás tres de los mayores fraudes de la plataforma: el fiasco del intento de conquista del mercado chino, el desorden en la moderación de discursos de odio en Birmania, y el infame “targeting emocional” que les hacía secretamente a los adolescentes.
Según el escritor y especialista en tecnología Cory Doctorow, la conquista del mercado estadounidense por parte de Facebook desencadenó un énfasis en los clientes extranjeros, pero no sólo porque Zuckerberg estuviera obsesionado con ganar a toda costa (al punto de que sus empleados lo dejaban ganar en los juegos de mesa), ya que una caída del crecimiento en Estados Unidos representaba un riesgo existencial: la posibilidad de ventas masivas de acciones, como sucedió en 2022, y la dificultad de adquirir a rivales corporativos clave. Así es que Facebook, rápidamente, pone la vista en el mundo, y el trabajo de Wynn-Williams, que insistía con que había que prestar atención a la situación política internacional, de repente empieza a tener más peso; pero una y otra vez sus superiores se muestran descuidados, ignorantes y sin ganas de aprender sobre otras culturas, cuando no totalmente en clave de desidia, como Zuckerberg, que no se prepara, ni lee los briefs, y arruina reuniones porque se niega a levantarse antes del mediodía o se olvida el pasaporte cuando tiene que viajar.
Sin embargo, cuando China aparece como el mercado más atractivo a conquistar, Zuckerberg empieza a interesarse por la política, o al menos eso parece, y hasta empieza a aprender mandarín y a leer el libro del mandatario Xi Jinping, al que en un encuentro internacional le pide de forma muy torpe que nombre a su próximo hijo. Xi lo rechaza.
Haciéndola corta: Facebook nunca entra a China, lo que no le impide a la plataforma hacer tratos ilegales y entregar herramientas que aquel Estado terminó usando para atacar a los movimientos independentistas, la libertad de prensa y los levantamientos disidentes en Hong Kong y Taiwán. Por su lado, en Birmania, luego de hacer un gran esfuerzo por instalar el servicio, la compañía hace un pésimo trabajo de moderación dedicando nulos recursos a controlar los discursos de odio contra la minoría musulmana rohinyá, que hoy sabemos que desembocaron en un genocidio. Wynn-Williams presencia esta y otras atrocidades cada vez con más impotencia, aunque no sin intentar intervenir desde su lugar, y entendiendo que sus días en la empresa están contados. Ante la deliberada inactividad en Myanmar, se narra, por ejemplo, la creación de grupos de emergencia privados en los que ella y sus colegas podían dar seguimiento a los fallos de la empresa y monitorear el aumento de la violencia.
La gota que rebalsó el vaso parece haber llegado cuando en 2017 se filtraron datos que revelaban que los representantes de ventas de Facebook prometían a los anunciantes la posibilidad de dirigirse a adolescentes que se sentían deprimidos e inútiles, una práctica rutinaria. Wynn-Williams documenta numerosos casos en los que los altos ejecutivos de Facebook mintieron a los tribunales, al Congreso, a la ONU, a la prensa, pero luego de años de advertencias y de insistir en cambios sustanciales en las prácticas y políticas de la empresa, se resigna a que la despidan.
Careless People es un cuento con moraleja para los tiempos que corren, pero también hacia los que vamos, en el umbral de otra revolución tecnológica a través de la IA a la que habría que prestarle atención. Es la historia de hasta dónde puede llegar la codicia y corromper la sed por el poder, sí, pero también un llamado a cómo el vacío ideológico y la falta de integridad de los tecnomagnates actuales se llena con ignorancia, caprichos y egos frágiles. Y ya sabemos qué pasa cuando esta clase de gente tiene que tomar decisiones estratégicas que afectan a todo el mundo, porque lo estamos viendo. Esas personas “irresponsables” que describe el libro, que no reparan en las consecuencias, por ahora vienen ganando en los gobiernos, en las empresas y en la sociedad.