Cuando una película se vuelve un fenómeno, inevitablemente, genera imitaciones. Fue así que luego del exitazo de Steven Spielberg en 1975 con Tiburón aparecieron decenas, centenares, de monstruos acuáticos dispuestos a comerse a los incautos bañista. En 1979,el bombazo que fue Alien de Ridley Scott (ya vendida “como Tiburón, pero en el espacio”) nos llevó, durante décadas, a naves de desgraciada tripulación enfrentada a seres alienígenas mortíferos e indestructibles.
No fue sorpresa, entonces, que luego de que John McClane enfrentara a Hans Gruber en el Nakatomi Plaza en Duro de matar (1988), tuviéramos numerosos ejemplos de “héroe solitario enfrentado a muchos en una situación cerrada”. Pocos lo lograron con la contundencia de John McTiernan (su película es un verdadero clásico moderno, como lo son Tiburón o Alien), pero no fue por falta de intentos. Entre los más famosos, allí estuvo Jean-Claude Van Damme en Muerte súbita (bombero solitario enfrentado a ladrones/terroristas en un estadio de hockey), Harrison Ford en Air Force One (presidente de Estados Unidos enfrentado a terroristas en el avión presidencial) y, en tiempos más recientes, Dave Bautista en Final Score (exsoldado enfrentado a terroristas durante un partido de Champions League).
No es un fenómeno agotado, sino que se ha transformado en un subgénero, tal y como viene a demostrarlo la película española Mikaela, con su variación: Antonio Resines enfrenta ladrones en un puente aislado por una tormenta.
Resines es Leo Font, un veterano policía al borde de la jubilación (que bien podría recordar también al Murtaugh de Danny Glover y su “estoy demasiado viejo para esto”) con acusaciones de corrupción sobre sus espaldas. En vísperas de Reyes (otro guiño para Duro de matar, en la que era Navidad) trata de volver a su casa en medio de la enorme tormenta de nieve que da nombre a la película y que paraliza el tránsito sobre la autopista AP6 durante horas. No comienza ahí nuestro relato, sino que lo hace horas antes, cuando un grupo de ladrones profesionales de origen ruso abre una bóveda luego de un trabajo muy planeado... para encontrarla vacía. Alguien se les ha adelantado. Este grupo está también en la AP6, tan trancado bajo la nieve que cae indolente sobre ellos, el policía y un numeroso grupo de conductores y sus automóviles. Hete aquí que también hay un camión blindado en la ruta, a pocos metros de la camioneta de los ladrones, quienes deciden no irse con las manos vacías y robarlo de manera intempestiva. Alguien los ve y comienza la acción arrolladora.
No es el esquema más original, pero hay algunas cosas que destacan a esta producción de Netflix por encima de la media. Lo primero, la labor de Resines. Actor versátil tanto en comedia como en drama, acá borda un John McClane castizo, bastante sobrepasado por la situación y con muy pocas ganas de hacerse cargo de nada, que va de a poco recuperando su propia dignidad a medida que actúa, apoyado en una joven guardia civil (Natalia Azahara) llamada igual que la tormenta y que está también allí, atrapada en la autopista.
Lo segundo, que a pesar de algunas resoluciones algo apresuradas y relaciones que se generan en un plis plas (la confianza entre el policía y la guardia civil), la mano del director Calparsoro es firme y sostiene siempre la tensión del relato. No sé si es la mejor película de su autoría –quizá sea Cien años de perdón (2016)–, pero siempre sabe lo que hace y resuelve de manera convincente tiroteos, persecuciones y enfrentamientos entre los diferentes antagonistas.
Y tercero y último, dura una concreta hora y media, lo que la hace precisa, medida y siempre entretenida, que ya es bastante.
Mikaela. 90 minutos. En Netflix.
