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Julio Cobelli (I), DIego Oyhantcabal y Enzo Fernández, durante el homenaje a Alfredo Zitarrosa, el 11 de abril.

Foto: Inés Guimaraens

Chispazos emotivos de la nueva generación: crónica del homenaje a Zitarrosa en su 90° aniversario

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Artistas consagrados y emergentes le rindieron tributo al cantautor.

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Una treintena de artistas de los más populares y prestigiosos de la música uruguaya aprietan sus cuerpos en los peldaños de una escalera, antes de volver al escenario para el saludo final del espectáculo. Desde abajo de las tablas observan y escuchan con atención la pantalla que muestra la figura de Alfredo Zitarrosa en acción. El cantautor, de cuarenta y pico de años en ese momento, le explica a la teleaudiencia de un programa mexicano de qué se trata el candombe y el vínculo del ritmo musical con su país, antes de cantar “Doña Soledad”, acompañado de su cuarteto de guitarras.

Numa Moraes.

Foto: Inés Guimaraens

La vibrante interpretación, replicada en los parlantes de la avenida 18 de Julio, pone en relieve la distancia insalvable de un artista fuera de serie. Su voz y su presencia siguen provocando escalofríos y el asombro de la cuadra y pico de gente ordenada en una pesada calma de civismo que por un instante parece sacudirse. Algunos se levantan de sus sillas plegables a bailar, otros siguen la letra de la canción con voces temerosas; los menos encuentran la oportunidad de agitar el ambiente con el movimiento de alguna bandera. El sacudón tiene la intensidad y la brevedad suficiente para que se noten las ganas de que pase algo más, antes de que cada uno marche ordenadamente de vuelta rumbo a su casa.

El homenaje a Alfredo Zitarrosa en su 90º aniversario, impulsado por la Fundación y el Archivo Zitarrosa y organizado por la Dirección Nacional de Cultura del MEC y por la Intendencia de Montevideo, se celebró en la noche del viernes 10 de abril, en un escenario ubicado entre la Sala Zitarrosa y la Plaza Fabini.

Malena Muyala.

Foto: Inés Guimaraens

Con el marco de algunas pocas luces prendidas en el edificio de la Anep, las guirnaldas navideñas que la célebre panchería todavía no guardó, y otras novedades que trajeron los últimos años, como el humo de la marihuana legalizada, un dron de TV Ciudad y dos filas de lo que ahora se llaman food trucks, el concierto, que quedó grabado para la edición de un long play, y transcurrió en general —con una grilla cuidada, diversa e inclusiva, en sintonía con la habitual programación de la sala Zitarrosa— de forma solemne, sobria, tal vez algo falta de energía, aunque dejó tres o cuatro momentos conmovedores.

Que se entienda bien. Todo estuvo en su lugar y a la altura del homenaje, salvo por algunas actuaciones opacas en las que se notó falta de ensayo. El cuarteto de guitarras liderado por Julio Cobelli y que actualmente integran Leonardo Delgado, Enzo Fernández y Diego Oyhantcabal se encargó de súper clásicos como “El violín de Becho” en versión instrumental y, a través de un archivo de audio —nada de hologramas—, sumó la voz de Alfredo en “Estefani”. Malena Muyala, vestida de fucsia y negro, deslumbró en su interpretación ajustadísima y sentida de “La canción quiere”, con la compañía de Cobelli.

Foto: Inés Guimaraens

Luego le llegó el turno a Chacho Ramos. Desde el comienzo de su interpretación de “Milonga para una niña”, a dúo guitarrero con Cobelli, las sutiles alteraciones del ambiente confirmaron uno de los mejores momentos musicales de la noche que en ese comienzo prometía un nivel altísimo.

El espectáculo continuó con un video implacable del registro del exilio y regreso del cantautor a Uruguay. Los presentadores Fernando Tetes y Paola Bianco llamaron a Numa Moraes, y con él, subió al escenario una orquesta de músicos -Juan Pablo Chapital, Jacinta Bervejillo, Federico Araújo, Martín Ibarburu y Julieta Taramasso- que iba a acompañar el resto de las actuaciones. El tacuaremboense encaró “Del amor herido” de manera solitaria hasta la mitad de la canción, y luego lo siguió la orquesta. Así, pelado en guitarra y voz, estaba 10 puntos.

Dani Umpi.

Foto: Inés Guimaraens

Un adolescente ubicado muy cerca del escenario le preguntó a su madre si esa mujer no estaba presa cuando Washington y Cristina Fernández, idénticos e irreprochables como los de 1984, entraron a escena para interpretar “La canción y el poema”. “Viva el canto popular, viva la poesía y viva el Uruguay”, gritó el artista y encontró algo de eco, lejos de las primeras filas de la platea de sillas de plástico.

Washington Carrasco y Cristina Fernández.

Foto: Inés Guimaraens

Dani Umpi, vestido de saco y una larga pollera hecha con fotos del homenajeado, hizo lo suyo rodeado de halagos y libre de espantos explícitos de otras épocas. Cantó como quiso —como no podía ser de otra manera— “Si te vas” y jugó performáticamente con su vestimenta. Una señora sobre una valla recordó los años de trayectoria del cantante y artista visual, un vestido de sachets de leche y a Omar Gutiérrez, en una lista de uruguayos rupturistas.

Álvaro Silva (AVR) y Alfonsina.

Foto: Inés Guimaraens

Tabaré Cardozo animó correctamente con “Pal que se va”, y Luana Persíncula, encomendada a cantar “El violín de Becho”, no defraudó a un público que la recibió con los honores de una artista más popular, querida, respetada, de la nueva camada de músicos uruguayos.

La actuación del rapero Álvaro Silva Pereira, más conocido como AVR, fue la más singular y la mejor de la noche. Junto a los tambores de Cuareim 1080 y a dúo con Alfonsina, interpretó “Candombe del olvido”. Qué fue exactamente lo que pasó es más difícil de explicar, salvo que su encare de la canción sirvió para que, a través de su lograda expresión artística, aflorara lo latente debajo del festejo circunstancial.

Algo similar sucedió con Camila Ferrari y su notable versión de “Adagio a mi país”. La gente se animó a susurrar parte de ese texto que sirvió para preguntarse cuántos artistas uruguayos hoy están dispuestos a retratar en sus obras la violencia, la locura y la pobreza del Uruguay.

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