Daniel Hendler, uno de los actores insignes de nuestro cine, ha pasado gran parte de su carrera con un pie en Argentina y otro en Uruguay. Algo similar le sucede al protagonista de su última película, un cabo argentino que acaba de desertar luego de ser testigo de algo grave de parte del cuerpo policial, y que se escapa a tierras del interior uruguayo para tratar de sobrevivir y eludir a sus captores.
Un cabo suelto fue la película que abrió el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay hace dos semanas, y ahora se la puede ver en salas de cine de varios puntos del país. Aprovechamos el pasaje de Hendler por Montevideo, vinculado a este estreno uruguayo de su cuarta película como director, para conversar sobre esa voluntad de supervivencia y los caprichos de las fronteras.
En una entrevista que te hicimos cuando estrenaste El candidato, en 2016, dijiste que vos siempre fuiste un actor al que le tocó ser alter ego de sus directores. ¿Te ha pasado eso del otro lado, con el protagonista de Un cabo suelto?
Supongo que en todos los personajes hay algo mío ahí mezclado, y no por ser actor, sino porque es algo que les pasa a casi todos los guionistas, que cuando escriben sus personajes los actúan internamente. Uno está interpretando un poquito a todos los personajes y todos los personajes lo interpretan a uno. Y supongo que el personaje que hace Sergio Prina, el cabo en cuestión, sí tiene una carga con alguna cosa más íntima que otros personajes. Pero no es algo de lo que yo me ocupe con demasiado interés, eso de saber qué hay de mí o qué no hay de mí. Algunas cosas quizás resultan más evidentes, como esto de cruzar de un lugar al otro, que lo he hecho en toda mi carrera entre Uruguay y Argentina, aunque en este caso se da en sentido inverso al del personaje. Que yo sepa, yo no me estaba escapando de nada o de nadie, pero nunca se sabe.
Durante mucho tiempo me había hecho una imagen interna de vos y tus roles con base en una mezcla del personaje El Leche, de 25 watts (Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, 2001) y Gauna de Los paranoicos (Gabriel Medina, 2008). Ahora ya no te pienso exclusivamente basándome en esos personajes. No sé si es una cosa que me pasa solo a mí, pero es algo difícil de lograr en una carrera, y que tiene que ver con la variedad de personajes que has interpretado en todo este tiempo.
Uno no controla mucho hacia dónde va el trabajo de actor. En un punto sí... qué se pone en juego en donde se forma uno, qué decide hacer. Pero yo qué sé, el personaje del Leche de 25 watts o el Gauna de Los paranoicos están relacionados porque supongo que Medina vio 25 watts, de la misma forma que para ambos aparecen cosas que yo volcaba de mis vivencias ahí. Pero también son como tramos de un camino, ¿viste?, un tiempo en el que me había metido por esas zonas. Quiero creer que en los actores hay algo que preservan y algo que prestan a todos sus personajes.
Algo que me gustó mucho de tu película es que es una película chica, pero donde todo está muy pulido, muy bien encastrado. No hay un “cabo suelto”, por así decirlo. Pero en particular, lo que reluce es que se forma como un dominó de objetos que se repiten y se continúan en sus extremos y repeticiones.
¿Un dominó? ¿Como el efecto dominó?
No, del dominó en el juego en sí, de tomar el turno de la partida usando una ficha que se continúa con la que puso el contrincante. Eso pasa con tus objetos.
Sí, sí, está bueno lo del dominó. No todos los objetos aparecen con algún sentido específico, pero cuando aparecen, me gusta explorar dónde pueden terminar de hacer sentido y generalmente tienen algún tipo de réplica o de reverberancia en el guion. O sea que sí. Viste que cuando uno se queda con las fichas y tenés muchas repetidas, tratás de sacártelas de encima.
En esa especie de juego hay algo ahí, de que los personajes también son pacientes. A veces parecen más pasivos, a veces más pacientes. Donde se ve más eso es, por ejemplo, en el personaje de Mandrake Wolf, que deja al cabo que se lleve su queso para supuestamente madurarlo, cuando en realidad no hay garantías. Casi que le deja el queso porque quiere ver qué va a hacer con eso.
Sí, a mí me cuesta ese momento, porque en el guion no me lo cuestionaba, pero después es fuerte verlo en pantalla. Ver que se te lleva una horma así de grande. Hay algo de aceptar en ese juego que el otro le propone, un juego de confianza. Creo que al aceptar que se lleve el queso, la presión se la lleva el otro. Quizás no es tan grave, quizás el personaje de Mandrake piensa que si se lo lleva y se va, no va a volver y seguirá hinchando las pelotas en el carrito. Lo peor que puede pasar es sacárselo de encima a cambio de una horma de queso. Pero también está la posibilidad de que el otro sí sepa algo y esté siendo honesto. Y si hay alguna duda en esa concesión que hace el personaje de Mandrake, es que le deja la pelota del otro lado para que el otro saque la mejor versión de sí mismo. Juega ese juego, juega el juego de que todos somos buenos.
Me parece que hay que jugarlo, para que cada uno saque su mejor versión. Claramente, no es que haya gente buena y gente mala. Pero sí hay gente que quiere ser buena o quiere ser mejor. En el mundo hay gente a la que no le interesa eso en absoluto, pero yo creo que hay muchas personas que quieren ser buenas personas.
Más que personajes buenos y malos, hay personajes activos y personajes pacientes. Y da la casualidad de que los activos son los argentinos y los pacientes son uruguayos.
Sí, pero el mismo argentino que escapa también termina siendo paciente. Inicialmente, está urgido por algunas necesidades básicas. Por el hambre, por la necesidad de tener un refugio, una madriguera.
Un cabo suelto.
Un romance también.
Claro, pero yo creo que con la aparición de ese posible romance es donde él visualiza una posible vida mejor, y aparece también la paciencia. Él le asegura a Pilar [Gamboa] que va a saldar su deuda, sin importar cuándo. Ya no hay urgencia. Me parece que ahí aparece en él la paciencia. Y todavía no está del lado uruguayo. Está justo en el límite.
En algunas entrevistas te han hablado sobre la conexión del cabo con los protagonistas de tus primeras películas, Norberto apenas tarde (2010) y El candidato. Pero me parece que este es un personaje mucho más decidido y vital que los otros.
Tiene claro lo que quiere hacer. De todas mis películas, es el héroe en el sentido más clásico. Lo que pasa es que necesita escapar, y hay algo de supervivencia ahí. Y entonces ya pasamos a otro plano, que es que él tiene que sobrevivir y es astuto. Tiene una astucia natural, algo de empatía y un uniforme. Son como las tres cosas con las que puede más o menos arreglarse para sobrevivir. Y después al revés, le empieza a pesar el uniforme. Pero creo que durante buena parte de la película es un tipo que no se puede plantear qué es lo que quiere porque tiene una necesidad básica no cubierta.
Los personajes de las otras películas estaban más envueltos en una neurosis. Creo que el de El candidato, como decía la frase del afiche que hicimos en Buenos Aires, “solo necesitaba un poco de atención”. Y en cuanto a Norberto, bueno, yo creo que ese era un negador. Un negador al que le cuesta entender dónde está su deseo. Y no sabe de lo que es capaz porque no sabe dónde está su deseo.
Ya desde el comienzo, con uno de los policías villanos que habla sobre astrología y galaxias, hay un juego de escalas graciosas entre las conexiones que se pueden trazar entre la Vía Láctea y lo lácteo en sí, tomando en cuenta que el protagonista en su vida anterior al cuerpo policial era quesero. ¿Cómo te planteaste poner a jugar esas metáforas?
A mí me parece que hay algo de lo disonante que me tienta siempre. Con mi vieja, cuando era niño, en el auto jugábamos un juego que era que tenía que buscar dos palabras que no pudieran unirse en una sola frase. Y era obviamente un juego imposible, porque todas las palabras tienen una forma de poder unirse. Pero era un ejercicio interesante. Creo que en la película hay algo, en ese sentido, de si el cine también te ofrece la posibilidad de pensar tres, cuatro cosas que no te imaginás juntas en una película. Un policía, unos quesos, la astrología y unas Mirindas. Bueno, las Mirindas y los quesos combinan en la vida cotidiana, pero ponle que hacer una película con eso me resulta atractivo, porque es quedarte a ver cómo empezás a construir desde ese lugar, que se parece a ese juego que hacía en el auto con mi madre, y que despierta la creatividad.
Yo en inglés quería ponerle a la película Milky Way Cop [Policía de la Vía Láctea], porque Un cabo suelto en su traducción no se presta al juego de palabras. Terminamos usando A Loose End, que es la traducción literal, pero el Milky Way Cop me encantaba.
Algo muy lindo de la película es que uno está todo el tiempo pensando al protagonista desde la picaresca de un embaucador, pero cuando llega la parte de presentarse a trabajar en una quesería, ahí de golpe muestra que realmente sabe, que no está engañando a nadie en ese terreno. Es un gesto noble hacia el personaje.
Parecía, sí. Hasta ese momento uno tenía la duda. A mí también me gusta eso. Sobre todo, creo que es un poco generoso con el espectador o espectadora, que está queriendo que le salga una un poco mejor.
Una buena sorpresa también se da en un momento pequeño del film, cuando unos niños le tiran la pelota y él la recibe y la levanta con un jueguito. Siempre me pareció muy bello cuando un actor muestra en cámara una habilidad natural, no falsable.
Ahí hay algo curioso, que es que yo le pregunté al Negro [Sergio Prina]: “Solo quiero saber si sabés cantar y sabés jugar al fútbol” y me respondió al revés; me dijo: “Pah, al fútbol no, pero algo te canto”. Y después resultó que es un desastre cantando y cuando le dan la pelota en la primera toma hace ese jueguito que quedó buenísimo. Es gracioso porque es algo que se da en muchos actores, que decimos que sabemos hacer todo, pero acá se dio el caso contrario al que había dicho. Igual, creo que es algo que se da muy específicamente en el fútbol, que es la vergüenza de que entre amigos, si no sos de los mejores, no podés decir que sos bueno, pero en cámara ya con eso juega bárbaro.
Un cabo suelto. 95 minutos. En salas de cine.