Durante la década de 1980, Estados Unidos hizo un montón de desregulaciones cuyos efectos negativos se sienten hasta el día de hoy. Los niños, por ejemplo, estaban protegidos de la influencia de la publicidad cuando miraban televisión, hasta que Ronald Reagan se llevó puesta esa norma y los programas educativos fueron en parte sustituidos por dibujos animados cuyo objetivo era la venta de juguetes.
La explosión fue tal que las jugueteras buscaban el siguiente gimmick, el truquito que distinguiera a sus figuras de acción y vehículos por sobre las de la competencia, con botones que activaban mecanismos, juguetes que cambiaban de forma o escudos con hologramas. En los 80 todavía nos sorprendían los hologramas.
Algunos de estos combos de toys y cartoons fueron populares e invadieron las jugueterías y las pantallas, mientras que otros pasaron sin pena ni gloria. Al final todos fueron enterrados por las arenas del tiempo conforme los niños entraban a la adolescencia. Pero el presente es tan desesperanzador (gracias, Reagan) que los niños ochenteros se convirtieron en adultos nostálgicos que creen que aquellos años fueron mejores, sobre todo porque tenían padres que los blindaban de los conflictos internacionales y los emperadores desnudos. Los cuarentones vemos cómo periódicamente los personajes de nuestra infancia regresan en forma de películas, series o historietas, en algunos casos como si el último episodio se hubiera emitido en la mañana del domingo pasado, mientras que en otros se les inyecta el cinismo y la desesperanza que Reagan nos dejó.
La franquicia que encabezaba He-Man lo tuvo todo: figuras con mecanismos que llegaron a la tele en forma de serie animada; un spin-off para niñas con la hermana melliza del protagonista; una adaptación ochentera con actores de carne y hueso; varios regresos animados; y, finalmente, una nueva adaptación con actores, que por estos días llegó a la gran pantalla.
Antes del estreno de Amos del Universo quedaba la duda sobre el camino que tomarían el director Travis Knight y su legión de guionistas. Más allá del revival nostálgico, los avances no dejaban en claro si los elementos característicos (la ridícula identidad secreta, el taparrabos, los nombres de los personajes) serían abrazados o si, al mejor estilo de Marvel, serían presa de los comentarios irónicos. Y la verdad es que la película quiere hacer un poco de cada cosa y queda a mitad de camino.
La historia arranca con buen pie, con una voz en off (la del príncipe Adam) que recuerda su infancia en Eternia y lo hace maravillado. Ese planeta fantástico, repleto de criaturas increíbles, tiene más color que el cine de aventuras promedio. Sin embargo, lejos está de lo que pudimos ver en las dos temporadas de One Piece. Más allá de lo que piense sobre la serie, mi mente elaboró un “índice One Piece” sobre la capacidad de otras producciones de mostrar peinados ridículos, trajes imposibles y colores primarios. Amos del Universo salva la prueba, pero esperaba un desempeño mejor.
El arranque incluye una invasión a gran escala que no se aleja mucho de lo que pudimos ver en las películas de Marvel que tenían a Thor y su Asgard como protagonistas. Tanto los soldados del rey como los esbirros del invasor son súper genéricos, aunque en ambas filas hay seres con poderes especiales, los mismos de los juguetes. Nadie explica qué hacen ahí y por qué son diferentes al resto.
Adam (Nicholas Galitzine), el hombre que se broncea al levantar una espada, vivió 15 años en la Tierra, trabaja en recursos humanos y está obsesionado con encontrar dicha espada y volver a casa. Galitzine logra convencernos de ser un “sapo de otro pozo” en varios momentos humorísticos. Con respecto al humor, la película tampoco logra definirse sobre qué tan graciosa quiere ser, y hay “chistes” que parecen insertados a posteriori para que las audiencias sumaran alguna risa.
Al mismo tiempo, la película sobrevuela conceptos relacionados con la masculinidad tóxica y las expectativas que los padres ponen sobre sus hijos, algo que nadie esperaría en una de He-Man. Para balancear ese costado serio, en uno de los momentos fallidos, el guion resuelve el tema de los personajes con nombres ridículos y con doble sentido en inglés (Ram-Man, Fisto) diciendo que así los había bautizado Adam cuando era niño. Cuando tenían que abrazar el ridículo, les dio vergüenza...
... pero ni siquiera son coherentes en ese sentido, porque el villano principal se llama Skeletor (Jared Leto) y es, sin dudas, quien mejor camina por la cuerda floja del famoso cringe. Skeletor es amenazante, sus esbirros matan a muchísimas personas en la película, y aun así tiene momentos de grandilocuencia totalmente caricaturesca. En todo caso, está mucho mejor que Idris Elba como un guerrero con estrés postraumático y alcoholismo; espero que no haya sido creado solamente para hacer el juego de palabras con Duncan y drunken (“borracho”), porque no se los perdonaría jamás.
Son más las buenas que las malas. La escena final tiene tres peleas en simultáneo y el director se olvida muy campante de dos de ellas. Pero los 140 minutos no se sienten y la guitarra de Brian May acompaña todo ese ochenterismo, por más que en ocasiones reniegue de sí mismo y parezca decir: “Sé que son adultos y ya no se divierten con estas cosas”. Vamos, que si fuera así no estaría en el cine mirando Amos del Universo.
Amos del Universo. 140 minutos. En cines.
