A las diez de la mañana de un jueves, el Ruso, de 93 años, pivotea sus manos entre dos o tres mesas con apuntes y libros que ya no sabe dónde poner y teclea con rapidez la computadora con la que sigue escribiendo para ubicar un link.

“Un milagro es un milagro. Si le desconfiás, no se da”, se lee en una página de su nuevo libro, Desde la ventana, recientemente editado por Alfaguara.

Dramaturgo, narrador, polemista, periodista, Mauricio Rosencof escribe y actúa en política desde hace más de siete décadas, que incluyen su trabajo fundacional en el MLN-Tupamaros y una docena de años como rehén de la dictadura. Algo de eso cuenta en El bataraz, la novela que publicó en 1991 y que por estos días se representa, en versión de Joaquín Doldán, en el Centro Cultural Florencio Sánchez.

Una caricatura en blanco y negro, colgada cerca de la entrada de su taller-oficina, representa las “turbulentas energías” con las que Ángel Rama describía a Rosencof en una nota de Marcha, a la vuelta de un viaje por Europa del Este, allá por 1965. El autor de la ilustración es Peloduro, apunta el escritor a la pasada, entre bromas futboleras y de boliche que deslizan su confianza, mientras nos guía por un pasillo de su apartamento del barrio Malvín. Más tarde, cuando se afirme en un comentario de la actualidad política o evoque el más antiguo de sus recuerdos, la tinta celeste que le falta al dibujo se encenderá como fuego de brasas en el fondo de unos ojos a los que no se les escapa nada.

Otro dibujo en la pared, que aprecia entre sus más valiosos, lo empuja a imitar los movimientos del gaucho retratado a lápiz en plena acción de combate: “Ese es Ulpiano, el protagonista de la obra Los caballos. El Pepe después se puso ese seudónimo, que viene de los blancos”. El Pepe es José Mujica, de cuya muerte se cumplió un año el miércoles. En el estrecho vínculo con su compañero se mezcla la ficción teatral con la realidad del campo de batalla.

Esta semana, en un audiovisual, en el homenaje que el MPP le rindió a Pepe Mujica en el teatro El Galpón, contaba que una de las cosas que tenía en común con el Pepe era don Quijote de la Mancha. ¿Puede retomar esa historia?

Cosas de muchachos, paralelas a las otras cosas que vivimos. El Pepe había agarrado para la universidad que estaba en el viejo edificio abandonado de la Facultad de Ingeniería. La dirigía Alberto Zum Felde, ¡mirá, vos!, y tenía unos profesores del carajo. José Bergamín, intelectual y católico, que había sido un hombre clave en la revolución española y se tuvo que exiliar, daba unas clases que eran un espectáculo, con esa gracia española. Los franquistas no podían aceptar que un católico anduviera con esos comunistas. Y una vez que lo soltaron había dicho: “Con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más”.

Conocíamos también a un profesor que para nosotros fue la historia contada desde el mostrador: Paco Espínola. En torno a él hay toda una historia que, entre vino y vino, nos fue contando. Yo iba al liceo nocturno y me iba a todas sus clases, y Pepe lo tenía en Humanidades.

Llegaron por diferentes lugares.

Seguro. Es la generación tocada por lo más entendible, lo más accesible, lo más próximo a la guerra civil española. Agarramos los refugiados, la derrota, el espíritu. A la vuelta de casa había un chacarero que venía de la guerra civil española.

Con el Pepe tenemos las mismas lecturas, las mismas pasiones literarias. Por eso, cuando yo pinto por el rancho –viste que no hablo en pasado; no me sale–, lo primero que hacemos es tirarnos versos. Esa vez que mencionás fue igual. Creo que fue la penúltima vez que lo vi. La última fue en el Palacio.

Pero aquella vez en la chacra me dijo: “Mirá, Ruso, ahora lo que estoy estudiando es el Quijote. La conferencia a los cabreros. Es una cosa bárbara, lo tengo por acá”. Él ya estaba recostado y estiró la mano hacia la biblioteca y por ahí se desbocó el Quijote y cayó a plomo sobre la mesa. Si hubieran sido las obras completas todavía estábamos buscando en el pozo. Y abrió esa página: el Quijote y Sancho Panza están perdidos en el monte. Es de noche, hace frío, tienen hambre, y de pronto ven una hoguera, caminan hasta ahí y se presentan. Los reciben, les dan pan, queso y, para mayor gloria de Sancho, vino. El Quijote quiere agradecer, pero no sabe con qué, pero sí tiene con qué. Entonces agarra una piña y ahí empieza el discurso de los cabreros, que termina con algo que puede ser la introducción a cualquier texto revolucionario anunciando los días que vendrán: “Felices tiempos aquellos que los antiguos llamaron ‘dorados’, no porque existiera ese metal, sino porque no existían estas dos palabras: tuyo y mío”. Pepe lo iba leyendo en el libro y yo estaba ahí, echado al costado, en un dúo quijotesco. Después seguimos con Atahualpa Yupanqui.

Así que siguen en contacto.

Es una cosa muy especial. Hoy hablaba de eso con Ricardo Ehrlich. Plantearnos ir a la chacra es una cosa habitual, aunque él vaya por unos motivos y yo por otros. Yo te cuento esa conversación, pero la estoy viviendo. Ahora saqué un libro, Desde la ventana, que tiene que ver con el Pepe y con el Ñato [Fernández Huidobro] y con el período que tuvimos 12 años sin mirar pa fuera. Y termina con la frase: “Chau, Pepe, nos estamos viendo”. Eso resume bastante del estado que uno tiene cuando piensa en los compañeros con los que ha pasado una vida peliaguda.

Antes de seguir con otros temas, ¿fue lector de GK Chesterton?

Ni que hablar. Un autor que manda las palabras desde lejos. Los relatos de él, notables. Ese dios gordito que corre el ómnibus y lo agarra con total solvencia [de El hombre que fue jueves].

Con él comparte la intensidad de los recuerdos infantiles como fuente de su literatura.

Hay una cosa que es fantástica. No sé cómo encararla, pero trato de volcarla en cada cosa que tecleo: cuando entra a actuar tu memoria y pasa la sinopsis de situaciones que viviste, las situaciones son iguales a las del momento en que se produjeron. ¿Quién archiva eso? ¿Dónde está? Porque además te pueden aparecer en cualquier momento. Vos no las llamaste, no pediste que vinieran. Como cuento en Mi hermano Leonel [2025]. Murió a los 16 años, y yo converso con él. Cuando estaba en cana, dos por tres me caía. No decía una palabra, aparecía igualito, de pantalón corto. Yo le preguntaba por mamá.

Foto del artículo 'Mauricio Rosencof: “Tenemos un gobierno para hacer las cosas que queremos en beneficio de los más infelices. Lo otro es verdurita”'

Foto: Gianni Schiaffarino

Claro, tuve otras visitas que son para cuestionarme. Me caía Jesús. Una vuelta, voy a armar un tabaco, se me habían terminado los cuatro fósforos que tenía y, de pronto, aparece una mano y enciende un Ronson. Y lo primero que se me ocurrió decirle fue: “Mirá qué publicidad”.

¿Qué recuerda de sus años de cronista parlamentario?

Agarré un Parlamento de muy buen nivel. En esa casita había de todo y los vi agarrarse a las piñas. En el Partido Colorado estaban [Julio María] Sanguinetti, Jorge Batlle, [Manuel] Flores Mora, y en el Partido Nacional estaban Wilson [Ferreira], [Mario] Heber, y te podría nombrar a muchos más. Gente que tenía una formación cultural y un sentido de la discusión que está a años luz de la que se está viendo por estos días en un lugar similar al que no me atrevo a decirle “parlamento”. Yo entraba en la bancada de [Enrique] Erro o en la de Maneco [Flores Mora], que nos conocíamos y me estimaba mucho.

Había una democracia muy fina, que no perdía el carácter barrial. De pronto estoy idealizando, viendo esta bruma que se nos viene encima, donde no sé quién los educó, en un tono donde están todos esperando qué dice, en este caso el oficialismo, para ir a buscar el balde al excusado y echar mierda. Y acá no hago discriminación de ningún tipo. El país no puede marchar así, tiene que haber cuestiones fundamentales en las que haya entendimiento.

El Pepe, que tenía raíz blanca, era admirador de Batlle y Ordóñez y mencionaba las cosas buenas que había hecho. Después se hizo zurdo cerrado. Era de los pocos que habían conocido en China a Mao Tse-Tung. El Pepe era, como decíamos nosotros, político, militar y de servicio.

Una vez estábamos preparando una actividad en La Blanqueada. Caminábamos por Garibaldi y cuando llegamos a Monte Caseros, el Pepe, que era de la teoría de que el que está clandestino tiene que andar bien comido, porque hay mucho desgaste, nos dice: “Por ahí hay una parrillada que está bárbara”. Y yo dije: “No, vamos a tener disciplina”. El Pepe se fue con el otro compañero. Había un milico y le encajaron siete chumbazos. Se salvó en el anca de un piojo. Estaba en el Hospital Militar. Dos meses después, una enfermera me hizo llegar un mensaje que era solo para mí: “Estoy mejor. Ya tengo todo calculado. Me pasaron para un cuarto que tiene ventana, a un piso y medio de una placita. Tiro el colchón, después me tiro yo y ustedes me levantan”. O sea, con chumbos por todos lados, seguía con ganas de volver a la actividad. La canción del Pepe era “De vuelta al bulín”.

En 1964 hizo un viaje por Europa que, entiendo, fue muy importante en su vida en muchos sentidos. Había quedado muy impactado por el teatro checo y los comunistas italianos.

Tenía el motivo de las convulsiones que se estaban dando en la Unión Soviética. Había caído Nikita Jrushchov. De él nos había impactado mucho la cuestión del informe sobre las transgresiones que se producían en la Unión Soviética.

Nosotros fuimos invitados. Estaban Zhou Enlai, el Che Guevara, y [Rodney] Arismendi [secretario del Partido Comunista uruguayo], por supuesto.

Hubo cosas que no me gustaron, pero no estaba para cambiar mi ética, digamos. Cuando volví a Uruguay comenté esas cosas. No podía ser que desapareciera del Museo de la Revolución un hombre que 48 horas antes yo había defendido, discutiendo públicamente la resolución del Congreso 20 [del Partido Comunista]. No soy jrushchovista ni nada parecido. Soy uruguayo y todo el mundo sabe de qué sector soy, pero aquello llamaba la atención.

Cuando vuelvo, Ángel Rama me hace una entrevista y ahí se arma. Hubo una reunión de todo el Frente [Izquierda de Liberación] en la Seccional Sur. Estaba Atahualpa de Cioppo, todos los actores y los escritores, y recuerdo a Jaime Pérez. Yo hice una cosa muy sencilla. Éramos muchos y nos daban a cada uno algunos minutos. A mí los compañeros me daban algunos más, y yo dije: “Con esos minutos no me alcanza. Yo vine con una docena de libros”. Me los habían dado los griegos y los italianos. Fijate que ahí conocí a Manolis Glezos, el que bajó la bandera nazi del Partenón. Y cuando me tocó hablar expliqué que no podía hablar en nombre propio porque no tenía formación, pero que había estado en el mismo congreso con gente que habían escrito cosas que nos podían servir. Por ejemplo, en Italia me habían contado de un pedido que había hecho el Comité Central de la Unión Soviética que tenía indignados a los italianos, que habían dicho que no. Había muerto Palmiro Togliatti; en su testamento decía estas cosas de las que estamos hablando. Y desde el comité pedían que se suprimiera esa parte. Y eso lo conté acá. Traía elementos que daban lugar a una discusión. No para irse o para cambiar todo lo demás.

¿Cómo han cambiado las injusticias de Uruguay? ¿Son las mismas de siempre?

Es muy difícil calibrar eso. En los tiempos en los que nos encontramos con [Raúl] Sendic en las arroceras, los peones no cobraban en dinero. Les daban unas tarjetas de cartón que se las firmaba el administrador y ese era el salario. Si necesitaban un medicamento, iban a la cantina de la empresa y se lo descontaban. Trabajaban 12 horas, descalzos. Después de la jornada tenían que sentarse en una taipa y sacarse con un brasero las sanguijuelas que se les pegaban.

Hoy pasan otras cosas.

No sé si no siguen pasando. En aquella época el contratado era el peón, pero se movía con toda la familia y todos trabajaban, y andá a quejarte. Hoy la salud es otra. Estábamos por Tacuarembó con una marcha. Había un nenito, de un año y medio, muy enfermo. ¿Médico? Nada. Pero había un vencedor. Y la gente, por necesidad, termina creyendo. Entonces el vencedor y la familia acordaron una mañana hacerle una vencedura al gurí. El hombre armó el fuego, la madre estaba con el bebé en brazos. En una lata de duraznos vacía puso agua hirviendo, y la técnica curativa era arrojar dos brasas bien rojas –si quedaban en el fondo de la lata, el diagnóstico era uno y, si subían, era otro– mientras él hacía la señal de la cruz y susurraba: “Mal maligno, como entraste, tú has de salir. Yo te corto en nombre del Espíritu Santo, amén”. A los dos días seguimos la marcha, con un caminante menos.

Foto del artículo 'Mauricio Rosencof: “Tenemos un gobierno para hacer las cosas que queremos en beneficio de los más infelices. Lo otro es verdurita”'

Foto: Gianni Schiaffarino

Lo que pasa ahora es distinto. En esto que largué, el libro Desde la ventana, hay una reflexión que viene al caso. Hoy si vivís en un edificio te da la sensación de que estás en el patio de un penal. Está lleno de ventanitas todo el horizonte. No ves a nadie lavando ropa o alguien que te grite, y por ahí te queda un pedacito de mar que termina en la pared del siguiente edificio. Estamos viviendo en la sociedad del apartamento, y las cosas que modificó todavía no están analizadas.

En el barrio en el que yo vivía, el veterano que ya no daba más sacaba una silla a la vereda, se tomaba un mate, charlaba con el vecino de fútbol, de amores. Y la vereda estaba llena de chiquilines; ahora no se ven ni de casualidad. Antes, a la hora de la siesta había que hacer silencio para no despertar a la abuela que estaba durmiendo, y que te enseñaba a tejer, hacía un plato de comida. La historia quedaba toda ahí, hasta en el mostrador del boliche.

¿Y por qué hay una disminución de la natalidad? Alquilaste un apartamento con dos dormitorios, en uno duerme la pareja y te queda otro para la nena. No podés tener otro embarazo y tampoco podés tener a tu madre. Y así desterramos a los viejos. Está lleno de casas de salud. Vas a un cumpleaños y la mitad de los gurises ni se miran la cara porque están ocupados con sus teléfonos.

Hoy hablaba del Parlamento. ¿Cómo ve al presidente, Yamandú Orsi?

Creo que es un fuera de serie que tiene dos parlamentos –el parlamento de él y el de los intendentes–, porque se crio ejerciendo desde ese lugar. Es muy sensato, muy correcto y muy inteligente, y tiene su estilo propio, muy distinto del de los demás. Y como es distinto ha creado desarticulaciones, pero no me importa, y esto no te lo digo desde el punto de vista analítico.

Yo antes de hablar en público o ante un cucurucho de esos que son micrófonos, para decir que no tenía que subir al barco y qué sé yo, me lo trago. Antes que nada está la fuerza política, antes que nada tenemos un gobierno para hacer las cosas que queremos en beneficio de los más infelices. Lo otro es verdurita para tener una postura ligeramente distinta y que alguien te diga: “Mirá, podés elegir a él o a mí, pero yo soy más de izquierda”.

Fijate que se dio todo eso del barco y al otro día se anunció una reunión de Lula con Trump, y a nadie se le ocurre discutirle a Lula su condición de izquierda. Las relaciones son así. Nosotros estuvimos 25 años para tener un tratado como el que se acaba de firmar [con la Unión Europea]. Y ya salieron las primeras partidas sin impuestos.

Me hizo acordar a la historia del vecino que lo acusó de burgués, que está en uno de sus libros.

Perfectamente. Tengo clarita toda la historia. Donde vivíamos nosotros, que teníamos dos cuartos, en uno estaba el taller del viejo y en el otro dormíamos mi hermano y yo. Y en el altillo estaba Ramón Lescano, obrero de la construcción, que nos había hecho unos banquitos chiquitos con resto de madera para tomar mate. La vieja me mandaba a la vereda, no habían empezado las clases. Sentíamos que los tranvías molestaban con el ruido. Se nos dio por tirarle piedras cada vez que pasaba. Un día se calentó el conductor del tranvía, frenó y nos empezó a correr, y yo arranqué y me di contra una columna y me reventé la cabeza. Me acuestan en la cama de mis padres, estaba ahí quietito, con las sábanas limpitas, blancas. La vieja le había contado lo que me había pasado a Lescano. Entonces entra, lo miro, me mira y me dice: “Estás hecho un burgués”. Yo sentí que eso era de las peores cosas que me podían decir, y me quedó para toda la vida.

¿El Frente Amplio no se ha aburguesado un poco en el poder?

No. Tenés que partir de la base de que desde su origen es producto de distintas corrientes y que tuvo en aquel momento dirigentes inteligentes, cultos, sagaces como para entender que las reivindicaciones particulares de cada sector pasan a segundo plano cuando se logra un programa global entre todos los puntos básicos. Eso lo impuso [Liber] Seregni y eso lo aceptaron el Partido Comunista de Arismendi, el Partido Socialista, de [José Pedro] Cardoso, de [Arturo] Dubra, el Partido Demócrata Cristiano.

¿Cómo se resuelven las diferencias que manifiestan algunas figuras del Frente con el ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone?

Se discuten. Tenemos lugares donde discutir. Yo estuve en dos reuniones hace poco y estaban todos cayéndoles a algunos puntos del Frente. Entonces les digo: “Bo, ¿ustedes son blancos?” Porque los blancos, cuando se reúnen, no discuten de los pasaportes, o de Cardama, o de las tierras para los tamberos, discuten sobre cómo cagar al Frente. Largamos lo de Cardama y ahora parece que los que están a la ofensiva son ellos y nosotros nos dedicamos a discutir si Orsi hizo bien en subirse a un barco. No nos podemos comer esa mandarina. Los cucuruchos los tenemos en contra, no seamos giles. ¿Sabés lo que puede haber perdido el Frente, porque lo siento en carne propia? Mostrador.