Contraluz.

Foto: Santiago Mariño, difusión

En Contraluz, Fernanda Muslera retoma una historia que dejó pendiente hace diez años

Ambientada en una milonga, la obra encuentra a los personajes después de una audiencia de divorcio.

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Una característica de las obras de Fernanda Muslera, periodista además de dramaturga, es el abordaje de vínculos como la pareja, con especial énfasis en la amistad y la seducción. “En El amigo fantasma, por ejemplo, un grupo de amigos se reconfiguraba a partir de una tragedia; en Rescate a la dama con tutú, la amistad era retratada y puesta a prueba. E incluso en Luz negra, lo que veíamos era a dos amigas y dos amigos en un casamiento y las dinámicas entre ellos”, dice a la diaria.

En Contraluz, su nueva obra, hay un foco fuerte en la amistad femenina. “Creo que hasta ahora, más que la pareja en sí, lo que me ha interesado explorar es la seducción y el deseo en sentido ampliado. Fue claro, por ejemplo, en mi última obra, Para siempre la nada, donde el arte sublima el deseo. La seducción funciona como una rendija a través de la cual se ven las máscaras, pero también lo que se esconde detrás”, agrega.

En Contraluz retomás personajes de Luz negra. ¿Por qué?

Creo que la idea nace de una necesidad de retomar esos seres y esa dinámica tan particular que existía entre ellos. Si, en Luz negra, Paula, Leopoldo, Renata y Martín se encontraban en la fiesta de casamiento de unos amigos cuando tenían 30 años, ahora, en Contraluz pasados diez años, ellos están en los 40, y lo hacen después de la audiencia de divorcio de los amigos que se casaron en Luz negra. La necesidad también surge porque yo pertenezco ahora a la generación de los 40, y creo que hay un salto muy grande entre ambas edades en cuanto a las configuraciones vitales. Entonces, necesitaba que esos personajes crecieran, un poco también como sucedía en la trilogía de Richard Linklater. Con Luz negra intenté mostrar un retrato generacional, y ahora también busco eso, pero desde otra complejidad, que creo que es mayor en esta edad.

Luz negra no estaba situada específicamente en un boliche, pero la sala se ambientaba como un salón de fiestas. Contraluz sí sucede en un bar. ¿Por qué elegís esos espacios, y el alcohol, como dinamizadores?

Al escribir Luz negra imaginaba que la obra se situaba en un salón de fiestas real. Finalmente la hicimos en La Cretina, bifrontal, con la intención de que el espectador se sintiera un voyeur, como si estuviera al lado de los personajes y pudiera sentir casi que los conocía y que estaba espiando desde la mesa de al lado. Ahora en Contraluz quise desarrollar esta idea, pero de verdad. Que los espectadores sí estén sentados en mesas y sientan que son testigos casuales de lo que están viendo esa noche. Pero, en realidad, el espacio no es simplemente un bar. Es una milonga, y las milongas en general, y Joventango en particular, tienen para mí la mezcla perfecta del bar y el teatro, porque tienen esa cosa social y nocturna del bar, pero también una mística particular, una magia que las emparenta con el escenario.

Respecto del consumo de alcohol, no es que lo elijo, lo que intento es integrar algo que sucede. En esta obra es retratado además con otra luz, porque el personaje de Renata tiene una adicción al alcohol, entonces no es un mero dinamizador. Es, como tantas otras adicciones, con o sin sustancia, una forma de evasión, una muestra de nuestra incapacidad de gestionar el dolor y de nuestra necesidad de anestesiar la vida.

Si bien la comedia romántica existencial es parte de tu interés, en este caso Linklater parece más cercano que Woody Allen. ¿Cuáles son tus referencias para este trabajo?

Luz negra estaba muy influida por Woody Allen, pero en especial por la trilogía de Linklater, y era más bien una comedia romántica. La influencia de Linklater vuelve a estar en la decisión de retomar a los mismos personajes diez años después –Luz negra se estrenó en 2019, pero la escribí en 2016– y en la apuesta conversacional. Pero considero que Contraluz no es una comedia romántica, sino una comedia dramática. Estos personajes vienen con una carga vital diferente, porque a los 40 ya te enfrentaste a diferentes situaciones: divorcios, paternidades, fallecimientos, hijos chicos y padres añosos; hay un contraste entre la expectativa y la realidad, aparece el multiempleo, el agotamiento, muchas veces la desilusión, pero también una mayor claridad de lo que se quiere y lo que no, y una búsqueda por lo verdadero, por las conexiones auténticas, no superficiales. En ese sentido, las máximas influencias de Contraluz son Seinfeld y Chéjov. Aunque parezcan referencias muy distintas, creo que hay algo chejoviano en Seinfeld: retrata personajes que parece que hablan sobre la nada, y el humor aparece ahí, en la observación de las nimiedades cotidianas, pero en el fondo está pasando de todo y eso que está pasando son nuestras heridas, neurosis, inseguridades y tragedias.

¿El elenco conocía Luz negra?

Patricia Porzio fue la protagonista de mi obra anterior, Para siempre la nada. Pero ella y el resto de los actores [Pablo Isasmendi, Stefany Bartaburu y Claudio Martínez] no vieron Luz negra, aunque sí leyeron el texto. Sofía Núñez, que es la asistente de dirección y tiene una participación en escena como Silvita, la moza del bar, sí la había visto; con ella soy amiga desde esa época.

Es muy lindo trabajar con este elenco, no solo porque tienen tremendo talento y calidad humana, sino porque creo que aportan muchísimo a estos personajes en esta edad en particular. En diez años las personas cambian mucho y, en ese sentido, me pareció interesante lo que el cambio de actores aportaba a esta idea. También creo que me dieron una libertad de no intentar copiar Luz negra, sino de que Contraluz sea algo nuevo e independiente. De hecho, no hace falta para nada haber visto Luz negra para entender esta obra, aunque si la viste también te puede aportar, pero nadie queda afuera. Cuando veo a este elenco, veo a los personajes que imaginé, pero también veo cómo los hicieron crecer con eso tan único y particular que solo cada uno de ellos podía aportar.

Contraluz. Los jueves a las 20.30 en Joventango (Aquiles Lanza 1235). Entradas $ 600 en Redtickets.

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