La Ilíada narra la historia de un héroe obsesionado por la fama y el honor. Aquiles puede elegir entre una vida sin brillo, larga y tranquila, si se queda en su país, o una muerte gloriosa si se embarca hacia Troya. Y decide ir a la guerra, aunque las profecías le advierten que no regresará. Aquiles pertenece a la gran familia de las personas deslumbradas por un ideal, valientes, comprometidas, melancólicas, insatisfechas, empecinadas y propensas a tomarse muy en serio a sí mismas. Alejandro Magno soñó desde la infancia con parecerse a él y buscó inspiración en la Ilíada durante los años de su fulgurante campaña militar.
En cambio, los personajes de la Odisea valoran más intensamente la vida, con sus imperfecciones, sus instantes de éxtasis, sus placeres y su sabor agridulce. Ulises, que también ha luchado en la guerra de Troya, desciende vivo al inframundo, donde le salen al encuentro sus compañeros muertos en combate. Cuando se encuentra cara a cara con el fantasma de Aquiles, habla con él, diciéndole que su gran sueño de gloria se ha cumplido: todos los griegos lo recuerdan como el más grande y valiente de todos los guerreros. Pero Aquiles responde: “No intentes consolarme de la muerte, noble Ulises. Preferiría seguir sobre la tierra y servir en la casa de un hombre pobre, antes que ser el más famoso de todos los cadáveres”. Contemplado desde el infierno, el ideal heroico ha perdido atractivo.
Ulises es un viajero –capaz de afrontar todo tipo de situaciones, mentiroso, seductor, coleccionista de experiencias y gran narrador de historias–. Siente añoranza de su hogar y su mujer, pero se entretiene a gusto por el camino. La Odisea es la primera representación literaria de la nostalgia, que convive sin demasiados conflictos con el espíritu de navegación y aventura. Cuando su barco encalla en la isla de la ninfa Calipso de lindas trenzas, Ulises se queda con ella durante siete años. En ese pequeño edén mediterráneo donde florecen las violetas y el suave oleaje baña las playas paradisíacas, Ulises goza del sexo con una diosa, disfrutando a su lado de la inmortalidad y la eterna juventud. Sin embargo, después de varios años de placer, tanta felicidad le hace desgraciado. Se cansa de la monotonía de esas vacaciones perpetuas y llora a orillas del mar recordando a los suyos. Por otra parte, Ulises sabe lo suficiente sobre la raza divina para pensárselo dos veces antes de confesarle a su poderosa amiga que se ha cansado de ella. Será Calipso quien aborde la peliaguda conversación: “Ulises, ¿así que quieres marcharte a tu casa en tu tierra natal? Si supieras cuántas tristezas te deparará el destino, te quedarías aquí conmigo y serías inmortal. Yo me precio de no ser inferior a tu esposa ni en el porte ni en estatura, pues ninguna mujer puede rivalizar con el cuerpo y con el rostro de una diosa”.
Es una oferta muy tentadora: vivir para siempre como amante de una voluptuosa ninfa, en la plenitud del cuerpo, sin vejez, sin enfermedades, sin malas rachas, sin problemas de próstata ni demencia senil. Ulises contesta: “Diosa, no te enfades conmigo. Sé muy bien que Penélope es inferior a ti, pero aun así deseo marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me maltrata en el mar rojo como el vino, lo soportaré con ánimo paciente. He sufrido ya tanto entre las olas, en la guerra...”. Y después de decidir su ruptura –dice el poeta con encantadora naturalidad–, el sol se puso, llegó el crepúsculo y los dos se fueron a deleitarse con el amor en mutua compañía. Cinco días después, él zarpó de la isla, feliz de desplegar las velas al viento.
El astuto Ulises no fantasea, como Aquiles, con un destino grandioso y único. Podría haber sido un dios, pero opta por volver a Ítaca, la pequeña isla rocosa donde vive, a encontrarse con la decrepitud de su padre, con la adolescencia de su hijo, con la menopausia de Penélope. Ulises es una criatura luchadora y zarandeada, que prefiere las tristezas auténticas a una felicidad artificial. El regalo que le ofrece Calipso se parece demasiado a un espejismo, a una huida, al sueño de una droga alucinógena, a una realidad paralela. La decisión del héroe expresa una nueva sabiduría, alejada del estricto código del honor que movía a Aquiles. Esa sabiduría nos susurra que la humilde, imperfecta y efímera vida humana merece la pena, a pesar de sus limitaciones y sus desgracias, aunque la juventud se esfume, la carne se vuelva flácida y acabemos arrastrando los pies.
La Ilíada y la Odisea exploran territorios literarios alejados: la seriedad y la comedia. Aquiles es un guerrero tradicional, habitante de un mundo severo y trágico; en cambio, el vagabundo Ulises –una criatura literaria tan moderna que sedujo a Joyce– se lanza con placer a aventuras fantásticas, imprevisibles, divertidas, a veces eróticas, a veces ridículas. Los dos héroes se enfrentan a las pruebas y azares con temperamentos opuestos.
Cuando el rey Ulises, tantos años ausente, revela su identidad y recupera su lugar en el mundo, su mayor deseo es retirarse a su dormitorio para hacer el amor con Penélope. A la mañana siguiente, tras tomar un baño, acude a la casa de su anciano padre Laertes, que, doblado por la vejez y con aspecto andrajoso, trabaja tenazmente en un huerto. Hablan, se reconocen, les tiemblan las rodillas por la emoción del reencuentro. La familia por fin reunida celebra una cena con carne abundante y vino rojo. Después de 20 años de separación, cuando ya empezaban a perder la esperanza, vuelven a estar juntos. Se desvanece la nube negra de dolor que les envolvía. Tienen prisa por contarse unos a otros los sufrimientos y las angustiosas incertidumbres de esas décadas, y ya sabemos que nada es tan agradable como recordar los peligros de otro tiempo cuando se está a salvo, con el estómago lleno, cantidades generosas de vino tinto y la noche por delante. Allá fuera, sacudido por la violencia y el dolor, inquieto, ajetreado, maravilloso en ciertos momentos de placer, el mundo sigue su curso.
Fragmento de El infinito en un junco (Siruela, 2019).
