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Toda disputa por la tierra es una disputa por la mirada: Nuestra tierra, de Lucrecia Martel

El documental sobre el asesinato de un líder indígena en Argentina excede el reclamo de un caso puntual y brilla con logros formales.

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Entonces, ¿por qué lo mataron, hermanos de las almas, entonces, por qué lo mataron con escopeta? / Quería expandirse más, hermano de las almas, quería volar más libre esa ave-bala. / ¿Y ahora qué pasará, hermanos de las almas, qué ocurrirá contra la escopeta? João Cabral de Melo Neto, Morte e vida severina.

Emerge un duro drama cada vez que un latinoamericano se pregunta por su identidad. En primer lugar, por tener que hacerlo. “Somos como okupas en nuestra tierra”, decía la directora Lucrecia Martel en una entrevista con el medio argentino Gelatina. La frase no habla únicamente de una identidad negada; señala la paradoja de habitar un territorio que nunca termina de pertenecernos. La conquista española no solo repartió la tierra: también distribuyó las formas de verla, de nombrarla y de decidir quién pertenece a ella.

El asesinato de Javier Chocobar, líder de la comunidad Chuschagasta, parece condensar esa historia. En 2009, el empresario y terrateniente Darío Luis Amín, acompañado por dos expolicías, avanzó sobre territorio comunitario y lo asesinó a tiros. Un teléfono celular registró el crimen. Un video vertical de pocos segundos que, como tantas imágenes de nuestro tiempo, parecía condenado a desaparecer en el flujo inagotable de noticias que rápidamente se reemplazan unas a otras.

El asesinato registrado por aquel teléfono celular se convierte en el punto de partida del documental Nuestra tierra. Lejos de reconstruir el crimen o de seguir únicamente el proceso judicial que culminó 13 años después con la condena de sus responsables, la película utiliza ese caso para interrogar un conflicto mucho más amplio: la persistencia de la colonialidad en las disputas por el territorio, la memoria y las formas de representación.

Nuestra tierra no intenta reconstruir un asesinato. Se pregunta qué condiciones hacen posible una violencia de esa naturaleza y qué estructuras permiten que un crimen como ese permanezca 13 años impune esperando justicia. La respuesta, sin embargo, no llega a través de la cronología de los hechos. Martel, en este proyecto que le insumió 14 años de trabajo y que constituye su primera obra documental, encuentra otra forma de organizar las imágenes.

Eje espacial, eje temporal

Mientras gran parte del documental contemporáneo estructura sus relatos a partir de la sucesión temporal, Nuestra tierra privilegia la continuidad espacial. El juicio, la comunidad, las montañas y los caminos dejan de pertenecer a tiempos distintos para formar parte de un mismo cuerpo. La película viaja permanentemente desde la sala del tribunal hacia el territorio y vuelve otra vez, como si ambos espacios coexistieran. El montaje deja de explicar una historia para revelar una relación.

Ese gesto modifica la escala del relato. El crimen deja de ser un acontecimiento aislado para convertirse en la expresión de una violencia histórica. Chuschagasta deja de ser un punto perdido en el mapa argentino para resonar como una experiencia compartida por buena parte del Sur global. La continuidad espacial hace visibles relaciones de poder tan arraigadas en nuestra estructura poscolonialista que la cronología, por sí sola, difícilmente podría revelar.

Hay una escena del juicio que condensa con una precisión extraordinaria esa lógica. Durante un careo, Darío Luis Amín intenta justificar el asesinato insistiendo obsesivamente en el tamaño del arma que portaba uno de los integrantes de la comunidad. Mientras Amín eleva la voz aguda de hombre blanco de un metro noventa y pierde progresivamente el control de su propio relato, su interlocutor, sobrino de Chocobar, sostiene la discusión con una calma que nunca necesita imponerse mediante el volumen. Martel no precisa intervenir para señalar quién ejerce la violencia; deja que la escena revele esa tensión a través de los cuerpos, las voces y la manera en que cada uno ocupa el espacio. El terrateniente, cuya posición social le ha otorgado históricamente autoridad y dominio sobre el lugar, aparece aquí enfrentado a alguien que no reproduce esa jerarquía en el intercambio, y quien prácticamente no dirige la mirada. Y si bien se siente ganador, Amín jamás podrá sentir la libertad de Alberto, este sobrino reconocido como el atleta de la comunidad cada vez que llega corriendo hasta el pico de una montaña.

Es allí donde el paisaje deja de funcionar como escenario. Cada plano devuelve al territorio una densidad política que el registro del crimen no podía contener. El video del celular encerraba la violencia en un instante; Martel la expande sobre el espacio. Los animales, la vegetación, el viento y los silencios empiezan a hablar tanto como los testimonios judiciales. El territorio conserva el amor de una comunidad por la tierra que habita y, al mismo tiempo, las huellas de una violencia que persiste desde la conquista. Las comunidades se constituyen. La tierra no es únicamente aquello que se disputa; también modela la identidad de quienes la habitan. Cada paso transforma el territorio tanto como el territorio transforma a quienes lo recorren. Donde los discursos universalistas tienden a borrar esas singularidades, Nuestra tierra les devuelve espesor.

Sujeto colectivo

También el uso del dron participa en esa operación. Tradicionalmente asociado a la vigilancia, la guerra y el control, aquí deja de ser una tecnología destinada a dominar el territorio para convertirse en una herramienta capaz de recorrerlo. La película se apropia de esa mirada aérea. La desvía de su función original para ponerla al servicio de la justicia por el territorio. Si el poder utiliza el cielo para vigilar, Martel encuentra una manera de habitarlo.

Foto del artículo 'Toda disputa por la tierra es una disputa por la mirada: Nuestra tierra, de Lucrecia Martel'

Foto: Valentine Chapuis, AFP

Esa apropiación excede el empleo del dron. A lo largo de la historia, las tecnologías de control –la religión, la fotografía, los mapas, las cámaras, los propios drones– fueron utilizadas para clasificar cuerpos, administrar poblaciones y justificar conquistas. Nuestra tierra recuerda que ninguna tecnología permanece condenada a su función original. Como toda creación humana, puede ser desviada de su propósito inicial para inventar otras formas de mirar, de narrar y de construir comunidad.

Por eso, la película no construye únicamente una denuncia: construye una forma. En ella, el verdadero protagonista ya no es un individuo, ni siquiera un crimen, sino un sujeto colectivo que emerge del territorio. La continuidad espacial deja de ser una decisión de montaje para convertirse en una posición política: el paisaje ya no aparece como aquello sobre lo que se ejerce la violencia, sino como aquello que la recuerda, la conecta y la vuelve inteligible.

En un presente donde buena parte del cine parece organizarse alrededor de personajes individuales y relatos cada vez más fragmentados, Nuestra tierra recupera una forma cada vez menos frecuente: un cine capaz de construir el relato de un sujeto colectivo. No una comunidad idealizada, sino un territorio atravesado por memorias, conflictos y persistencias. La película comprende que la identidad no es un atributo individual, sino una relación que se construye entre los cuerpos, el paisaje y la historia. El territorio deja de ser el fondo sobre el que ocurre un conflicto para convertirse en aquello que produce memoria, identidad y comunidad.

Toda disputa por la tierra es una disputa por la mirada. Quizás allí resida el gesto más radical de Nuestra tierra: demostrar que el cine todavía puede inventar formas de ver capaces de devolverle a un territorio la voz colectiva que la historia intentó arrebatarle. En tiempos en los que hasta el cielo parece haber sido conquistado por tecnologías de vigilancia, Martel recuerda que ninguna mirada pertenece para siempre al poder. También ella puede ser disputada.

Nuestra tierra. 182 minutos. En Netflix.

En otras pantallas

Nuestra tierra tuvo su estreno mundial en setiembre durante el Festival de Venecia y en Uruguay se pudo ver en el reciente Festival Internacional Cinematográfico. Luego fue programada brevemente en Cinemateca, donde Martel mantuvo una charla pública con el historiador Nicolás Duffau, decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República.

Desde este mes es parte de la oferta de Netflix. Coproducción de instituciones y empresas de Argentina, Estados Unidos, México, Francia, Países Bajos y Dinamarca, es el primer documental de la aclamada directora argentina y su primer largo después de Zama (2017), adaptación de la novela de Antonio Di Benedetto.

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