Paula Musitelli es la muchacha que aparece en la portada de 24 ilusiones por segundo: la historia de Cinemateca Uruguaya. Ya hace 13 años de la aparición de ese libro de Carlos María Domínguez, y unos cuantos más desde que la fotógrafa Diana Mines capturó la imagen de la chiquilina en la cabina de proyección de la mítica Sala 2, la más pequeña del complejo de la calle Carnelli, donde funcionó, hasta la mudanza de 2018, la sede central de la institución. En el medio, Musitelli vivió décadas en Europa. Volvió hace poco y ahora tiene a su cargo al equipo de proyección en el nuevo edificio de Cinemateca.
“El miércoles pasado pasé La Odisea para la avant-première. Hacía como 20 años que no proyectaba para el público. Mientras corría el rollo y esperaba hacer el cambio de proyector pensaba: tanto como demoró Ulises en volver a Ítaca”, dice sobre el estreno de la película de Christopher Nolan, que desde la semana pasada Cinemateca exhibe en formato fílmico.
Foto: Alessandro Maradei
La proyección en el sistema que más se asemeja a lo recomendado por el director británico es posible gracias a una doble conservación: la de los equipos y la del oficio. “Tenemos dos proyectores Kinoton. Son proyectores alemanes. Actualmente ya no se producen proyectores. Por eso conviene conseguir repuestos de los que quedaron por ahí antes de que se acaben”, explica Musitelli, que está entrenando a parte del grupo de operadores en la proyección analógica.
La Odisea dura casi tres horas; son nueve rollos. “Los juntamos de a tres en bobinas para que haya menos cambios de proyector. De esa manera solo se hacen dos cambios en cada función. Lo hacemos porque es una película que se va a dar muchas veces y es nueva. Con las películas de archivo y que se muestran una sola vez no es conveniente juntarlas; para mejor preservación se pasan en rollos sueltos”, aclara.
Foto: Alessandro Maradei
Entre los trucos de la operación está el relevo de proyectores de forma imperceptible para el público: “Para hacer un cambio de rollo, cuando el proyeccionista ve que se está terminando, tiene que mirar en la pantalla las marcas que aparecen arriba a la derecha. En la primera marca prende el motor del proyector y con la segunda hace el cambio apretando un botón que cierra la luz y cambia el sonido del proyector en donde se está terminando el rollo”.
Se cierra la cinta
“En Cinemateca empecé cuando tenía más o menos 19 años. Iba todos los días a ver películas. Un día, esperando a que dieran sala, vi la puerta de la cabina de Sala 2 abierta y el operador, viéndome interesada, me propuso enseñarme a proyectar. Ya al siguiente día que fui me invitaron a aprender en la sala grande de Carnelli. Al poco tiempo, viendo que iba prácticamente todos los días a aprender, el jefe de sala me propuso trabajar. Me pareció increíble que me pagaran por algo que me encantaba y tomé el trabajo sin dudar. Más o menos cuatro años después me fui del país con intención de que fuera por poco tiempo. Terminé quedándome mucho más de lo pensado en el exterior”, cuenta.
Foto: Alessandro Maradei
Entre sus distintos destinos en Europa, estuvo tres años en Austria. “Allí, a los pocos meses, ya estaba trabajando de proyeccionista en el circuito no comercial y de festivales. El resto, estuve en Alemania, donde también seguí con los festivales de cine, entre ellos el de Róterdam”.
“Cuando empezó el digital justo empecé a tener familia y salí del circuito sin remordimiento, porque siempre me gustó más lo fílmico que el digital. Para mí tiene una magia especial. Pensé que no iba a volver más a trabajar en cines y menos con el 35, hasta que volví hace dos años a Uruguay y en Cinemateca me ofrecieron ser coordinadora de cabina, entre otras cosas”, agrega.
Foto: Alessandro Maradei
Su vínculo con el cine viene de generaciones: es nieta de Ferruccio Fucho Musitelli (1927-2015), uno de los pioneros del audiovisual en Uruguay y patriarca de una familia dedicada a la industria. “Seguramente este amor por las películas viene de ahí”, dice.
“Me crie teniendo en casa una moviola y latas de películas, sin concientizar que no es algo común para todos. Seguramente aprendí indirectamente el lenguaje cinematográfico. En Alemania aprendí más bien sobre la parte técnica de la proyección y los proyectores. Es algo que se aprende más bien con gente dispuesta a mostrarte. Me contaron que en la época de lámparas a carbón había cursos, pero cuando yo empecé no había más”, recuerda.
Foto: Alessandro Maradei
“Haber proyectado un estreno en 35 milímetros fue muy lindo. Espero que se repita, aunque soy consciente de que la producción en fílmico no es siempre una elección, por sus altos costos”, dice, y sentencia: “Qué mejor que La Odisea para volver a proyectar”.
