Odiseo está cansado. La matanza de los 100 pretendientes lo ha agotado. Las sirvientas lo bañan, lo perfuman, lo visten con ropas dignas de un rey –que es lo que Odiseo es–, y los dioses lo hacen parecer joven y fuerte. Se sienta en el patio, frente a Penélope, que no está convencida de que ese hombre sea, en realidad, su esposo.
Odiseo le dice que es una mujer de corazón duro, terca e inflexible, y ella se justifica aduciendo sus largos años de sufrimiento. Viendo la fatiga de Odiseo, le pide a una esclava que saque el lecho del dormitorio matrimonial y lo prepare afuera, para que su esposo descanse. Pero Penélope es tan astuta y pródiga en caminos tortuosos como Odiseo, y, como no cree que ese desconocido sea su esposo, le ha tendido una trampa.
¡Ah, cómo se pone de furioso Odiseo! ¿Van a sacar la cama del dormitorio? ¿Quién ha sido el insolente que se ha atrevido a mover el lecho que él mismo ha fabricado? Y cuenta la historia de la cama: había allí, donde ahora está el palacio, un viejo y fuerte olivo, de tronco grueso como una columna; alrededor del olivo Odiseo construyó el dormitorio y lo techó; taló luego el olivo, labrando el tocón como pie; sobre él construyó la cama, adornándola con oro, plata y marfil y tensando sobre el armazón correas de cuero teñidas de púrpura. ¿Alguien ha osado talar el pie de la cama y moverla?
A Penélope se le aflojan las rodillas y corre a abrazar a Odiseo. Charlan un ratito y después entran al dormitorio. Los dos, dice el poeta, una vez que hubieron gozado del placentero amor, se entregaron al deleite de los relatos.
Esa escena está en el final del poema, y uno sonríe al leerla, pensando en el placer que ha sido llegar hasta allí con la lectura. Ese reconocimiento de Penélope, que culmina una serie notable de reconocimientos de Odiseo (de su hijo Telémaco, de su perro Argo, de su nodriza Euriclea y de su porquerizo Eumeo), sintetiza una de las esencias de esa historia de aventuras, amor y nostalgia, una historia tan sólida y perfectamente labrada como el lecho de Odiseo y Penélope.
La escena no está en ninguna de las películas que se han realizado a partir del libro, lo que hace que uno sospeche que, en realidad, sus guionistas y directores no estaban demasiado interesados en leerlo.
Lo que la mayoría de las personas conocemos de la Odisea son versiones, en muchos casos impregnadas de los prejuicios de los traductores. Quienes desconocemos el griego antiguo lo leemos en traducciones que pierden, en primer lugar, la cadencia del dactílico griego. El ritmo de estos versos no es como el de los versos en español, que tienen sílabas acentuadas y sílabas átonas. Los dactílicos tienen un ritmo establecido por la duración de las sílabas y no por el acento. Toman su nombre de la anatomía: así como el dedo de la mano (dáktylos) tiene una falange larga y dos cortas, el ritmo dactílico tiene una sílaba larga y dos cortas.
La musicalidad es importante, pero incluso si aceptamos la planicie prosaica, aparecen otras complicaciones evidentes. La clasicista británica Emily Wilson, autora de una traducción al inglés de la Odisea, publicada en 2017, expone, en un libro dedicado a las traducciones de los clásicos, algunos de los desafíos que se le plantean al traductor. A los asuntos específicamente lingüísticos, que tienen que ver con las equivalencias entre términos en los distintos idiomas, se suma la enorme distancia cultural. Uno de los casos que analiza es el episodio de la matanza de las esclavas de Penélope (que tampoco está en ninguna película).
Luego de matar a los insoportables pretendientes, Odiseo le pide a su hijo que por favor no se demore en ejecutar a las 12 criadas que se acostaron con aquellos. El original se refiere a ellas sin calificativos; sin embargo, casi todas las traducciones las tratan de indecentes putas traidoras. Wilson supone que los traductores quisieron que los lectores no sintieran rechazo por el asesinato de honor que comete Telémaco. Descalificar a las mujeres explica la ira de Odiseo y Telémaco; en cambio, un asesinato de honor es inaceptable para los lectores actuales. Pero lo cierto es que, incluso si las mujeres hubieran sido violadas, incluso si ellas se hubieran resistido, igualmente habrían sido ejecutadas, porque el honor manchado de la familia de Odiseo no depende de su voluntad, sino del hecho. Una moral semejante nos resulta inaceptable tres milenios después; los traductores, temerosos de que los lectores odiemos al héroe, maquillaron su moral.
Christopher Nolan hace lo mismo en su película. Evita estas escenas que nos resultan chocantes. Pero, entonces, ¿por qué contar la historia de un personaje cuya moral nos resulta tan insoportable que debemos cambiar los hechos de su vida?
Traición meticulosa
La Odisea es la obra más influyente de la historia de la literatura occidental. Es un artefacto narrativo tan perfecto y maduro que 100 generaciones de poetas la han saqueado, incluso quienes nunca la leyeron, porque sus genes están metidos en todas las historias posteriores. Pero cuando llega la hora de contarla en cine, parece que los cineastas tienen algo tan importante para decir que, bajo el título homérico, hacen su discurso privado y se olvidan del poema.
Silvana Mangano y Kirk Douglas, Ulises, 1954.
En 1954, en Ulises, de Mario Camerino, Kirk Douglas fue un Odiseo educado y recto, cuyo multiforme ingenio nunca se hizo presente, no fueran a acusarlo de tramposo; en 1997, Andrei Konchalovsky dirigió una desganada versión de La Odisea con un elenco que trabajó a reglamento; en 2024 Uberto Pasolini dirigió El regreso, una trasposición de los diez cantos finales del poema, con una buena actuación de Ralph Fiennes como Odiseo, aunque no el Odiseo que escribió Homero, sino uno que inventaron por ahí.
La película de Nolan está cuidadosamente diseñada y no deja ningún detalle al azar. Es entretenida y está bien narrada. Lo que falta o se ha cambiado obedece a criterios que han sido meditados: la traición a Odiseo no es fruto de la improvisación o la ignorancia.
Samuel Butler, autor de una traducción de la Odisea al inglés, sostenía, hace 120 años, que fue escrita por una mujer. Si uno compara los personajes femeninos de la Ilíada –meros botines de guerra, cositas lindas para ser raptadas– con los principales de la Odisea –deseantes, poderosas, leales y sabias–, se inclina a darle la razón a Butler.
En la Ilíada el machote Agamenón y el bonito Aquiles desean a Briseida, y allá va toda la trama empujada por la rabieta del rubio. Las motivaciones de los personajes de la Ilíada tienen que ver con el honor, la lealtad y la camaradería castrense. En la Odisea la persona más leal es la jefa del hogar; la motivación más poderosa del protagonista es la recuperación de la vida hogareña; el acto más conmovedor del libro es el reconocimiento de Odiseo por parte de Penélope a través de la señal del lecho, que representa al mismo tiempo la unión de ambos y el concepto de hogar.
Pocos de estos asuntos están presentes en la película de Nolan; la mayoría se ausentan o se tuercen. Quizá una de las ausencias más llamativas es la de los dioses, lo cual marca todos los episodios del relato, ya que la presencia divina es permanente en el poema. Nolan parece proponer una interpretación evemerista de los hechos fantásticos, es decir, una explicación natural o humana para los asuntos mitológicos. El cíclope Polifemo es presentado como una especie de mutante deforme, casi desprovisto de habla (y de paso se pierde la tomadura de pelo que le hace Odiseo al decirle que su nombre es Nadie, hecho clave que lo salva del ataque de los amigos del cíclope).
A lo largo de la película Odiseo se empecina en negar la existencia de los dioses. Atenea, frecuente visitante y protectora de Odiseo, se presenta en la película como una fantasía culposa del héroe, que asume la apariencia de una víctima de la guerra.
En la película de Nolan, Odiseo es ateo.
Sin oferta erótica
Como en cualquier película norteamericana que mencione Troya, el caballo tiene que aparecer. En la Odisea de Homero apenas se menciona; es en la Eneida de Virgilio donde se cuenta en detalle el truco de Odiseo. Nolan le da una importancia crucial, que resume la ideología de su moraleja: Odiseo se muestra arrepentido de haber hecho trampa, y en vez de violar y después matar, como buen aqueo, a cuanta doncella troyana se cruce una vez parido del caballo, se queda meditabundo y triste, sentado en una escalera, pensando si no habría sido mejor dedicarse a cosas menos sangrientas. Además de ateo, el Odiseo de Nolan resultó ser pacifista, aunque no se entiende muy bien por qué hay en su película tantas escenas de batalla, que en el libro no se encuentran.
Una transposición a cine de la Odisea corre el riesgo de llenarse de imágenes ridículas o imposibles, como cuando el cíclope arroja una montaña a los barcos de Odiseo. Para eludir los peligros de efectos especiales fáciles y literales que hacen un estropicio de la narración mejor cuidada, Nolan evita los trucos de magia, y aquí es donde se luce y demuestra su maestría de narrador cinematográfico.
Una secuencia ilustra a la perfección su modo de mostrar lo fantástico evitando el milagro digital. Odiseo llega a la isla de Circe; en el libro la hechicera transforma con una vara mágica a los hombres en bestias; en la película aplica un masaje escultórico, que la actriz que la encarna, Samantha Morton, realiza con enorme intensidad física y pavorosa intimidad. Buenísimo, pero ¿por qué Nolan no menciona la oferta erótica de Circe, que en el poema Odiseo acepta a lo largo de gustosos 365 días con sus noches?
Quizá porque hacer elipsis de años es contraproducente para un relato fílmico; quizá porque el sexo es un asunto que a Nolan lo ha tenido siempre sin cuidado y de paso aumenta su mercado potencial, exento de censuras. El poema tiene sexo, pero la película evita puntillosamente las noches con Calipso, ay, con Circe y con Penélope.
Sí: Odiseo es ateo, pacifista y casto.
