Hay una escena que se repite cada marzo en varias familias: niños y adolescentes somnolientos, irritables y con pocas ganas de ir a clases. Es que, después de casi tres meses de vacaciones, retomar la rutina se vuelve cuesta arriba. Además, el calendario lectivo en Uruguay agrega una particularidad, y es que en pocas semanas llegará una nueva pausa con las vacaciones de Turismo.
¿Por qué se da esto? ¿Se trata simplemente de quejas o existe una explicación para esa sensación de agotamiento que muchos padres observan en sus hijos al terminar el verano? En parte, la respuesta tiene que ver con un proceso posvacacional de transición que la psicóloga Natalia Estrade describe como una etapa de “readaptación” que conviene atravesar de forma gradual.
“No es solo pereza por volver a la rutina; implica un duelo real por la pérdida de la libertad y tiempo libre. Aparece la ansiedad por lo desconocido (nueva maestra, nuevos profesores, posibles nuevos compañeros) y la frustración de perder el placer de seguir los deseos más propios”, explicó la magíster en psicología clínica. En esta etapa del año, avanzó la experta, los niños y adolescentes pasan del “tiempo subjetivo de las vacaciones –donde el reloj no manda– al tiempo institucional, que es el de la escuela y sus reglas”.
Pero el impacto no es solo emocional. También involucra los ritmos del cuerpo.
El reloj biológico versus los horarios de clases
Durante las vacaciones, los horarios de sueño suelen desordenarse. Sin la obligación de levantarse temprano, muchos niños –y especialmente los adolescentes– se duermen más tarde y también se despiertan más tarde.
La cronobióloga Bettina Tassino, investigadora de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, indicó que en ese período muchos adolescentes entran en lo que se conoce como “curso libre”. “Eso quiere decir que no tienen ninguna presión social que les marque el momento de acostarse y pueden ubicar el sueño en el momento en que deseen”, señaló.
El resultado es conocido para muchas familias: horarios de sueño más tardíos y, en muchos casos, más horas de descanso. Ese patrón suele mantenerse hasta el día previo al inicio de clases. El problema aparece cuando empieza el año lectivo. “En Uruguay tenemos horarios de ingreso bastante tempranos para los adolescentes. Muchos entran al liceo a las 8.00 o incluso a las 7.30”, apuntó la cronobióloga. Este contexto genera una tensión entre el reloj biológico y el horario institucional.
Desde el punto de vista biológico, la adolescencia es una etapa en la que el sueño tiende naturalmente a retrasarse. Cuando ese ritmo se enfrenta con la obligación de levantarse temprano para ir al liceo, se genera lo que la investigadora estadounidense Mary A Carskadon, citada por Tassino, llamó “tormenta perfecta”. “Los adolescentes no son capaces de dormirse temprano por razones biológicas, pero igual se tienen que levantar temprano. Entonces hay como un apriete de los dos lados”, agregó la cronobióloga, consultada por la diaria.
“Parte de lo que está pasando cuando empiezan las clases es que muchos adolescentes –y también muchos niños– están privados de sueño”, resumió la investigadora. Este déficit no es menor. El descanso es vital porque, como explicó Tassino, durante el sueño suceden procesos de “limpieza” del cerebro, donde se eliminan toxinas acumuladas durante el día. Cuando no se duerme lo suficiente, estos procesos no se completan correctamente, lo que después se manifiesta en somnolencia durante el día, irritabilidad y dificultades para concentrarse en las primeras semanas de clase.
Aunque con el paso del tiempo el organismo suele adaptarse parcialmente al nuevo horario, Tassino advierte que el problema no desaparece del todo. De todas formas, recomendó algunas estrategias que pueden llevarse adelante en estos días. Una de ellas es adelantar los horarios de la cena, algo que en Uruguay suele ser tardío.
La investigadora también recomendó reducir la exposición a pantallas durante la noche, ya que la luz intensa inhibe la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño. Además, recordó que las pantallas implican una estimulación constante del cerebro a través de mensajes, videos, redes sociales, videojuegos. Todo esto dificulta la transición hacia el descanso.
“En niños, además, hay mayor sensibilidad a la luz. Con menos intensidad de luz ya se inhibe la melatonina. Por eso es importante disminuir la exposición a pantallas, especialmente en la noche”, agregó la científica. En contrapartida, exponerse a la luz natural en la mañana puede ayudar a que el reloj biológico se acomode más rápido.
No todos los relojes son iguales
Otro elemento que influye en cómo se vive el regreso a clases tiene que ver con las diferencias individuales en los ritmos biológicos. Según explicó Tassino, existen personas con cronotipos más matutinos –conocidos como “alondras”–, que tienden a despertarse y activarse temprano. Y otras más vespertinas —los llamados “búhos”—, que naturalmente se duermen y se levantan más tarde.
Estas diferencias también influyen en la facilidad con la que cada persona logra adaptarse a los horarios escolares. En la infancia y la adolescencia, además, uno de los aspectos que más preocupan a los investigadores es la privación crónica de sueño. Muchas veces, aunque los adolescentes duerman más horas durante el fin de semana, no alcanza para compensar el déficit acumulado durante la semana.
Ese desfasaje entre los horarios de sueño de los días de clase y los del fin de semana es lo que en cronobiología se conoce como desajuste circadiano o “jet lag social”. Se trata, como explicó Tassino, de un desorden que se repite cada semana y que con el tiempo puede tener consecuencias en la salud, generando problemas que van desde lo metabólico hasta lo cardiovascular.
Somatizar la rutina
Volver a clases también implica un ajuste emocional. Estrade explicó que en la infancia estas emociones “suelen manifestarse a través del cuerpo, con dolores de panza, llanto y problemas para dormir; o berrinches por nimiedades”. Su recomendación es abordar estos síntomas con un acompañamiento del tipo: “Entiendo que estés enojado porque querías seguir jugando, pero ahora toca esto”.
En el caso de los adolescentes, estas emociones se pueden dar en forma de desgano, aislamiento o agresividad. “Aquí el abordaje debe ser desde la empatía respetuosa, validando que el cambio les pesa, pero manteniendo la firmeza de la estructura”, indicó la experta.
Además, la psicóloga recordó que, en los adolescentes, el regreso a clases está mediado por las redes sociales: “Aparece el miedo al FOMO (a perderse algo) o la ansiedad por la imagen que deben proyectar al reencontrarse con sus pares. La presión social es altísima. Para el adolescente, el liceo no es solo estudio, es un escenario de validación. Como psicólogos, debemos validar esa ansiedad social como algo real y no minimizarla”.
Por otro lado, Estrade apuntó que junto con el comienzo de clases se reactivan ciertas preocupaciones que pudieron haber estado silenciadas durante las vacaciones, como “los miedos al rendimiento académico o a los conflictos vinculares (como el bullying)”, ejemplificó. Ante esto, la profesional dijo que es vital que los padres estén atentos a cambios bruscos de humor para detectar si hay algo más que “pereza”.
Evitar el sermón
La psicóloga consultada indicó que crear momentos de “nada” entre la escuela y las tareas puede ser positivo. Esto es, volver a casa y poder distenderse, jugar, tirarse un rato. También enfatizó la importancia de reducir gradualmente el uso de pantallas para que “el cerebro recupere la capacidad de aburrirse y concentrarse”. La estrategia debería ser marcar “zonas libres de tecnología”, como la cena o antes de dormir, para que el cerebro baje su activación. “Es un reordenamiento de la atención, no solo del horario”, agregó Estrade.
La típica frase de “ya vas a ver, cuando empieces las clases, se te termina la pavada” es lo que Estrade llama un “sermoneo preventivo”, que en realidad es un error, porque genera una asociación negativa con el estudio. Se recomienda destacar lo bueno de reencontrarse con amigos y aprender cosas nuevas”, remarcó la psicóloga, para quien es clave “modelar con el ejemplo”.
Desde la teoría de la mentalización, Estrade propuso validar las emociones que surgen en este momento del año diciéndoles, por ejemplo, “entiendo que volver sea difícil, a mí también me cuesta dejar el descanso”. También recomendó la “curiosidad no intrusiva”. Esto es, preguntar por lo que sienten o piensan, más que por lo que hicieron en clase. Conversaciones que suelen fluir mejor en momentos cotidianos, como mientras se cocina, se juega o se sale a andar en bicicleta.
Para la psicóloga, el objetivo no es evitar el malestar del cambio, sino acompañarlo. “Sentirse un poco triste porque el verano termina es esperable. La clave es transmitir que también somos capaces de construir una rutina donde también haya espacios de disfrute”, concluyó.
Una sociedad a contrarreloj
El desafío que se les presenta a los estudiantes al volver a clases en marzo tiene que ver también con una tensión propia de la vida moderna. Como explicó Tassino, se está perdiendo el contraste ancestral entre el día y la noche que atravesaba nuestra biología. Hoy habitamos una sociedad crónicamente desalineada. Pasamos gran parte del día en espacios interiores con luz natural insuficiente y, al caer el sol, la vigilia es prolongada artificialmente con la iluminación eléctrica y el estímulo constante de las pantallas. Esto en parte debilita las señales que el cerebro necesita para sincronizarse y el cuerpo nunca termina de entender cuándo debería estar en alerta máxima y cuándo en reposo profundo.
Y lo que a priori puede etiquetarse como falta de voluntad o desinterés por parte de los más chicos es, en muchos casos, un organismo intentando funcionar en un sistema que muchas veces ignora sus ritmos naturales. “Vivimos en una sociedad desalineada”, sentenció la cronobióloga y recordó que, aunque el cuerpo tiene plasticidad para adaptarse, forzar los engranajes del reloj interno de forma sostenida tiene costos reales en la salud física y emocional. La vuelta a clases es, entonces, un recordatorio más de que nuestra cultura y nuestra biología todavía tienen una charla pendiente.