Fin de semana Teatro y danza

Romina Paula.

Foto: S/d de autor, difusión

Romina Paula y Sombras, por supuesto, una obra inspirada en el cine de Fassbinder

Quedan dos funciones en Montevideo de la puesta protagonizada por Esteban Lamothe y Pilar Gamboa.

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El lenguaje de actuación de las películas de Rainer Werner Fassbinder siempre fue una referencia para la compañía El Silencio, de la actriz, directora y escritora argentina Romina Paula. Con Esteban Lamothe y Pilar Gamboa entre sus integrantes, el elenco recaló en la sala Zavala Muniz con Sombras, por supuesto, un policial que interpela sobre representaciones y vínculos en el espacio que delimitan una alfombra, una silla y un televisor antiguo. Tras sus presentaciones de la semana pasada, vuelven el martes y miércoles.

Contás que tu año de nacimiento coincide con el estreno de La tercera generación, una película de Fassbinder centrada en una célula terrorista, que inspira este espectáculo. ¿Tu gusto por su cine tiene que ver con tu madre y tu ascendencia alemana?

No, para nada. Mi vieja, de hecho, creo que no sabía quién era Fassbinder hasta hace poco. Para mí incluso el Berlín más moderno sigue teniendo la estética de los 80. O sea, uno podría decir que entre la Bauhaus y los 80, si los metés en una licuadora, eso da la estética alemana. Pero La tercera generación es muy random, es rarísima, muy loca. Lo que más me gustó de esa peli particularmente –que en la puesta está muy sintetizado y precarizado, remite a una alfombra y unos objetos tecnológicos de esa época– son esos planos medio teatrales, los interiores cuando están todos los personajes juntos en una habitación, cuando pasan a la clandestinidad y están en una suerte de oficina con empapelados. Eso de él me encanta; después no hizo tanto eso y se dedicó a los recursos del cine, pero cuando Fassbinder es muy teatral todavía, un plano fijo con muchos personajes adentro, alguien atrás, alguien en el medio, alguien adelante, la televisión en el piso. Algo de esa película, de esa zona, me pareció muy inspirador, sobre todo porque ellos venían del teatro.

Después, sin duda, hay afinidad –no sé si es la palabra–, pero me resuena mucho un cierto humor alemán que, a la vez que soy más grande, a veces me siento muy sola en poder compartir la gracia que te puede causar algún chiste, que es muy de la lengua. Además, tampoco diría que todos los alemanes se pueden reír de lo mismo, pero como una cierta sofisticación de algo armado con la palabra. Lo que se pudo traducir de mi interpretación, eso sí fue el punto de partida. Lo de Fassbinder lo tengo más vinculado a la compañía, curiosamente, que a mi familia, algo de este modo tan artificial que tienen sus personajes.

En La tercera generación es alevoso porque hace referencia a Schopenhauer y al mundo de la representación.

Sí, y aparte ellos –me vuelve loca esa idea– para pasar a la clandestinidad se disfrazan y llaman mucho más la atención y ni hablar del hombre pintado de negro, completamente incorrecto. Hay algo muy punk de Fassbinder: es otra época y todo, pero algo de eso me sigue pareciendo muy inspirador.

¿Por qué la compañía se llama El Silencio? ¿Y en qué momento llegó Fassbinder a ustedes?

Creo que llegó desde el principio, o sea, nos juntamos para la primera obra, que se llamaba Algo de ruido hace, con Esteban [Lamothe] y Pilar [Gamboa]. La escribí para ellos, que eran compañeros de teatro, y la dirigí, pero fueron ellos quienes me convocaron a mí. La estrenamos en 2007 y después, cuando hicimos la segunda, El tiempo todo entero, decidimos conformarnos como compañía y sumamos a Susana Pampín, por una cuestión logística de cobrar las funciones y todo. Eso es concreto, pero a la vez también es algo artístico. El otro día Susana nos mandó una foto que encontró del texto anillado de El tiempo todo entero [reescritura de El zoo de cristal, de Tennessee Williams], y yo no me acordaba para nada, pero la primera versión se llamaba El silencio enorme, que es una frase que había sacado de Verano y humo, otra obra de Tennessee Williams, que era un desencuentro de amor, de la imposibilidad de la comunicación.

Retomaron el vínculo y volvieron también con El tiempo todo entero.

Sí, estamos haciendo funciones, es el mismo elenco. De hecho, el año que viene vamos a ir a Uruguay con El tiempo todo entero, con nuestra versión, porque la hicieron hace varios años en la Comedia Nacional, pero nosotros nunca fuimos en su época, aunque viajamos un montón con esa obra. En Buenos Aires sí dejamos de hacerla, pero cada tanto la volvíamos a hacer en Europa, en algún festival. Lamothe ahora dice que le tenemos que reconocer puntaje de productor, porque él está agitando cosas para la compañía. Ahora es muy ridículo porque están claramente grandes para sus personajes, pero algo de eso es divertido, es decadente, en un buen sentido. Para mí la experiencia completa es la de quien la vio hace años y la vuelve a ver; igual se sostiene en el presente, aunque estemos todos viejos.

Gamboa y Lamothe son ahora mucho más conocidos, e incluso Esteban Bigliardi está en muchísimas películas que nos llegan.

¡En las uruguayas! Nosotros hacemos el chiste de que es el Tort de ustedes: acá en un momento Alfonso Tort hizo todas las películas argentinas, o sea, necesitabas un uruguayo y era Tort. Porque nos dice “tengo otra película en Uruguay”. ¡Por Dios, te pusiste de moda en Uruguay! Pero sí, si bien todos trabajan un montón, lo que se viralizó mucho fue Envidiosa, sobre todo, que se vio en todos lados y cuando estuvimos en España los reconocían por la calle, más allá de que Pilar también hizo un montón de otras series. Es muy gracioso, porque llevó muchos años, pero hay un programa que de repente tiene mucha más llegada, o el fenómeno Netflix. Es un delirio eso, un nivel de fama que antes no existía, tan rápido y tan viral.

Por un lado, los debe de haber beneficiado, les acerca más gente y, por otro lado, les debe de complicar los ensayos, la coordinación de funciones.

Exactamente eso. Por ejemplo, creo que no podríamos haber hecho esta producción independiente en comercial, o sea, tendría que haber recurrido a muchísima más publicidad si ellos no fueran tan conocidos. Eso está buenísimo, porque además es nuestra obra y la gente por ahí viene con una expectativa y después tiene que bajar mil cambios, porque la obra te propone un tiempo y un nivel de atención y hablan, hablan, hablan. En todo caso, si no, se puede echar una linda siesta en el teatro, calentito, que siempre es una buena opción.

En una entrevista reflexionabas sobre el mundo independiente y decías que no necesariamente es un pasaje hacia lo comercial o algo más grande (aunque se les dio).

Yo digo que los chicos se cansaron de que sea pobre y me regalaron un gran Argentores, que es la sociedad que recauda los derechos de autor. Pero la verdad es que, si bien ahora esta obra se está viendo en un circuito distinto, tampoco es que yo tuve que hacer nada distinto ni es que produje una obra pensando en un cierto público. Creo que es algo que ni siquiera podría hacer o que difícilmente me salga bien; es nuestro mismo modo de trabajar en un lugar en el que viene a verte otra gente, que por ahí no vendría, y que paga una entrada más cara. Eso es la diferencia, pero no siento que haya tenido que hacer un movimiento ni estético ni ideológico.

Sombras parece difícil de explicar, sobre todo cuando adelantás que algunos van a entender que se refiere a Santiago Maldonado, sin que se hable directamente de su caso. ¿Cómo la resumirías?

Es una especie de policial. O sea, hay dos policías y un matrimonio. Son dos policías que llegan a una casa porque falta un muchacho y hay una pesquisa. Argumentalmente sucede eso. Es muy concreto y eso se desarrolla. Hablan de muchas cosas, pero todas están un poco vinculadas y hay un momento, una especie de anagnórisis, que sucede cerca del final.

Hay algo para mí muy lindo, también para hacerlo en Uruguay, que por ahí algunos los conocen a ellos de Envidiosa o del cine, o a Pilar, por ejemplo, que fue muchas veces con su grupo, Piel de Lava. Esta es una puesta con cuatro frentes, o sea, la alfombra está en el medio, la gente está sentada alrededor y los tenés muy cerca, para bien y para mal: para la gente que le incomoda el teatro estás muy adentro y ellos cuatro están en escena todo el tiempo.

Hay algo que me gusta del teatro, que me interesa, que es la escucha: cuando un personaje está en un segundo plano, un poco lo que decía de las puestas de cámara de Fassbinder, que no está pasando por él la acción, pero como están los cuatro ahí, ver la cara del que escucha.

Es una especie de comedia dramática. Si funciona bien, te reís mucho y luego en un momento te dejás de reír. De todas maneras, son muy graciosos, ridículos. Para mí la mejor manera de absorber algo dramático es con sentido del humor; si no, sería imposible estar vivo.

Después, lo de Maldonado son más inspiraciones de escritura y también en algún lugar es parte del inconsciente colectivo, y está aunque no esté. O sea, ese hijo del que se habla podría ser Maldonado, pero Maldonado también es cualquiera de nosotros con situaciones menos dramáticas. En realidad, es la violencia sobre los hijos, la muerte de los jóvenes… Tiene un montón de aristas, en distintos lugares del mundo hay distintas temáticas que conducen a eso. Ahora mismo está el suicidio adolescente, eso también aparece.

En tus obras y novelas sobrevuela, como en la película de Fassbinder, cierta inmadurez de los personajes.

Sí, algo de la incertidumbre. Lo venía sospechando, pero ahora que soy más vieja ya es la confirmación de eso: que siempre es incierto el presente. Quizás en otro momento histórico se suponía que los adultos tenían respuestas, que el ser humano tenía respuestas, pero cada vez está más claro que no es así. En realidad, me parece re saludable saber que no es así y poder como todos estar abiertos a la incertidumbre de las cosas que no se pueden controlar. Por supuesto que está bueno tener certezas de sensaciones, de sentimientos, de ideologías. Pero en cuanto al derrotero de los hechos, no sé, me parece que abrazar un cierto estado de incertidumbre es lo más abierto, creativo, algo que no queda estático. Y uno asocia a lo más infantil, digamos, o a lo juvenil, más flexibilidad, supuestamente. Igual ahora es al revés y muchos jóvenes están muy poco flexibles.

Para mí la obra también va hacia un lugar de empatía. Esos dúos que se presentan como polarizados y después no lo son tanto, un poco apunta a decir quién es el otro. Para mí hay algo de la empatía que tiene que ver con entender que el otro es mucho más complejo del lugar en el que uno lo quiere poner, sobre todo cuando polarizás. Uno peca de ingenuo, también: si todo es blanco y negro, si el otro que no piensa como yo es estúpido. O sea, ¿a dónde vamos con eso? Creo que ejercer la empatía es tratar de entender, es un ejercicio, no creo que uno llegue nunca a habitarla totalmente, pero sí a poder admitir la complejidad de uno y de los demás.

Publicaste una novela nueva el año pasado; también retomaste esa faceta.

Sí, saqué una novela en Entropía que se llama Hija biográfica. Entre medio había sacado libros que no son novelas. Estoy re contenta. No escribo tan seguido. Igual tengo suerte de que Entropía siga reeditando y que los libros sigan circulando. Los libros tienen esa capacidad, a diferencia del teatro, de estar siempre en presente. Si alguien lo lee hoy, es como si lo hubiera escrito ayer, y que alguien te comente Agosto o Acá todavía, una novela de hace 20 años, es bastante milagroso.

¿Y en dónde quedó la actriz?

Justo este año filmé, hice un pequeño personaje y estuve en Montevideo para una película de un chico asturiano, Diego Llorente, que es de Gijón, pero la filmó en Uruguay como si fuera Buenos Aires. Este año volvió Matías Piñeiro y también hice un film con él; cosas muy chiquitas. Cuando todo me cierra, por lo que sea, actúo, sobre todo en cine; en teatro, con todo ese trabajo que significa una obra, prefiero estar del otro lado. No es que anhelo actuar en teatro. Pero, por ejemplo, en febrero estuvimos con Sombras y con El tiempo todo entero en Francia, en Reims. Ahí me tocó actuar porque Pilar tenía que volver a hacer una obra en Buenos Aires. Cuando no me queda otra, o es la película de una amiga o algo que creo que puedo hacer, lo hago. No me siento una actriz que te pueda hacer de todo. Me considero una verdadera actriz con limitaciones.

Pero tenés varios frentes abiertos todo el tiempo.

No es que estoy escribiendo obras de teatro porque me inspiro, eso seguro que no, son re concretas: la escribo y la hago. De narrativa siempre me gusta tener un archivo abierto. Ahora justo no lo tenía desde que terminé con Hija biográfica, pero me convocaron de una editorial de acá, Compañía Naviera Ilimitada, que quiere hacer una colección de ciencia ficción, escrita por autores que en principio no escriben ciencia ficción. Mi nueva obra, Un sueño raro, que estrené en agosto en ArtHaus, es un poco de ciencia ficción. Entonces esto me viene como anillo al dedo. Y de paso, estaba con el Word en blanco, me re entusiasmó.

Sombras, por supuesto. 10 y 11 de noviembre a las 20.30 en la sala Zavala Muniz del teatro Solís. Entradas a $ 2.000 en Tickantel. 2x1 para la diaria.

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