Peaches!, de The Black Keys
Dan Auerbach (guitarra y voz) y Patrick Carney (batería), el dúo que se hace llamar The Black Keys, formado en Akron, Ohio (Estados Unidos), en los últimos tiempos anda igual de prolífico que cuando comenzó, a principios de este siglo. Hace pocas semanas publicó Peaches!, su decimocuarto disco de estudio, que le sigue a No Rain, No Flowers(2025) y a Ohio Players(https://ladiaria.com.uy/cultura/articulo/2024/7/nuevos-discos-de-slash-the-black-keys-y-silvio-rodriguez/). Quizás porque ambos músicos se acercan a pisar los 50 años, decidieron volcarse de lleno a una de sus pasiones: el nuevo disco es exclusivo de versiones de blues y soul, ideal para que desplieguen ese sonido retro y garajero que tan bien les sale. Ya la portada, con la imagen de un techo de chapa de una especie de cantina bien yanqui -con un desgastado cartel de Coca-Cola-, nos da una pista del asunto que trae adentro -esa tapa podría ser de un álbum de 1959-.
El disco suena crudo y orgánico y se siente como si estuviéramos en el medio del estudio. Al arranque se percibe -sobre el canal izquierdo- el clásico murmullo de una guitarra eléctrica antes de ser tocada, cuestiones físicas -inherentes a la conexión a tierra, la estática o lo que sea- más que bienvenidas en este hipermundo digital.
El primer acierto del álbum es que le escaparon a los estándares de blues más obvios y conocidos, esos de los que prácticamente cada banda de rock grande tiene una versión. Por ejemplo, de Arthur Crudup (1905-1974), pope del blues del delta, que compuso clásicos como “That’s All Right” y “My Baby Left Me”, grabaron “Who’s Been Foolin You”, con un pulso medio funky que hace imposible no mover al menos una parte del cuerpo al escucharla. En todo el disco la voz de Auerbach está pasada por un filtro pantanoso, que la banda ya ha usado, y termina de pintar el cuadro blusero.
“It’s a Dream” se erige como una de las más densas del disco, con el insistente riff de bajo que lleva el pulso blusero en cada vuelta, pero en la que sobresale el afilado y sucio solo de Auerbach, que viborea con rudeza, bien quejoso. En el álbum no participa solo el dúo; hay cerca de una decena de músicos que aparecen acreditados con colaboraciones varias. Por ejemplo, en “Where There’s Smoke, There’s Fire”, la que abre el disco -una de las canciones más souleras, original de Billy Griffin, de The Miracles-, hay una sección de vientos que le termina de dar el toque soul.
Es en “Tomorrow Night”, original de Junior Kimbrough, donde el empuje instrumental se pone más bluseramente espeso. Cuando termina el disco, con los siete minutos de la densa “Nobody but You Baby” y su obsesivo riff -que de tanta insistencia se vuelve mantra-, ya hace un buen rato que comprobamos que lo de estos muchachos no es una pose: se trata de un verdadero acto de pasión a ese inabarcable género llamado blues.
The Boys of Dungeon Lane, de Paul McCartney
El 18 de junio, Paul McCartney (exbeatle; ¿hace falta aclararlo?) cumplió 84 años y pocos días antes lanzó The Boys of Dungeon Lane, un nuevo disco de estudio, que se suma a su ya imparable discografía (va por la veintena solito, sin contar los discos con Wings y los anteriores, con aquel cuarteto de Liverpool bastante famoso). Este álbum rompe con seis años de silencio discográfico, ya que su anterior material de estudio fue McCartney III, lanzado a fines de 2020, en plena pandemia y todo eso.
El disco está producido por el músico estadounidense Andrew Watt, con quien además McCartney comparte créditos de autoría de cinco de las 14 canciones que incluye. Nacido en 1990, Watt es una especie de productor jurásico de moda, ya que también estuvo detrás de las perillas de los últimos dos discos de los Rolling Stones: Hackney Diamonds, publicado en 2023, y el flamante Foreign Tongues, que saldrá el 10 de julio. Así que, claro está, el muchacho tiene un fetiche con los rockeros ingleses más legendarios -y estos le son recíprocos-.
El disco abre con “As You Lie There” -una de las canciones coescritas con Watt-, con dos partes bien diferenciadas, formando un compendio de los trazos gruesos de la música de McCartney. La primera, a pura guitarra acústica, pinta un paisaje folk, casi hablado por Paul, y se va armando una tierna balada; luego, arremete el riff punzante y el músico cambia para su estilo rockero, con el barniz de producción modernosa de Watt.
Hay canciones de estilo folk fogonero como “Down South”, alguna de pop más estándar como “Ripples in a Pond”, con esas melodías vocales a las que nos tiene tan acostumbrados el exbeatle, que suenan familiares desde el principio. También se despacha con ritmos rocanroleros, como la movida “Come Inside”, con el “yeah” de rigor a la vuelta de algunos versos; un empuje musical en el que durante los tres minutos y poco nos olvidamos de que ese señor que toca y canta tiene 84 años. En “Home to Us” se da el gusto de que en la batería lo acompañe otro octogenario: Richard Starkey, mejor conocido como Ringo Starr, que también canta.
“Days We Left Behind” fue el primer corte de difusión del álbum y del que sale la frase que lo titula. Es una balada acústica que, a diferencia de la que abre el disco, no tiene solución de continuidad, ningún riff que la levante, porque no hay nada que la pueda alegrar. “Nada permanece, / nada viene a mi mente, / nadie puede borrar / los días que dejamos atrás”, canta Paul en el estribillo de una canción que merodea Dungeon Lane, una calle del barrio de Liverpool donde creció y de la que parecen trazarse líneas que atraviesan todo el disco. Al escucharla puede pensarse que la canción se pasa de melancólica, pero, con 84 años, nadie puede dudar de que son mucho más los días que McCartney dejó atrás que los que tiene por delante.