Sonny Rollins (archivo, noviembre de 2012).

Foto: Sergio Limongelli, Flickr

A los 95 años murió Sonny Rollins, el legendario saxofonista que solía tomarse años sabáticos para luchar con sus adicciones

El músico estadounidense fue clave en el surgimiento del hard bop y colaboró en un clásico de los Stones.

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Walter Theodore Rollins nació en Harlem, Nueva York, el 7 de setiembre de 1930, como el menor de tres hermanos e hijo de padres nativos de las Islas Vírgenes. Ese origen se iba a reflejar en su estilo innovador y en la sonoridad de algunos de sus clásicos, como el pegadizo “St. Thomas”, dedicado a la isla caribeña e inspirado en una melodía que le cantaba su madre, incluido en su influyente álbum solista Saxophone Colossus, de 1956. Él mismo sería conocido como Coloso, o, simplemente, como Newk.

Su agitada y prolífica vida artística comenzó a los ocho años, cuando obtuvo su primer saxo alto. En la escuela Benjamin Franklin de Harlem se pasó al piano y poco después adoptó el saxo tenor como su instrumento definitivo. En 1949 se sumó a la banda de bebop del cantante Babs Gonzales y en 1951 grabó su primer álbum junto con Miles Davis (Miles Davis and Horns), a quien también acompañaría en los discos Dig (1951), Collectors' Items (1953) y Bags' Groove (1954). El célebre trompetista hablaba de la producción de Rollins como “algo extraordinario. Brillante”. También fue parte de los grupos del pianista Thelonious Monk y del saxofonista Charlie Parker, por lo cual se lo suele señalar como el último prócer de la edad dorada del jazz que tocó junto con los pioneros de su vanguardia.

Con su colega John Coltrane mantuvo una rivalidad de mutuo respeto. Los dos gigantes del saxo tenor se encontraron en 1956: el cuarteto de Rollins grababa en los estudios de Rudy Van Gelder, en Nueva Jersey, cuando Coltrane pasó a saludar y fue invitado a participar en la grabación de “Tenor Madness”, el tema que da título a la placa registrada ese año.

Los conocedores le adjudican a Rollins un papel fundamental en el pasaje del bebop al hard bop gracias a la incorporación de elementos del blues, el R&B y el góspel. La paleta desprejuiciada de Rollins, con sus sonidos caribeños incluidos, aportaba un sonido más crudo, rítmico y particularmente expresivo a la complejidad y el vértigo, a veces poco accesibles, del bebop. “Básicamente, Rollins dominó esta forma de improvisar utilizando temas y fragmentos de temas: inventando melodías y fragmentos de melodías, y desarrollándolos de una manera que no era muy diferente a como Beethoven podría desarrollar un tema en una de sus sinfonías”, explicaba el musicólogo Kwami Coleman en un artículo publicado por la revista The Jazz Review en 1958.

En diez años, entre 1949 y 1959, Rollins publicó más de 30 álbumes entre trabajos solistas y colaboraciones, y hacia el final de la década se sentía disconforme con el sonido que salía de su saxofón.

Antes de ese período había comenzado su adicción a la heroína, que lo empujó a cometer un robo a mano armada que lo mandó a la prisión de Rikers Island, en la que pasó diez meses preso durante 1950. Más tarde, en 1954, su adicción lo obligó a internarse en una clínica de rehabilitación de Chicago.

En 1960 decidió retirarse de los escenarios para tomarse el primero de varios años sabáticos de reflexión e introspección personal y pasar los días solo, tocando el saxo en un puente de Brooklyn. En otras etapas de su vida adoptaría la práctica del yoga y probaría la meditación y una terapia experimental con metadona.

“Cuando oí aquel sonido por primera vez, pensé que lo había imaginado”, relataba el periodista Ralph Berton en un artículo publicado en julio de 1961 por la revista Metronome, que daba cuenta de esa presencia insólita en el paisaje urbano. “Era improbable oírlo en medio de aquel puente: el sonido de un saxofón tenor, que me llegaba en débiles fragmentos recurrentes a través del brillante vacío, como notas a pie de página del lejano y discontinuo mugido de los remolcadores en el río, muy abajo. Era un saxofón tenor de jazz experto, de primera clase, el sonido de un maestro. Tocaba cambios y curvas extrañas, saltando octavas con la zancada fluida de un corredor de vallas olímpico”.

Fuera del jazz, la participación más notable del saxofonista se escucha en uno de los temas más conmovedores de The Rolling Stones. Aunque su simpatía se inclinaba por The Beatles, la insistencia de su esposa hizo que el músico de Harlem aceptara la invitación de Mick Jagger y grabara tres temas para el disco Tattoo You, entre ellos el clásico “Waiting on a Friend”.

“Me gustaría ser recordado como alguien que intentó ser una persona mejor y que no escuchó al público. O sea, hice mi música y un montón de cosas, pero solo escuché a mi consciencia y di esa lucha dentro de mí”, reflexionaba Rollins, que falleció este martes a los 95 años en su casa de Woodstock, en el estado de Nueva York, en una de sus últimas entrevistas, subida por el canal Better Jazz. “Para ser recordado, tengo que seguir luchando, y es lo que hago cada día. Esta es una constante lucha hasta que nos despedimos de este avión y nos mudamos nosotros mismos”, concluía el músico.

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