Tapa del disco Pa Chimasa y los tocadores, año 1982.

Foto: Rodolfo Fuentes

A los 89 años, murió el influyente percusionista uruguayo Mario Chichito Cabral

El músico y compositor fue clave en el surgimiento del candombe beat como integrante de los grupos El Kinto y Totem.

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En la madrugada del domingo se conoció la noticia del fallecimiento del percusionista y compositor Mario Chichito Cabral. Tenía 89 años y se había alejado de la escena musical desde hace más de una década. En febrero de 2019, a causa del asesinato de uno de sus tres hijos, el rapero y grafitero Felipe Cabral (Plef), su nombre volvió a los medios junto con los reclamos del crimen que al día de hoy se mantiene sin resolver.

“Ayer nos dejó el enorme Mario Chichito Cabral: un amigo, un maravilloso personaje. Un abrazo enorme y sincero a su familia, a sus seres queridos, a todos los que tuvimos el privilegio de compartir con él música y vida”, escribió en sus redes sociales Ruben Rada, compañero del artista en los legendarios grupos El Kinto y Totem, y además subrayó: “Junto a Eduardo Mateo crearon el toco, ese ritmo único”.

Hoy, con la lupa puesta sobre un artista que parece haber vivido al margen de la popularidad, resulta imprescindible explayarse sobre su obra, en buena parte olvidada, y resaltar a Cabral como uno de los mayores protagonistas de la música popular uruguaya, junto a Mateo y Rada, en tanto hacedores originales del candombe beat. Sin embargo, para entender la huella singular de este percusionista, hay que remontarse un poco más atrás.

“En el Cerrito de la Victoria sonaban tambores. No sabía hablar, pero ya sabía poner la mano en el tambor”, evoca Chichito, también conocido como Chiche, en un documental de TV Ciudad emitido en 2005. A sus cuatro años su familia se había mudado para La Mondiola y a los ocho se estaba colgando un tambor en la casa de Gideón Tatita Silva, la gloria de Peñarol. Fueron comienzos marcados de igual manera por el candombe y los ritmos tropicales y caribeños de grandes orquestas.

En La Mondiola, recordaba, existió un germen local de esa música de moda conocido como Gonzalito y su Habana Serenade. A Chichito lo había cautivado “Rayito de luna”, del trío Los Panchos, y de su instrumentación le había llamado la atención el bongó. “Ahí me hice bongosero”, relataba y mencionaba a Héctor Ocampo entre sus maestros de percusión.

“También estudié con Fausto, un peruano, que me tuvo estudiando ocho horas por día durante seis meses”, aseguraba en una entrevista que le hizo Eduardo Darnauchans para la revista Posdata en 1995.

Ocampo le había prometido que si se esforzaba en el estudio, le iba a conseguir un trabajo. “Yo creí que era una cosa sencilla, pero resulta que era para acompañar a las rumberas en las boites. Yo tenía 12 años, tuve que sacar un permiso del Consejo del Niño y el comisario me mandaba una moto para que me fuera a las doce”, sigue Cabral en el archivo de TV Ciudad.

Más tarde, Chichito se iba a sumar a la orquesta de Raúl Noda, con la que acompañó las visitas de Celia Cruz, Olga Guillot y José Feliciano. A comienzos de la década de 1970 fue convocado por los Lecuona Cuban Boys, con los que viajó a Alemania.

En Hamburgo, dos episodios salidos de su propia boca dicen mucho de ese personaje de relatos costumbristas de pescador y de ramificaciones ingeniosas. Un día, contaba, pudo ver un show de los primeros The Beatles, antes de su fama mundial, y otro, mientras caminaba con el bongó que nunca abandonaba, se cruzó con una banda que le pidió que improvisara un ritmo latino. Lo que tocó esa noche para Los Rolling Stones, juraba, se parecía mucho a lo que luego escuchó como “Simpatía por el Demonio”. Otros cuentos igual de veraces, pero de boca de expertos de la música tropical, aseguran que Chichito participó de los ensayos iniciales del célebre Combo Camagüey.

A su vuelta a Uruguay, Urbano Moraes lo fue a buscar para que se integrara a El Kinto para suplir a Rada, que había marchado rumbo a Europa. “Las Musicasiones las hice todas”, contaba el percusionista en la charla con el Darno. “En El Kinto no existía la soberbia, ni el individualismo. Éramos un equipo en el que todos tirábamos para adelante”, afirmaba. En esa época compuso “Don Pascual”.

Daniel Lobito Lagarde, en diálogo con la diaria, recuerda que con Chichito primero fueron compañeros en El Primer Frente: un grupo integrado por los ex de El Kinto, Alfredo Vita, Walter Cambón y Luis Sosa. “Era un tipo adorable, muy querible, un músico muy profesional y me da mucha pena que se haya ido”, expresa Lagarde. “Entre ese proyecto y cuando formamos Totem no pasó mucho tiempo”, relata el bajista para llegar al capítulo más importante de la carrera del percusionista y compositor.

Con Totem, Chichito Cabral grabó los tres discos del grupo (una condición que solo comparte con los cantantes y guitarristas Eduardo Useta y Enrique Rey) y compuso “Días de esos”, del disco Totem (1971), “Orejas”, de Descarga (1973), y “A Victoria y Federico”, de Corrupción (1973). Su carrera siguió con los Moonlights y Conjunto 03, donde compartió grabaciones y escenarios con Gastón Dino Ciarlo, y con una de las formaciones del supergrupo Gula Mattari, de 1976.

Los 80 los comenzó con La Tocata, también como cantante, y con el proyecto jazzero Almango (un pariente de Opa, algo más pop). En 1983, lanzó su primer disco solista, el ambicioso y recomendable Pa' Chimasa & Los Tocadores, que incluye un dream team pocas veces visto, con participaciones de Hugo y Osvaldo Fattoruso, Dino, Jorge Finito Bingert, Ruben Rada y Julio Frade, entre muchos otros. Ese año también tocó junto al grupo argentino-uruguayo Mestizo en el cine Radio City. En 1985 editó su segundo disco solista, Candombe pal' ½ e' la calle, y en 1988, lanzó en casete su último LP, Tiempo.

La lista completa de sus colaboraciones incluye a muchos más, como Larbanois Carrero y Los Olimareños. Una de sus últimas participaciones, allá por 2006, tuvo lugar junto a los hermanos Emilio y José Barroso en un recital de la sala Zitarrosa en el que se sumó al clásico “Orejas”. Compensa con creces, por si hiciera falta, lo poco que se sabe del hombre público.

Amigos y allegados coinciden en que, además de la música, sus habilidades artísticas le permitían darse maña para todo. “Cuando estaba aburrido, agarraba una caja de fósforos y te inventaba cualquier cosa. O dibujaba en la tierra”, contó un vecino suyo que conserva algunos de esos dibujos: tamborileros, tamboriles y el fuego para calentarlos en trazos rápidos y notables.

“Partió el Chiche a la eternidad. Un ser humano divino y entrañable. Y tenía estas cosas. Las hacía en la misma lonja de las tumbas y el bongo. Hace mucho que lo extrañamos, tras un largo encierro al que obligaba su salud. “Ya deben estar a los abrazos con Plef”, escribió en Facebook el periodista Nelson Caula, destinatario de una de sus obras pictóricas.

Queda también una suerte de registro de sus mecanismos creativos. “Era octubre del 69, seis menos cuarto de la mañana”, cuenta Chichito en el podcast Lado C-Detrás del Ritmo. “‘Andate a pescar que hoy sacás’, me dice mi suegra. Chapé la caña, arranqué Magallanes para abajo. Llegó y ya estaban el Sopa, el Bolsa, el Naña, sacando pejerrey. Y entre los que veo, aparece un perro embaladísimo, negro, con unas orejas preciosas, y le brillaba el pelo con la luz del sol que venía del este. Y el perro se venía directo a mí, contentísimo. Y qué pasaba: nos conocía de sentirnos la voz. De repente veo que un señor que estaba lo rezonga al perro. ‘¡Vení Orejas!’. No le gustaba que nos saludara a nosotros, un botonazo, porque le tirábamos carnada. Eso me quedó en la cabeza hasta el otro día y lo fui cantando por 18 de Julio”.

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