“Los resultados pueden variar” es una frase que he tomado como bandera para escudarme de los choques que puede traer la subjetividad a la hora de considerar un producto de entretenimiento. No hay una película que le haya gustado al 100% de las personas, ni una que no tenga al menos un espectador fanático, y esto va más allá de lo que juzguemos acerca de su manufactura. Dicho esto, en el humor, los resultados están mucho más salpicados en toda la gráfica.
Hay humoristas que apelan a material que sea del gusto de la mayor cantidad de personas, y eso está bien. Hay otros que se concentran en un público específico, o un gusto específico, y triunfan en ese nicho o segmento. Finalmente, por encima de todos y sobrevolando la gráfica como Ícaro con media ala prendida fuego, estaba Norm Macdonald, una de las figuras más interesantes de la comedia estadounidense de las últimas décadas y favorito entre los propios comediantes. Claro que los resultados pueden variar.
Para hablar de Norm hay que pensar en el Joker, el tradicional enemigo de Batman. A partir de la publicación de La broma asesina en 1988, con guion de Alan Moore e ilustraciones de Brian Bolland, quedó establecido que nada de lo que diga el “Príncipe Payaso del Crimen” sobre su vida puede ser tomado en serio. Él prefiere que su biografía sea una suerte de historia de múltiple opción, que cambia de acuerdo con los tiempos.
Algo parecido hacía Macdonald, quien reescribía su pasado y hasta su presente en cada entrevista y en cada club de comedia en el que hacía su stand up. Un canadiense que comenzó a destacarse como invitado en la era de oro de los late night shows y que, como él mismo dice en el documental que acaba de estrenarse en Netflix, tuvo su pico de fama como presentador del bloque de noticias dentro de Saturday Night Live, donde acuñó el término fake news, o al menos eso nos quiso hacer creer. Luego perdería su puesto por hacer uno y otro (y otro y otro) chiste sobre la culpabilidad del exdeportista y actor O J Simpson, acusado de doble homicidio, quien era muy amigo de uno de los directores de la cadena.
Norm: La historia de Norm Macdonald (Norm: The Tale of Norm Macdonald) es el tributo perfecto para este experto en decir las cosas más terribles con rostro serio. O en contar un chiste que podía extenderse durante siete minutos solamente para llegar a un remate bien tonto. O en regodearse en el silencio que genera un chiste malo, ese silencio del humor que no funciona, que él disfrutaba como ninguno. Su cerebro parecía funcionar a otra velocidad y en otro nivel que el de cualquiera de sus colegas del universo de la comedia.
El documental, dirigido por Judd Apatow, no trae grandes revelaciones para quienes conozcan al dedillo la carrera de Norm y sus mejores participaciones, ya sea junto a Conan O’Brien, David Letterman o Larry King. De hecho, el documental no tiene una sola “cabeza parlante” que haya sido entrevistada ad hoc, sino que ordena la vida de Norm con el mismo hermoso caos que tenía su obra. Hay textos sobreimpresos y citas de sus entrevistas o del audiolibro de su delirante (y autoficcional) libro de memorias, Basado en hechos reales: No es un libro de memorias. Con todo eso repasa lo que muchos conocemos, y que vemos una y otra vez en videos recopilatorios.
Apatow prefiere las luces a las sombras y apenas se mete con el tema de la adicción a las apuestas que sufrió Norm. Prefiere centrarse en la película de culto que protagonizó, en sus más famosas respuestas rápidas, y en esa cualidad de ser agradecido y optimista que resaltan muchos de quienes lo conocieron.
Si estás conociendo o redescubriendo a Norm, el resultado será el mismo: salir corriendo a la plataforma de videos más cercana (que acertadamente es el telón de fondo del documental) y escribir su nombre para dejarte llevar por horas y horas de uno de los sentidos del humor más únicos que se recuerden.
Norm: La historia de Norm Macdonald. 126 minutos. En Netflix.
