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_La invitación_.

La invitación.

La invitación: una historia teatral elevada por su elenco y por una muy cuidada dirección

Olivia Wilde se destaca en sus dos roles y sostiene una trama conversada y densa.

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Tengo un especial cariño por aquellas películas que se resuelven en espacios pequeños o en pocos escenarios, en parte por el desafío que implica imponerse esos límites, pero también porque eso democratiza un poco la producción cinematográfica al permitir que se cuenten historias con menos recursos. Por supuesto que la falta de recursos suele ser la motivadora del desafío, y eso también es interesante.

Claro que esta disposición espacial acotada puede transformar al cine en una especie de “teatro filmado”, y la realidad es que el séptimo arte se ha alimentado de la dramaturgia en innumerables ocasiones, a veces escondiendo todo vestigio de teatralidad y otras abrazándola como característica fundamental de lo que se está contando.

A los pocos minutos de estar viendo La invitación (The Invite), la más reciente película de Olivia Wilde, imaginé que el origen de la anécdota debía encontrarse en las tablas. Después supe de la película española Sentimental (Cesc Gay, 2020), basada en una obra de teatro del propio director, y de otros cuatro films realizados en Italia, Suiza, Francia y Corea. Sin haber visto ninguna de las otras invitaciones, fui atrapado por el trabajo actoral y de dirección, lo que en el caso de Wilde es admirable por partida doble.

Todo transcurre en el apartamento en el que viven Joe (Seth Rogen) y Angela (Wilde). O casi todo, porque la secuencia de títulos los muestra realizando tareas fuera de ese hogar, con una edición y una musicalización interesantes. El esmero en ese arranque, que en otras películas sería una sucesión de clips con los nombres de los involucrados sobreimpresos, era un adelanto de lo que se vendría.

Desde un primer momento se suceden los desencuentros. Lo único en lo que parecen estar de acuerdo es la molestia que les causan los vecinos del piso de arriba cuando tienen relaciones sexuales a altas horas de la madrugada, pero ni siquiera se ponen de acuerdo en cómo enfrentarlos. A todo eso se suma que los vecinos están por llegar para compartir una cena de camaradería, organizada por Angela y sufrida por anticipado por Joe.

La llegada de Piña (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton) no hace más que exacerbar las dificultades de pareja de los dueños de casa. El guion plantea un juego de revelaciones y diplomacia en donde los comportamientos van cambiando de acuerdo con cómo cambia la forma de verlos de la persona que está enfrente. No en vano en ese lugar hay un montón de espejos.

El apartamento es el quinto protagonista de la historia. Lo conocemos por la recorrida que se les hace a los visitantes, porque eso dicta el protocolo de quien conoce una vivienda por primera vez. De paso, refuerza el exceso de confianza de los vecinos de arriba, en especial Hawk, quien tensa los elásticos de las caretas que usan los anfitriones. Que son de esos elásticos que se rompen con solo mirarlos.

Este es el momento de señalar el trabajo de dirección de Wilde, en su tercer largometraje después de Booksmart y No te preocupes, cariño. En este mundo de contenido abundan las películas en las que una conversación está filmada con una cámara que toma a ambos interlocutores y otras dos, una para cada uno de ellos. De tomas genéricas con fotografía genérica que, en ocasiones, se las arreglan para no perjudicar al guion. Por suerte queda Steven Spielberg, aunque en El día de la revelación sea el guion el que deja muchísimo que desear.

Aquí hay un trabajo muy destacable de la directora, que busca el lugar perfecto para plantar la cámara y hacer el blocking de los actores, en tanto colocarlos dentro del espacio para lograr el mejor efecto dramático. No en vano se trata de un elemento fundamental en el teatro.

Seth Rogen hace uno de los mejores papeles de su carrera y no esconde su ya famosa risa contagiosa, que se parece al grito de felicidad de una foca. Wilde hace muchísimo cuando le toca estar en silencio, con expresiones faciales que comunican más que cualquier parlamento. Edward Norton también vende con los ojos, mientras que Penélope Cruz no desentona dentro del elenco, aunque quizás se destaque menos.

Es, lógicamente, una película conversada. Y en ese sentido también es una película densa. Que tiene sus mejores momentos cuando los protagonistas están tratando de descifrar a los otros, incluso cuando se trata de su propia pareja. La reunión fracasa desde el primer minuto con la elección del menú, y las dos parejas la van remontando con charlas acerca de temáticas tan variadas como la maternidad, la decoración y (por supuesto) el ruido a la hora de tener relaciones sexuales, salpimentadas de grandes momentos de humor. Los vecinos de arriba terminan fascinando a los de abajo, que quieren saber más sobre su estilo de vida.

La acción nunca se vuelve demasiado estática, porque hay diferentes instancias de separar al cuarteto en parejas cruzadas, lo que le da aire a la historia que volverá a unirlos en la sala principal. Para cuando la cosa se vuelve monotemática y el sexo acapara la conversación, es posible que los 107 minutos comiencen a sentirse. De todas maneras, hay suficientes giros para mantenernos curiosos de cara al cierre, y un final abierto que cierra (qué ironía) con un moño lo visto hasta ese momento.

Por más disfrutable que sea, no se recomienda como salida de primera cita. Y es más probable que sea una salida de última cita, así que conversen bastante antes de ir al cine.

La invitación. 107 minutos. En cines.