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Núremberg.

Núremberg: oportuno recordatorio político en una película mediocre

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La película estadounidense advierte sobre las semejanzas entre la dirigencia nazi y actuales líderes autoritarios.

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Los juicios de Núremberg, realizados contra los implicados en varias de las atrocidades del régimen nazi, ocurrieron de 1945 a 1949. Se considera que ahí se sentaron las bases del derecho penal internacional nominalmente vigente. Sin contar los abundantes registros de noticieros, se hicieron decenas de audiovisuales al respecto (documentales, largometrajes de ficción para cine o para televisión, series), incluida al menos una obra maestra (El juicio de Núremberg, de Stanley Kramer, 1961).

Núremberg: El juicio del siglo se concentra en el juicio original, el más llamativo, emprendido entre 1945 y 1946 por un tribunal internacional contra los 24 más altos sobrevivientes de la jerarquía política y militar del gobierno nazi.

Si bien este nuevo largometraje de ficción hollywoodense se ocupa de relatar detalles históricos previendo espectadores que puedan no tenerlos claros, elige el ángulo particular del involucramiento del psiquiatra militar estadounidense Douglas Kelley (1912-1958), cuyo cometido oficial fue certificar el estado de salud mental de los acusados y también prevenir intentos de suicidio.

Muy pronto, Kelley advirtió el valor de ese contacto cercano con la colección de líderes nazis que se contaban entre los mayores criminales de la historia de la humanidad y recopiló datos para un libro publicado en 1947, 22 cells in Núremberg / A psychiatrist examines the nazi criminals. Al parecer sus conclusiones vinieron por el mismo lado que las posteriores, pero mucho más famosas, a las que llegaría Hannah Arendt alrededor de la banalidad del mal: esos tipos eran gente común y corriente, y otras personas comunes y corrientes a las que les hubiera tocado ocupar esas posiciones posiblemente hubieran hecho cosas equivalentes. Lo de Arendt fue controvertido, pero ejerció una enorme influencia en un contexto de creciente “nueva izquierda”. Lo de Kelley, sin embargo, tendió a ser desatendido y su libro no tuvo repercusión. Alcohólico y depresivo, se terminaría suicidando en 1958. La película nos cuenta este desenlace en un letrero al final, y en cambio la anécdota se concentra en su vínculo con Hermann Göring (1893-1946), la primera persona en la línea sucesoria de Adolf Hitler y el más notorio de los acusados en el juicio.

Problemas históricos y problemas con la historia

Este es tan solo el segundo largometraje del director James Vanderbilt (el primero, Conspiración y poder, es de 2015). Su trayectoria fue sobre todo como productor y guionista; en este último rol, tiene en su currículo al menos dos películas notables: Zodíaco, de David Fincher, 2007, y El sorprendente Hombre Araña, de Charles Webb, 2012.

Su estilo es bastante vulgar, y hace pensar en esas películas de euro-Hollywood que tratan de pasar por el Hollywood real. Los exteriores diurnos reciben ese tratamiento paliducho-azulado lavado que estuvo de moda hace treinta años. Los interiores nocturnos (sobre todo en la celda de Göring) en cambio son cálidos, anaranjado-amarronados. No hay una imagen panorámica en la que la grúa no efectúe un movimiento lateral descendente, como si quisiera demostrar que la escenografía no tiene una perspectiva falsa. La manera sumaria en que el juez Robert Jackson plantea la idea del tribunal internacional en una escena escueta parece un guion de película clase B de los años 1930. La música incidental no podría ser más banal, con sus tonos épicos y su retumbe masivo de tambores militares.

Siguiendo esa fijación hollywoodense por los tours de force de transformación física circense (establecidos por Robert De Niro para el rodaje de Toro Salvaje en 1980), Russell Crowe se tomó el trabajo de llegar a 125 kilos para parecerse al corpulento Göring cuando fue capturado, pero los preservó hasta el final del rodaje (el Göring histórico bajó 30 kilos durante el juicio y, en los documentos históricos, luce tan solo un poco llenito). Esto, además del propósito medio tonto de hacer rendir el esfuerzo de engorde de Crowe, puede deberse a una pretensión de pintar a Göring como una figura imponente, lo que está reforzado en el tratamiento acústico de la voz, cuyos graves están exacerbados con esos subarmónicos monstruosos que se vienen aplicando a los Batmans, Darth Vader o Lord Sauron.

Una consecuencia de esto último es que la película termina mostrando algo contradictorio con lo que, nominalmente, proclama: un Göring en cierta forma sobrehumano, casi como si fuera una encarnación del Diablo mismo, en su inteligencia, su capacidad de manipular, su aura. Por otro lado, la perspectiva elegida de “un psiquiatra examina a los criminales nazis” puede suscitar expectativas que quedan lejos de satisfacerse. La película es bastante llana en el estudio de la psicología de Göring y aun menos iluminadora en su generalización a los demás nazis, más allá de nociones medio superficiales sobre el narcisismo. En definitiva, lo que parece que se pretendía era contar, para el público actual, el juicio de Núremberg, pero desperdiciaron buena parte de los esfuerzos en la búsqueda pueril del ángulo original del psiquiatra, en vez de ir directamente al grano.

El letrero del inicio sugiere que los detalles proceden literalmente de los relatos de testigos directos. Algunos parecen derivar de los registros: el imponente discurso del fiscal principal Robert Jackson al inicio del juicio es un resumen fidedigno del original. Otras partes quizá deriven del libro o de los apuntes de Kelley. La película araña cuestiones importantes y algo peludas con respecto al juicio: el problema de aplicar retroactivamente penas por crímenes que no estaban tipificados en el momento en que se cometieron (en especial los crímenes contra la paz y los de lesa humanidad), la necesidad política planteada desde el inicio de obtener un resultado predefinido (que una buena parte de los acusados, en especial los más notorios, fueran condenados a muerte y sin mucha demora, estando decidido además que morirían en la horca en vez de recibir el honor militar de ser fusilados), la necesidad de definir cuidadosamente el alcance del juicio a los alemanes para dejar específicamente afuera eventuales crímenes similares cometidos por los aliados –que los hubo–, y la flagrante violación de la confidencialidad médico-paciente en el hecho de que Kelley también estaba encargado de pasar datos útiles que facilitaran la tarea de la acusación.

Pero también hay mucha cosa que es alevosamente inventada y falsa: el presidente estadounidense Harry Truman fue uno de los defensores más enfáticos de la implementación del tribunal internacional, y no hizo falta convencerlo invocando la influencia del papa Pío XII. Este, por otro lado, también estaba a favor del tribunal, y no hizo falta chantajearlo para que asumiera esa posición.

La escena de la ficticia reunión de Jackson con Pío XII en 1945 sirve para traer a colación la relación turbia de la Iglesia católica con el nazismo y el fascismo. Quizás lo de Truman se haya puesto únicamente con un propósito de eficacia guionística (propiciar a uno de los protagonistas un obstáculo a superar). El hecho es que terminó propiciando algunos aspectos que repercuten en la realidad actual de la política estadounidense y mundial.

Núremberg se estrenó en octubre de 2025, antes, por lo tanto, de las intervenciones ilegales comandadas por el gobierno de Donald Trump en Venezuela e Irán, que, una de dos, son el inicio del final definitivo de las normas de derecho internacional establecidas en Núremberg y darán lugar a un regreso a la ley de la selva o serán oportunamente (no cuesta soñar) condenadas con base en dichas normas. Quizá los realizadores estuvieran pensando en la acción del gobierno israelí en territorios palestinos o en la invasión de Ucrania por el gobierno ruso.

Sea como sea, como materia de reflexión política, esta película terminó resultando muy oportuna y da pena que sea tan fallida en otros aspectos. Göring dice que su atracción por Hitler se debía a que prometió devolverle a Alemania su gloria pasada –no cuesta nada asociarlo al lema Make America Great Again–.

Concluyo citando algunos diálogos:

Kelley: Hoy en día hay gente como los nazis en todos los países del mundo.

Periodista: En Estados Unidos no.

Kelley: Sí, en Estados Unidos. Sus patrones de personalidad no son extraños. Hay personas que quieren estar en el poder. Y aunque usted diga que aquí no existen, yo diría que estoy bastante seguro de que hay personas en Estados Unidos que estarían dispuestas a pasar por encima de los cadáveres de la mitad de la población estadounidense si supieran que así podrían hacerse con el control de la otra mitad. [..] Atizan el odio. Es lo que hicieron Hitler y Göring, y es de manual. Y si cree que la próxima vez que ocurra los vamos a reconocer porque estarán llevando uniformes amedrentadores, está completamente loco.

Jackson: Solo podremos acabar con la tiranía doméstica cuando todos los hombres rindan cuentas ante la ley, de modo que eso nunca vuelva a suceder.

Triest: ¿Sabe por qué eso ocurrió acá? Porque la gente permitió que pasara, nadie se opuso hasta que fue demasiado tarde.

Núremberg: El juicio del siglo. Basada en el libro The nazi and the psychiatrist, de Jack El-Hai. 148 minutos. En Torre de los Profesionales, Life 21, Movie Punta Carretas, Alfabeta, Movie Montevideo, Tres Cruces, Portones, Punta Shopping, Cines del Este (Maldonado).

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