Quizás porque ya tiene 64 años y se dio cuenta de que el tiempo es muy poco, Andrés Calamaro se está dedicando a cerrar la boca y cantar. Hasta hace un tiempo, muchas veces, su personaje público -mediático, de redes sociales y afines- se mezclaba con el músico, y de repente en el escenario empezaba a desvariar, cuando no directamente a bardear -como pasó en el recordado y ya lejano Pilsen Rock de 2010 en la Rural del Prado-.
En la noche del domingo, el argentino se presentó en el Antel Arena como parte de una gira que ya lo dice todo en su descriptivo y simple título: “Como cantor”. Subió muy sobrio al escenario, en todos los sentidos del término: vestido de negro, con lentes y gorra a tono, se colgó una de sus relucientes guitarras Fender Telecaster -no cambió de viola en toda la noche-, tanteó los volumenes y empezó la música, junto con su grupo, una formación estilo rock clásico setentero: batería, bajo, dos guitarras -sin contar la de él-, teclado y vientos -un saxo y una trompeta, no se precisa más-. Y arrancó sin vueltas, como alguien que tiene casi 50 años de carrera -empezó muy joven- y medio millar de canciones grabadas, varias que están entre lo más rico del rock argentino -e hispanoparlante-, y que las casi 7.000 personas que colmaron el recinto -se agotaron las entradas- ansiaban escuchar.
“La muerte es una amante despechada / que juega sucio y no sabe perder” , cantó Calamaro, para darle vida a “Todavía una canción de amor”, de Los Rodríguez, la banda argentoespañola que lideró en el primer lustro de los 90, antes de dedicarse definitivamente a ser solista. Al principio, como suele pasar en los toques grandes, el sonido luchaba por acomodarse, pero cuando se estabilizó -al menos al escucharlo desde el campo-, la banda sonó contundente, sólida y suelta. Bastante coreadas por el público de abajo, “Carnaval de Brasil” y “Mi gin tonic”, del disco La Lengua Popular(2007), dieron lugar a “Pasemos a otro tema”, de 1989, y para ella el cantante fue al teclado -su instrumento original, el que tocaba en Los Abuelos de la Nada-.
Recién luego de esa cuarta canción, Calamaro abrió la boca para otra cosa que no fuera cantar. Saludó y le dio la bienvenida al público, de manera sucinta, y siguió, porque la causa calamaresca no admite la menor demora. Sonó “A los ojos”, otra de Los Rodríguez, y así todos cayeron en la cuenta de que no hay melodía de aquella banda que no sea recordable y pegadiza (“yo me pregunto por qué / me tuvo que pasar a mí”).
El breve espacio en el que Calamaro aprovechó para tomar agua, gran parte del público de la cancha lo usó para cantar el comodín “¡olé, olé, olé, olé, Andrés, Andrés!”, y el músico se mostró agradecido. Atrás de él y de su banda, al final del escenario, había una pantalla tamaño cine, que proyectaba un popurrí de imágenes según la canción. Cuando sonó “Loco”, uno de los himnos de Alta Suciedad(1997) -su mejor disco como solista-, apareció una especie de mandala hippie sesentero, bien colorido y viajado, acorde a esa oda funk a caminar solito, sentarme en un parque a fumar un porrito y mirar a las palomas comer el pan que la gente les tira. Cuando tocaron la balada “Crimenes perfectos” -otro clásico de aquel disco-, de fondo se proyectaron las imágenes de la legendaria escena del bombardeo de los helicópteros sobre una aldea vietnamita de la película Apocalypse Now(1979). Justo cuando empezaron los disparos, arremetió el solo de la canción, y todo se transformó en un menjunje de estímulos visuales y sonoros muy curiosos.
Foto: Gianni Schiaffarino
En el centro de la tierra
Las imágenes más icónicas del Diego Armando Maradona mundialista no podían aparecer durante otra que no fuera “Costumbres argentinas”, el primer himno de Los Abuelos de la Nada que sonó en la noche. En una costumbre calamaresca -tomada de Bob Dylan-, durante sus canciones más clásicas el músico juega con las melodías vocales, merodea las originales, las esquiva, se adelanta, se atrasa y, cuando parece que se desvió demasiado, retoma el camino ya conocido. Esto hace que muchas veces haya dos melodías paralelas, las del público y las de Calamaro, dando como resultado una especie de recital 3D.
“Garúa”, de Aníbal Troilo y Enrique Cadícamo, fue el momento tanguero de la noche, para el que Calamaro se puso lo más adelante posible del escenario, sin su guitarra ni su teclado, y se sacó los lentes, para tener un momento de honestidad brutal. Antes, el músico hizo una breve referencia a su vínculo con Uruguay y dijo que es “obscena” la cantidad de años que pasaron desde que nos visitó por primera vez (para muestra, yendo bien lejos en el tiempo, el primero de marzo de 1985, el día de nuestra reapertura democrática, tocó con Los Abuelos de la Nada en el escenario montado en la plaza Fabini).
A diferencia de las anteriores presentaciones de Calamaro en el Antel Arena, en el campo no había sillas sino que la gente estaba parada -como corresponde, porque es un recital de rock, no una ópera-, así que el público se puso a bailar como si nada cuando los músicos arremetieron con la cumbiera “Tres Marías”, que sin respiro pasó a “Mil horas”, otra de las que el cantante compuso para la banda de Miguel Abuelo y que se transformó en un himno, uno de los tantos momentos altos del toque.
A partir de entonces, empezando a sentir el último tercio del show, no hubo respiro: fue un hit tras otro. “Mi enfermedad”, con un arreglo de piano que le dio otro color, dio paso a “El salmón” y luego a esa pequeña obra maestra punk-pop de Los Rodríguez llamada “Palabras más, palabras menos”, que hizo saltar a la gente que estaba en la cancha como si no hubiera pasado mañana.
“Señor banquero, devuélvame el dinero, / por ahora es lo único que quiero, / estoy cansado de los que vienen de amigos / y solo quieren rellenarme el agujero”, cantó el público con ahínco, cuando sonaron esos bizarros versos de la riffera “Alta suciedad”, a la que le siguió “Sin documentos”, otro de los puntos altos. El clásico de Los Rodríguez sonó más aplastante que nunca, sobre todo porque el famoso riff de guitarra lo tocaron los vientos, y se escuchó tan bien que cabe preguntarse si no la deberían haber grabado así originalmente.
Calamaro dejó de cantar unos versos para que el público hiciera lo suyo en “Paloma”, clásico de Honestidad Brutal(1999), y luego dieron lugar a la inoxidable “Flaca”, que no dejó a nadie sin cantar; obviamente, también fueron coreados los pegadizos arreglos de vientos. A la vuelta de Calamaro y su banda, luego de la falsa salida de rigor, tocaron la verborrágica, cómica y riffera “Output Input”, encargada de abrir el megalómano disco El Salmón(2000), que incluyó una cita musical a “Smoke on the Water”, de Deep Purple -además del guiño que ya tiene la letra-, para seguir con “Estadio Azteca” y terminar con “Los chicos”, que hizo brotar pequeños pogos en la cancha.
Al final, fueron dos horas de show, con 25 canciones, en las que la voz de resaca infinita de Calamaro, aunque en algún momento pareció que se acercaba peligrosamente a aguas turbulentas, nunca naufragó. Mientras sonaba “Los chicos”, en la pantalla se mostraron imágenes de Madres de Plaza de Mayo y, por si las volteretas discursivas de Calamaro y sus otros yo todavía dejan dudas sobre de qué lado de la mecha se encuentra, se leía un cartel que decía: “Las Malvinas son argentinas y los desaparecidos también”.