En una nota para la revista The New Yorker, la periodista estadounidense Amanda Petrusich definió al canadiense Doug Paisley como “un cantante de carácter recio y directo” y un compositor de folk que graba discos “hechos a medida del invierno y de las exigencias emocionales que impone la estación, incluidas las sombrías ensoñaciones que pueden apoderarse de uno durante una noche fría y oscura de diciembre”.
Lejos de esa descripción inspirada en sus canciones, que pintan a un solitario y parco hombre de la montaña, el que camina por Bacacay y revisa los mensajes en su teléfono es un tipo macanudo y citadino, más parecido al de la portada de su disco Sad Old Word.
“Eso es Tracy Hardware, y la que está detrás del mostrador es la señora Tracy. Es un negocio familiar que debe tener unos 80 años. La foto era un buena conexión con otro mundo, u otro tiempo”, explica el músico nacido en Toronto, de visita por Montevideo, sobre el fondo de su retrato sonriente en un almacén de ramos generales cuyos estantes conservan latas de pintura, llaves y candados, golosinas, linternas, notas escritas a mano y recortes de diarios que alguna vez noticiaron sobre el negocio “Aquí encuentra lo que vino a buscar”.
“Creo que siempre fui una persona nostálgica, pero de diferentes maneras. Eso cambia con el tiempo. Quizás cuando era más joven era más literal o simplista. Y, a medida que me veo más viejo, entiendo que es importante mantenerse conectado con el presente. O al menos lo intento. Muchas de las cosas que valoro en la música han quedado un poco olvidadas”, reflexiona, mientras toma un capuchino en el Café la diaria.
Considerado “uno de los mejores cantautores” de su país por la cadena de radio y televisión CBC, Paisley se define como un artista de country y bluegrass alternativo. Como solista lleva editados ocho discos y tres EP, y ha colaborado con artistas como Garth Hudson (The Band), Mary Margaret O'Hara y Feist.
En el marco de una nueva edición del festival Canción Solidaria Internacional, el artista norteamericano se presentará este viernes en Magnolio Sala junto con la argentina Rocío Sirri y la banda uruguaya Contrarreloj, en la que será su primera actuación en Sudamérica. Lo que sigue son fragmentos de una amable charla.
Las letras de tus canciones están muy cercanas a cieras formas de la poesía. ¿Cómo es tu vínculo con la poesía?
Creo que mi primer vínculo fuerte fue, en realidad, con las letras de canciones. No es exactamente lo mismo que la poesía, pero fue el comienzo. Cuando era adolescente descubrí a John Lennon y, a esa edad en la que uno recién empieza a convertirse en adulto, estaba completamente abierto a ese tipo de experiencias. Después llegaron Bob Dylan y muchos otros compositores, pero el primero fue Lennon.
¿También sos lector de poesía y de literatura?
Sí, leo mucha literatura. Tal vez menos poesía. Principalmente novelas y ficción, aunque también algo de poesía.
¿Qué autores te gustan? ¿Cuáles son tus favoritos?
Uno de los primeros autores que realmente me marcaron fue Raymond Carver. Lo adoro. También Alice Munro, y durante un tiempo leí mucho a Charles Bukowski. Más recientemente estuve leyendo a Somerset Maugham.
Lo que suele pasarme es que cuando encuentro un autor que realmente me gusta, quiero leer absolutamente todo lo que escribió. Me ocurre igual con los músicos. Cuando conecto de verdad con alguien, necesito recorrer toda su obra. A veces, incluso antes de terminar su bibliografía, siento que ya completé ese viaje. Pero cuando un artista me interesa de esa manera, quiero conocer todo lo que hizo.
¿Otros canadienses?
Hay un poeta extraordinario que me gusta muchísimo, Al Purdy. De hecho, compuse música sobre algunos de sus poemas para una película dedicada a él [Al Pudry was here, Brian Johnson, 2015). También me gustan Alden Nowlan, Michael Ondaatje y Margaret Atwood.
Entiendo que en Uruguay existe una situación parecida a la de Canadá. De alguna manera, Canadá es una colonia cultural de Estados Unidos, y me han comentado que Argentina ejerce una influencia similar sobre Uruguay. A muchos canadienses les lleva mucho tiempo descubrir quiénes son realmente sus propios músicos, cineastas o escritores, porque la fuerza cultural de Estados Unidos es enorme.
Siempre recuerdo que, cuando todavía existían los videoclubes, en Canadá muchas veces las películas canadienses estaban ubicadas en la sección de cine extranjero. Eran casi invisibles. Al mismo tiempo, justamente esa invisibilidad tiene algo positivo. Escuché a músicos canadienses decir que, como durante mucho tiempo nadie les prestaba demasiada atención, pudieron desarrollarse con más libertad. Tal vez porque hay menos oportunidades uno termina haciendo exactamente lo que quiere hacer.
¿Qué te parece Montevideo?
Me encanta. Me recuerda un poco a Montreal. Tiene un tamaño muy humano, es una ciudad amable y, al mismo tiempo, muy cosmopolita. También me fascina la arquitectura. Me siento muy cómodo y muy relajado acá. Capaz que Emilio [Pérez, organizador del concierto] tiene algo que ver con eso, pero siento que es una ciudad muy agradable para caminarla.
De Montevideo se dice que es una ciudad muy melancólica. ¿Qué dirías de Toronto?
Dentro de Canadá, Toronto es el gran centro financiero, comercial e industrial. Montreal, en cambio, tiene una identidad cultural mucho más marcada, sobre todo por su herencia francesa. Por supuesto que de Toronto también salieron músicos y proyectos muy importantes, conocidos en todo el mundo. Siempre viví allí y ahora realmente la quiero, pero existe un dicho sobre muchas ciudades que dice: “Es un lindo lugar para visitar, pero no para vivir”. Con Toronto me pasa exactamente al revés: es un lugar excelente para vivir, pero no necesariamente para visitar. Tiene todo lo que necesitás, es una ciudad muy cómoda, aunque no sé si resulta especialmente emocionante. Su encanto es mucho más sutil.
Algunos de tus fans dicen que tu último disco, Streets of Heaven, es tu mejor trabajo. A primera escucha también parece el más oscuro de todos.
Es curioso, porque en este disco trabajé con un productor muy específico y siento que, musicalmente, muchas canciones son incluso más para arriba. La producción tiene esa energía. Pero quizá las composiciones y las letras sí sean más oscuras.
En la canción que da título al álbum decís, por ejemplo: “Tenés un montón de tiempo para dormir cuando estás muerto”. ¿Te resulta natural escribir algo así?
Sí. Me siento completamente cómodo con esos temas. Mis raíces musicales están en el viejo country, el bluegrass y la música country tradicional, géneros que están atravesados por la tristeza. A veces la gente me dice que esas canciones son melodramáticas, que son tan tristes que hasta resultan exageradas. Pero cuando convivís durante tantos años con esa tradición, dejás de percibirlo de esa manera. Hablan de la muerte, de divorcios, de pérdidas, pero para mí son cosas totalmente naturales.
En Uruguay no sabemos muy bien cómo lidiar con la muerte. ¿Tu fórmula es a través de la música?
Creo que sí. Para mí la música siempre fue un espacio profundamente emocional, un lugar donde puedo procesar esas cosas, pensar en ellas y comunicarlas. Nunca fueron asuntos que me incomodaran intelectualmente. No me obsesionan ni me atormentan. Tampoco quiero romantizarlos ni tratarlos de una manera superficial. Simplemente me interesan todas las emociones que existen alrededor de esos temas. Incluso cuando una canción parece muy feliz, siento que esas cuestiones siguen estando presentes.
A veces, una canción extremadamente alegre puede resultar más perturbadora que una vieja canción country profundamente triste. Porque debajo de esa alegría también está la conciencia de la muerte o de la fragilidad, aunque aparezca escondida detrás de una especie de optimismo voluntario, de esa idea de que “tenemos que ser felices”. Eso, de alguna manera, me resulta más perturbador.
Vas solo a todos lados con tu guitarra. ¿Quién fue tu gran maestro?
Mi gran héroe es Tony Rice, un guitarrista estadounidense de bluegrass. Probablemente sea la persona que más me influyó como músico. Por su técnica, por la forma en que arreglaba las canciones, por el repertorio que elegía e incluso por la manera en que entendía el oficio de ser artista. Murió hace unos seis años. Era un personaje muy particular. Siempre estaba impecablemente vestido. No llevaba ropa extravagante, simplemente tenía una elegancia muy sobria. Se tomaba muy en serio su trabajo artístico. Para mí fue una influencia absoluta, aunque la música que yo hago no sea exactamente la misma que hacía él, es como una especie de ángel de la guarda.
Tus letras tienen versos breves y muy precisos. ¿Pasás muchas horas en esa tarea?
Sí, muchísimas. A veces durante años. La música me resulta muy fácil. Componer una melodía o encontrar una progresión de acordes suele salir con naturalidad. A veces también aparecen muy rápido la idea general y el clima de la canción. Pero después falta casi todo, y no quiero llenar ese vacío con palabras que no significan nada.
Esperás hasta encontrar exactamente lo que querés decir.
Exactamente. John Lennon tenía una idea que siempre me gustó mucho. Decía que, una vez que empezabas una canción, no importaba si había un funeral o un incendio, tenías que terminarla. Me encanta esa filosofía, pero yo no siempre puedo trabajar así. Si pienso en “Say What You Like”, escribí la primera mitad de la letra y recién unos diez años después pude escribir la segunda estrofa. Durante todo ese tiempo pensaba: “Qué buena canción que tengo entre manos. Ojalá pudiera tocarla”, pero no encontraba esa segunda parte. Hay canciones que simplemente necesitan tiempo.
Festival Canción Solidaria Internacional, a beneficio del merendero Unidos Somos Más. Actuaciones de Doug Paisley, Rocío Sirri y Contrarreloj. Viernes a las 21.00 en Magnolio Sala (Pablo de María 1015). Entrada gratuita con un juguete y reserva a través de Redtickets.