De punta a punta, Jorge Drexler interpretó las canciones de su último disco, Taracá, y se dio otros muchos gustos, acompañado de amigos y colegas, locales y extranjeros, con dos shows de entradas agotadas en el Antel Arena. El sábado su actuación fue precisa e irreprochable; el domingo repitió la función, un poco más relajado, con un repertorio casi idéntico, que se extendió por dos horas y media.
Las noches comenzaron con sonidos maquinales y caras desconocidas. El siempre simpático cantante uruguayo, vestido como Tifón, el futbolista retirado de la telenovela Avenida Brasil, dio la bienvenida con un “buenas noches, Montevideo”, rodeado de su banda de músicos españoles: Marc Pinyol, en batería y percusión; Alejandra López, en contrabajo, bajo y voces; Eva Català, en percusión y vibráfono; Miryam Latrece, en voces y sampler; Julio Sanrizz, en percusión y tambores; Vicent Huma, en guitarras; y la salvedad de la uruguaya Flor Gamba, en voces, guitarras y sampler, quien, junto a sus comadres españolas, forma una especie de Ángeles de Georgie de su gira mundial.
Sonaba “Toco madera”, con el ingrediente orgánico de la música en vivo, en este caso, interpretada por percusionistas europeos con esmero y entusiasmo, bastante lejos del ritmo afrouruguayo, cuando me puse a pensar si allí había un problema o un verdadero hallazgo, si estaba atravesando un recelo chovinista o si tenías razones para llamar la atención sobre una posible herejía. Entonces, antes de volver a denunciar las consecuencias de los reyes y sus conquistas, recordé que había sido el propio Drexler el que había modificado artificialmente la clave del candombe con otros sonidos de madera —vaya a saber cuáles— para esa canción inicial de su álbum, y luego esta declaración: “El candombe es un ritmo que está maravillosamente etéreo en el aire, pero si querés un impulso, si vas a versionar un samba de Gonzaguiña, necesitás un poco más de tierra, ese golpe de la mano izquierda del piano, esa madera como exacerbada. No tiene que ver con el candombe de calle, pero sí con la adaptación del candombe a un formato de canción transmisible. Yo no soy un candombero, pero soy un cancionista y de eso sí que puedo opinar”.
Foto: Inés Guimaraens
Con ese encare, mucho más interesado en la experimentación que en la nostalgia y el homenaje, que no es otro que el de toda su vida, Drexler lideró un espectáculo ambicioso y extenso, complejo y entretenido, de principio a fin, y lo hizo con maestría escénica, con un dominio propio de aquel que puede desarmar un aparato electrónico o mecánico complejo y cumplir con la promesa de volver al lugar cada uno de sus componentes.
En fluido diálogo con los presentes, el artista continuó con la imagen de un submarino para explicar lo que pasa antes de exponer sus nuevas composiciones en sociedad y al mismo tiempo la metáfora fue la introducción de “Hay alguien AI”.
En otro bloque de canciones, fundamentó su vínculo antiguo y permanente con el candombe, e invitó a escena al legendario percusionista Fernando Lobo Núñez para una seguidilla candombera que fue de lo mejor en las dos noches y arrancó con “Bienvenida”, de su disco debut, La Luz que sabe robar (1992), y siguió con el clásico “Tamborero”, escrita para el Lobo e incluida en Sea (2001). El ensamble uruguayo/español sonó armoniosamente y volvió al final del espectáculo, en una cuerda de tambores de sonido contundente y más reconociblemente oriental.
En su relato perfectamente guionado, Drexler se permitió unas cuantas licencias, a favor de oportunos agradecimientos. De sus inicios, con el sello Ayuí, recordó a Mauricio Ubal y a Ruben Olivera y a las 33 personas que compraron aquel primer cassette. La escasa cifra le dio pie para contrastar la de los miles de personas que lo acompañaron este fin de semana otoñal. Y aunque su carrera suma más de 30 años y una discografía sólida, no deja de sorprender su capacidad para llenar estadios con historias que hablan de “un enjambre de moléculas” y reflexiones sobre qué pasaría “si quito uno a uno los unos y ceros” para averiguar “qué queda en el centro del centro”.
Foto: Inés Guimaraens
Hubo momentos reservados para la banda española y para destaques de cada uno de sus músicos, como el de la cantante Miryam Latrece en su solo flamenco de “Cuando cantaba Morente” y en la performance eléctrica de Vicent Huma que recordó a las guitarras de Totem. Hubo tiempo para Drexler en solitario, solo acompañado por una máquina samplera en su mano; el estadio entero cantó, sin estridencias, el coro de “Al otro lado del río”, y Drexler pareció un pastor insospechadamente convincente.
Promediando el show, la escena se trasladó a la otra punta del estadio, donde, sobre una tarima ubicada en el medio, las luces enfocaron a los músicos uruguayos de La Rueda del Candombe. En la tradicional disposición, inspirada en las ruedas de samba brasileña, Drexler se sumó al grupo y recibió a Ruben Rada y Edú Pitufo Lombardo, en un bloque de versiones que incluyó “Lagartombe (una forma de ser)”, del célebre director de murga, y tuvo su pico más alto en el clásico “Candombe para Gardel”, que provocó el baile más grande de la noche. Un show aparte, que en la transmisión del primer show por Antel TV pudo apreciarse con lujo de detalles, se armó entre los rostros de ese científico loco vestido de cantante y el impredecible dios negro, en el punto de poner fin a una canción. Rada siguió un poco más con “Las manzanas” y pudo haber seguido de largo hasta robarse el show, en un momento histórico y de pleno disfrute escénico para los dos.
El domingo tuvo un plus. Como en el disco, el cantante uruguayo Américo Young se sumó en “Nuestro trabajo”, y a propósito de esa letra, Drexler explicitó cuánta importancia le da al trabajo en común: “Yo soy el otro y viceversa”, dijo, y si algo faltó en ese segmento, entre lo mucho que brindó el autor de “Todo se transforma”, fue una plena junto al talentoso Young.
Foto: Inés Guimaraens
En penumbras, muy cerca del silencio, el cantante caminó entre la multitud en el Antel Arena y, con la murga Falta y Resto sobre el escenario, le dedicó a su padre y a Pepe Mujica “Las palabras”, la canción más genial de su último disco. Fue el momento más íntimo de la noche y el más memorable. “Se ordena el cielo cuando las palabras suenan”, expuso el cancionista.
