Una vez al mes los polos se invertían y no teníamos que atravesar la ciudad para hacer algo interesante –un recital, una película, una fiesta–, sino que alcanzaba con caminar unas pocas cuadras hasta un pequeño garage de la calle Astengo, en Sayago, donde por las tardes de los fines de semana funcionaba El Rincón del Coleccionista. Era algún momento de la década de 1990, cuando internet era un bien escaso y lo que ofrecía el hombre que esperaba allí era información fundamental. Gabriel Mainero no solo tenía estantes repletos de historietas importadas: era un conversador apasionado sobre la historia del cómic.
Como dice mi hermano Tito, con el que hacíamos la recorrida sabatina, por allí pasó buena parte de su generación de historietistas. Recuerdo aquellas charlas como un forcejeo en el que Mainero trataba de convencernos de las bondades de los clásicos –le debemos la entrada a la obra de Will Eisner, entre otras cosas– mientras nosotros íbamos detrás de material actual (yo buscaba revivir la sensación que me había provocado el Batman de Frank Miller unos años antes, Tito se llevaba reediciones de Robert Crumb y Gilbert Shelton).
Cerca del cambio de siglo, El Rincón del Coleccionista se mudó al Centro y amplió sus horarios; calculo que Mainero tenía más tiempo para atenderlo porque se había jubilado de sus otras actividades. También había sido narrador y guionista, y algo de eso da a entender en una entrevista que le hicieron en el fanzine Inconexo (se puede leer gracias al trabajo del proyecto Anáforas, de la Udelar). También allí habla de sus tareas y contactos en España, que incluían su sistema de transporte de libros y revistas.
Cuando entró a funcionar ese local en un primer piso de Uruguay y Convención era yo el que tenía poco tiempo, y no fui tantas veces como hubiera querido. Fue una alegría cuando, en 2012, llegó La historieta en Uruguay, el voluminoso primer tomo de una obra que Mainero venía anunciando desde hacía mucho tiempo, y que se entreveraba con sus trabajos para la Fundación Lolita Rubial y el Museo de la Historieta. Más tarde editaría, ya sin la coautoría de José Ernesto Costa, la continuación de ese extensísimo estudio. La primera parte me sigue pareciendo un libro conmovedor.
Para empezar es, y se nota desde el formato, una obra que se sabe interminable. La cantidad de información, antecedentes, opiniones y análisis es enorme y cada elemento parece pelear por su lugar en la organización del libro. En más de un momento, leerlo es como escuchar a Mainero y a su amor por la historieta: expansivo, ramificado, seguro. Y, sobre todo, da vértigo la forma en que el libro también es la reconstrucción de su propia historia como lector. Da cuenta de la vida del cómic y de su llegada a Uruguay y eso se confunde, de manera armoniosa, con los hitos de su contacto individual con la historieta a partir de las tiras que aparecían en la prensa, para pasar, sin problema alguno, a hablar de los autores y editores que se publicaban, de la manera en que fue averiguando quién estaba atrás de aquellas creaciones –ese instante en que la curiosidad nos lleva a dar un salto crítico–, de los nombres del panorama local que le parecían canonizables.
Impresiona también en ese libro el reflejo por defender un amor que nace en la niñez y que por eso, para otros y en otro momento, fue considerado infantil. Mainero, que murió en mayo, fue uno de los que consiguieron que, por estos lados, dejara de tener sentido cuestionar la relación entre historieta y arte. Fue un apasionado que supo vivir cerca de sus pasiones.