Me gusta pensar que el humor de Lucho Miranda tiene la contundencia imbatible de un meme. Parece inofensivo, pero es una bomba. Tiene un mecanismo interno de relojería preparado cuidadosamente para decir la hora incorrecta. Y una vez que se expresa, no hay nada que agregar: solo aplaudir negando con la cabeza.
Este chileno de 31 años entró en el circuito del stand-up a partir de los videos pandémicos que comenzó a hacer circular en redes y debe su notoriedad a un doble combo irresistible: el humor negro como arena para abordar la discapacidad.
“Me gusta mucho la explosión de risa que genera el humor negro. La gente no se lo espera. Eso sí, hay una línea muy delgada, porque algunos chistes se pueden pasar y que la gracia no sea la esperada. Prefiero recibir del público una combinación entre ‘uh’ y ‘jajaja’ que escuchar un ‘uuuuh’ constante”, comenta Lucho.
Al inicio de sus shows, suele aclarar: “Soy Lucho Miranda, soy comediante y tengo discapacidad. Así que cuando la gente ve mi show, no solamente la pasa bien, sino que también hace caridad”.
Tuvo asfixia al nacer y eso le causó parálisis cerebral. Al día de hoy, como consecuencia de eso tiene algunas limitaciones físicas; por ejemplo, no puede abrir las manos y muestra cierta rigidez al hablar. De hecho, a su show anterior lo nombró Oscuro porque no podía pronunciar bien la letra r después de la g en la palabra negro. Esta limitación derivó en una línea propia: el humor oscuro.
“Se me hizo fácil entrar en comedia a través del humor negro porque es ideal para hablar de temas tabú como las enfermedades y la muerte. Ahí entra la discapacidad, de lo que siempre se habla con lástima o sufrimiento. Llevarlo al humor ayudó a que la gente vea que la discapacidad no es algo terrible y que no tiene que sentir lástima por nosotros”, dice.
Sin embargo, afirma que ahora intenta aflojarle la cuerda a la oscuridad, porque “es un humor muy de nicho” que le permite llegar a un público más acotado. Ese proceso ha desembocado en el espectáculo Abriendo las manos, que presentará este sábado en Montevideo y con el que dará inicio a su gira sudamericana, que lo llevará también a lugares como Punta del Este, el norte de Argentina, Ecuador y Perú.
Al seguirlo en redes sociales se puede ver cómo su equipo publica recortes de una sección particular del show que llama “interacciones”, en la que personas con discapacidad toman el micrófono para conversar con Lucho. Aunque, de hecho, no es más que un intercambio jocoso entre showman y audiencia, el resultado que produce es revelador: una risa montada en la ternura que pone en primer plano la sana cualidad de poder reírnos de nosotros mismos.
Curiosamente, aunque es uno de los fragmentos más difundidos del espectáculo, las interacciones surgieron de forma involuntaria. Es que, luego de exigirse al máximo para su presentación en el tradicional Festival de la Canción de Viña del Mar 2024, uno de los máximos escenarios a los que un comediante puede aspirar en Chile, Lucho se quedó “sin material” para los shows subsiguientes, por lo que no tuvo otra opción que apoyarse en el público para completar las veladas.
“Cuando fui al festival de Viña, tenía la impresión de que iban a ser mis cinco minutos de fama, entonces necesitaba capitalizar rápido ese éxito y sumar más shows posteriores al evento. Pero no me dio la cabeza: cuando estaba terminando el festival empecé a crear una rutina nueva, pero me quedé sin chistes. Ahí empecé a interrumpir para darle paso a la gente y lo usé como recurso para ampliar el show”.
¿Qué encontraste al darle el micrófono al público?
Empecé a darme cuenta de que iba gente con discapacidad, que podía conversar con ellos y se producía un diálogo ameno, un diálogo chistoso. Después, cuando empezamos a subir los videos, ya la gente con discapacidad iba al show sabiendo que podía ir a conversar.
En tus recortes de redes se puede ver una diversidad grande que no está reflejada en la etiqueta de “discapacidad”.
Me fui dando cuenta de muchas cosas que no sabía. He aprendido mucho de la gente. Por ejemplo, enterarme de condiciones que a simple vista parecen mínimas y que yo no pensaba que fuesen discapacidad, pero que en realidad lo son. A veces me hablan para que organice charlas sobre el tema, pero yo les digo a esas personas que no sé nada. Tengo discapacidad, pero eso no me hace un experto en la cuestión.
¿Cuál es la conversación más loca que tuviste con alguien del público?
Hace poco, en México me pasó un caso digno de Dr. House con una chica de 17 años que dijo que se le desconectaban partes del cuerpo: ella está normal y de repente deja de sentir el brazo, que queda como muerto, y al rato lo vuelve a sentir. El tema es que una vez se le apagó la cabeza. Es de las cosas más curiosas que me han contado.
¿Qué relación tiene tu humor con lo políticamente correcto?
Siento que el humor está en decir lo políticamente incorrecto. Eso espera la gente: decir cosas incorrectas siempre va a ser chistoso. Ahora, ¿hasta qué punto quieres quedar como el chistoso? Es algo que voy moldeando para conocer mi límite. Como un cocinero: hay que encontrar el punto exacto en la receta. Esa es la pega del comediante, encontrar en sus chistes el punto exacto en el que la gente se ríe y lo hace bien. Pero no quedar como un loquito.
Te nombro tres temáticas y me decís qué porcentaje de ellas hay en tus shows: sexo, política y vínculos sociales.
Si el show en Uruguay hubiera sido la semana pasada, quizás hubiera habido un 15% de sexo. Pero lo saqué, porque en los últimos shows he visto a bastantes niños chicos, entonces me sentía mal hablando de eso. Sé que no es culpa mía, es responsabilidad de los padres, pero igual me sentía dando un mal ejemplo. Entonces ahora de sexo hay de 3% a 5%.
De política, nada, cero por ciento. No porque yo sea alguien que no habla de política o que sea apolítico, o “amarillo” como se dice en Chile, sino porque no he logrado dar con chistes buenos como para hablar del tema. Por el momento, mi búsqueda no va por ahí.
Y mis vínculos deben ocupar un 95%, fácilmente. Ahora estoy tratando de que el show sea más familiar, hablo harto de la familia. Pero para hacerme el tonto: digo “humor familiar” y después hablo de la familia, pero no siempre hablar de la familia es humor familiar.
Ser de luz
Olvidemos todo lo que se dijo hasta ahora para empezar de nuevo. En realidad, Lucho Miranda es contador y la mayor parte de su vida ha sido funcionario público. Es cierto: trabajó en la Municipalidad de Vicuña, al norte de Chile, de donde es oriundo, hasta 2020, ese año en el que muchas cosas cambiaron para mucha gente.
En plena pandemia, Lucho decidió que la contabilidad no lo llevaría por el camino de la felicidad y empezó a hacer videos humorísticos para redes sociales. “Algunos fueron funcionando. Con 500 likes ya me sentía Tom Holland. Empecé a hacer shows online y a aumentar los seguidores, hasta que fui al programa Got Talent. Aunque uno se aleje de la televisión, la televisión sigue siendo importante”, cuenta.
Antes de eso, estuvo casi dos décadas en Teletón, organización donde recibió tratamientos de rehabilitación que le permitieron mejorar sus condiciones físicas e incluso lo llevaron a ser atleta paralímpico de atletismo (ganó una medalla de oro en los Juegos Deportivos Nacionales de Chile en 2015).
Cuando decidió empezar a escribir guiones de comedia, se sorprendió por la reacción de la gente por el simple hecho de tener una discapacidad. “Me decían cosas como ‘guau, qué guerrero, qué fuerte eres’. Y para mí no era eso: no soy fuerte, solo estoy haciendo lo que tengo que hacer”, dice.
De esta forma, Lucho fue nutriendo sus propios textos a partir de los comentarios de la gente, jugando con esa percepción social prejuiciosa de la discapacidad. La misma que hacía que, por desarrollar una actividad que conlleva cierta notoriedad, pasaran a considerarlo un “angelito” o un “ser de luz”.
“Algunas personas se sorprendían y me atribuían una fuerza divina. Esos comentarios fueron alimentando el contenido, incluso haciendo que algunos chistes tuviesen una segunda vida al incorporar la reacción de la gente”, afirma.
Un ejemplo mínimo: durante un show en Monterrey, Lucho conversa con Yazmín, una persona del público cuya discapacidad apenas le permite hacerse entender. Lucho pregunta: “¿Y dime, tú estudias, trabajas, estás en la casa…?”. Yazmín responde: “Soy ingeniera”. Acto seguido, el público aplaude a rabiar. El comediante, con un gesto ácido, comenta: “Parece que aquí a la gente le gusta mucho la ingeniería”.
Hábitats posibles
La notoriedad de Lucho lo llevó a la pantalla chica en varias oportunidades. Ahora, desde inicios de 2026, coconduce el programa humorístico No hacemos uno, emitido en el canal de streaming chileno Fabuloso, junto con el también comediante Pedro Ruminot. “No es mi lugar seguro, pero estoy aprendiendo. No soy un buen comunicador y a veces me pierdo, pero se hace divertido tener esa cercanía con la gente, fuera del personaje del stand-up, más dentro de mi hábitat”, cuenta.
Ruminot es uno de sus referentes humorísticos en Chile, junto con otros compatriotas como Edo Caroe y Felipe Avello. A nivel internacional, Lucho menciona como fuente de inspiración a los mexicanos Franco Escamilla y Sofía Niño de Rivera.
Luego de hacer su mayor presentación en cuanto a cantidad de público en abril en el Gran Rex de Buenos Aires, el comediante busca seguir mejorando el aspecto conceptual de sus propuestas. En ese sentido, muestra intenciones de incorporar todo tipo de recursos, aunque se hace difícil saber si le gustaría forzar un poco más sus límites, o si se trata más bien de un chiste.
“Intento pensar en el show completo, que dura una hora y media, para tratar de darle a la gente hartas cosas: chistes cortos, largos, tontos, humor negro. El humor físico no lo he hecho mucho, me falta caerme del escenario, mojarme con agua, tropezarme con una cáscara de plátano. Puede ser lo próximo”, dice.
Abriendo las manos. Sábado 8 a las 21.00 en el teatro Stella D’Italia (Mercedes 1805). Entradas en Redtickets a $ 2.080 y $ 1.880. Domingo 9 a las 20.00 en el cine teatro Cantegril (Punta del Este). Entradas en Redtickets a $ 1.580.
