Si consideramos que una de las primeras películas, The Great Train Robbery (El gran asalto al tren, 1903) es también el inicio del género, pocos estilos pueden llamarse clásicos como los westerns. Aunque uno tiende a quedarse con los grandes momentos del western estadounidense (de la década de 1950, mayoritariamente) o con su revival italiano (la variante spaghetti de los años 1960 y 1970), olvida a veces que hubo películas posteriores que hoy también pueden ser consideradas grandes clásicos. Estas recomendaciones dan cuenta de tres de ellas.
Butch Cassidy and The Sundance Kid, de George Roy Hill (1969), en Disney+
Supongo que no cuento nada nuevo si digo que quienes dan título a esta película son una de las parejas de bandidos más populares dentro de la leyenda del Lejano Oeste. Seguramente la historia real haya sido mucho menos amable que este maravilloso retrato en clave de comedia western, que comienza in medias res: Butch y Sundance ya son bandidos reconocidos, con su propia banda, amigazos de esos para toda la vida, y están a punto de realizar un audaz asalto a un tren. Resulta ser más de lo que pueden morder y comienza así un relato de fuga que se va a prolongar a lo largo de toda la película.
La había visto hacía muchísimo y recordaba apenas algunas escenas, pero no tanto el tono melancólico que tiene por momentos y el de franca comedia disparatada en otros, así como no tenía presente que fuera tan intensa en su primera mitad. Es una película que vive y muere por sus protagonistas, por lo que es maravilloso contar con Paul Newman y Robert Redford para ellos, en una de esas duplas que respira química entre sí; se me ocurren pocos combos así de contundentes: Burt Lancaster y Kirk Douglas, o ya con una vis más cómica Jack Lemon y Walther Matthau, en tiempos más recientes Brad Pitt y George Clooney. A partir de cierto punto de la narración van a estar respaldados por una notable Katherine Ross y apariciones puntuales de un buen elenco a cargo de Strother Martin, Henry Jones, Jeff Corey, Cloris Leachman, Ted Cassidy y Kenneth Mars. Cierto es que hay un bajón de ritmo cuando el relato se traslada a Bolivia, pero poco después llega el final y, oh, mis amigos, eso sí que es un final.
Silverado.
Silverado, de Lawrence Kasdan (1985), en Netflix
Lawrence Kasdan fue a por todas y se decidió a rendir homenaje a los grandes maestros del western –John Ford, Howard Hawks, Henry Hathaway–, con esta aventura, que probablemente sea uno de los últimos grandes ejemplos de clásico totalmente fuera de tiempo.
¿Qué no puede faltar en un western? Una emboscada en una cabaña, una persecución a una diligencia, una estampida, un duelo a mitad de la calle, una caravana de colonos, una venganza, amistad, honor y cuentas del pasado. Silverado lo tiene todo, absolutamente todo. Y la maravilla es que nunca se siente como un pastiche, sino que está integrado en una aventura completa, un relato redondo que alberga, además, a inmensos personajes.
La historia comienza con Emmett (Scott Glenn), quien es emboscado por desconocidos que no pueden con él. Sin pistas sobre quién lo atacó y por qué, continúa su viaje y se encuentra en el medio del desierto con Paden (tremendo Kevin Kline), un cowboy que fue asaltado y abandonado a morir allí. Ambos comenzarán a viajar juntos y pronto se les unirán Jake (divertidísimo Kevin Costner), el hermano de Emmett, y Mal (Danny Glover), con quien se ayudan mutuamente. Este cuarteto quedará forjado en hierro, lo que será fundamental a la hora de enfrentar los múltiples peligros y villanos que irán perfilándose en el horizonte, porque el camino termina en el pueblo de Silverado, donde los esperan más amenazas.
Podría ponerme a repasar al elenco inagotable –John Cleese, Rosanna Arquette, Linda Hunt, Jeff Goldblum, Joe Seneca, Lynn Whitfield, Jeff Fahey, entre otros–, pero prefiero concentrarme en dos cosas. Primero, la construcción de una narración de amistad, honor y lealtad que hacen de esta una de las más grandes matinés que existen. Y segundo, toda historia es tan grande como su villano, y acá, es enorme. Brian Dennehy es de esos que siempre, pero siempre, está bien. Acá, como Cobb –ese exbandido devenido funesto sheriff– simplemente se roba la película. Un enemigo temible, que además es temible por ser un igual (con códigos y todo), lo que lo hace un villano inolvidable.
Silverado podría haberse quedado simplemente en un repaso nostálgico del género, un homenaje de otra época, pero es una película tremendamente viva, grabada a fuego en la memoria de todo aquel que la vio de niño y con una inmensa capacidad de deslumbrar hoy y siempre.
Val Kilmer, Bill Paxton, Sam Elliott y Kurt Russell en Tombstone.
Tombstone, de George P Cosmatos (1993), en Disney+
No debe haber incidente que haya provocado más ficción dentro del western que el mítico duelo en el OK Corral, cuando Wyatt Earp, sus hermanos y Doc Holiday enfrentaron a la pandilla de cowboys liderada por los Clanton. El hecho, que en la vida real se dice que no ocupó más de unos pocos segundos, ha sido –y me atrevería a decir que será– una de las piedras fundacionales no solo del género cinematográfico, sino también de la historia del país del norte, de su propia mística y leyenda.
Estamos ante una versión que apuesta a la épica violenta pero al mismo tiempo elegante de no solo ese suceso, sino la historia del enfrentamiento tanto antes como después. Wyatt Earp (pletórico Kurt Russell) y su familia (con nada menos que Sam Elliot y Bill Paxton como sus hermanos) llega a la ciudad de Tombstone donde no mucho después los alcanzará Holiday (Val Kilmer con la que es para mí la mejor interpretación del personaje en toda la historia). Aunque tratan de no meterse en líos, es tal la violencia que impone la pandilla de los cowboys –que se identifican todos con una faja roja– liderados por Curly Bill Brocius, Johnny Ringo e Ike Clanton (Powers Boothe, Michael Biehn y Stephen Lang, respectivamente) que los Earp terminarán enfrentándolos con funestas consecuencias para todos los involucrados.
Pocas veces este pedazo de la historia del oeste funcionó mejor (con perdón de Burt Lancaster y Kirk Douglas), en gran parte por la genial idea de ubicar en el cenit mismo de la narración el mencionado duelo y prosiguiendo después con sus consecuencias. Es verdad que sobre el final la captura de los cowboys se vuelve algo genérica y reiterativa (sobre todo a medida que no van quedando antagonistas reconocibles), pero aun así se sostiene emocionante –y dueña de imágenes imborrables, como la despedida entre Wyatt y Doc– hasta el final.
