Alrededor de un monitor encendido en Crónica TV, las paredes y todos sus rincones están ocupados por centenares de libros. La pequeña habitación sin ventanas adquiere su luz en el detalle de las colecciones: ordenadas por autores, nacionalidades, épocas, editoriales y géneros, cuidadas y dispuestas en el espacio con un criterio superior y estético.
Sobre una mesa, el lomo de Me llamo rojo, del Nobel turco Orhan Pamuk, pasa desapercibido y se destacan una mamushka de líderes rusos desarmada y una serigrafía del líder chino Mao Tse-tung estampada en un lugar de relieve. “Mi día a día es más parecido a esto que al carnaval”, dice Emiliano Tuala, acompañado de un gato en el living de su casa.
Es hijo del comediante, músico, libretista y figura carnavalera Miguel Ángel Tuala y fanático de las novelas históricas. Como director artístico y guionista, integra el núcleo creativo de Doña Bastarda, junto a Camilo Abellá e Imanol Sibes.
En 2025 la murga obtuvo el primer premio en su categoría con el espectáculo “En la mala”, y volvió a triunfar en 2026 con “Patria o Tumba”.
Este martes, en el Antel Arena, el conjunto se propone celebrar el bicampeonato y cerrar una etapa con una propuesta titulada La fiesta de Artigas.
Con cuatro libros escritos e inéditos, Tuala, que estudió psicología y ciencias políticas, escribió para la diaria y el semanario Brecha y puede hablar horas seguidas sobre la actualidad uruguaya con rigurosidad académica e ingenio popular, se tiene fe con el quinto, al que define “de pura fantasía”, y lejos de la literatura local.
“No sé quién me va a publicar porque a mí no me conoce nadie”, supone, y adelanta sobre el texto. “No tiene nada de uruguayo, no aparece el mate ni la rambla. Me puede salir bien o mal, pero lo uruguayo no está como referencia. Para mí, carnaval es el lugar donde vuelco mis inquietudes del año”, subraya.
Nada más uruguayo que el carnaval, aunque hay gente que dice que “los que están muy inmersos piensan que todos están metidos en el tema, y está lejos de ser así”. ¿Vos cómo lo ves?
Somos un nicho. El carnaval uruguayo, como lo conocemos hoy, surgió como un fenómeno periférico, marginal, lumpen, y después obrero. Ahora eso se rompió, y hoy es casi un fenómeno de clase media. Tengo mis dudas sobre el alcance del carnaval en la periferia y en la cultura popular de esa zona. No sabemos cuál es realmente el alcance del carnaval, por ejemplo, en niños o adolescentes de barrios pobres de Montevideo. En alguna época, el murguista era como un superhéroe, aunque para algunos lo sigue siendo, incluso para mi hijo, pero no sé si ese fenómeno sigue existiendo.
La murga surge alrededor de ciertos trabajadores organizados, de fábricas y de un montón de cosas que hoy casi no existen. En un nuevo mundo laboral y en una reconfiguración de los barrios, ¿cómo entra la murga en esas zonas? No lo sé.
Siguiendo ese razonamiento, también se pone en interrogante la famosa esencia de la murga que se intenta no perder.
Sí, porque no sabemos en realidad de qué estábamos hablando. En una época, se decía, y aún se dice: “La murga es la voz del pueblo”. Y en realidad, el pueblo es siempre un recorte arbitrario. Cuando luchás contra la dictadura, el pueblo son todos los que no son la dictadura; cuando luchás contra las medidas neoliberales, el pueblo son todos los que quieren defender el Estado, y en una campaña electoral el pueblo son los que están conmigo, los que votan lo mismo que yo. Entonces el pueblo puede ser los más pobres, pero también puede ser los trabajadores.
De lo que sí estoy seguro es de que la murga tiene la obligación de contrarrestar discursos dominantes. Hay discursos dominantes que escuchamos durante todo el año y que durante un mes son contrarrestados. Ahora que está de moda hablar de batallas culturales, me parece que la izquierda en muchos aspectos comunicacionales durante el año pierde batallas culturales; pero la izquierda, y no hablo del Frente Amplio. La izquierda como ideología, durante un mes parece que se impone, y un cierto relato predomina. Sobre todo hoy, que el concurso sale por la tele y que el carnaval es masivo en ciertos términos. Creo que también por eso carnaval enoja mucho, porque hay un mes en el cual los que sienten que tienen cierto dominio del relato, medio que lo pierden, y eso es algo que irrita bastante. Por eso el carnaval tiene enemigos declarados.
¿Cómo se autopercibe Doña Bastarda? ¿Es una murga compañera?
Me causa gracia tu pregunta, porque este año, además de mi trabajo con Doña Bastarda, estoy escribiendo para Araca la Cana, que es la murga de la que soy hincha. La mayoría de los gurises que fundaron Doña Bastarda provienen de Murga Joven, que es un lugar al cual yo nunca pertenecí. Ellos traen esa impronta, y yo soy más ochentoso. Me siento muy cómodo con las murgas de esa época.
Creo que Doña Bastarda es una mezcla bastante particular de juventud, irreverencia y músicas del siglo XXI, pero a la vez, cuando la murga se quiere plantar, a veces gesticula y se para como haría un murguista de los 80. En términos ideológicos seguramente sea una murga compañera y en términos estéticos somos más una obra de teatro del siglo XXI.
¿Cómo fue el comienzo de ese vínculo con Araca?
Yo vengo de una familia de humoristas y parodistas. Salvo mi tío Roberto Tuala, que había sacado Comuna Murga con trabajadores de Adeom. Un día en mi casa, yo tendría 12, 13 años, encuentro en un cajón un casete de Araca la Cana de 1987, el año que hacían el cuplé de la comisaría. Lo empecé a escuchar y me encantó, y a partir de ahí yo, que tengo alma de coleccionista y acumulador, empecé a coleccionar años de Araca la Cana.
Recién en el año 2003 fui a un ensayo de la murga, en el sindicato de INAU, por Agraciada y Bulevar. No fue un gran año en la murga, pero para mí era impresionante estar cerca de Araca. Fui durante muchísimos años a ensayos de la murga de Catusa, como mero espectador. Me sentaba en el cordón de la vereda, pasaba horas como un traumadito, mirando y escuchando. Para mí, que soy muy defensor de que la práctica te forma, esa experiencia fue muy importante. Y lo mismo me pasaba en el núcleo de mi familia, donde yo escuchaba a mi padre, a mis tíos y a mis primos discutir sobre armados de espectáculos de Los Jokers, por ejemplo. Así, me fui formando a los tumbos.
¿Cómo te integraste a Doña Bastarda?
Yo no tenía ninguna experiencia escribiendo en carnaval, y un día Marcelo Sanguinetti, bombista de la murga La Lunática, me escribe por Facebook, me cuenta que van a dar una prueba de admisión y me dice: “Vos tenés que escribir en carnaval. Venite y conocés a Camilo [Abellá]”. En esa época yo tenía un blog donde compartía notas de análisis político y humor, lo que hice siempre.
Nos juntamos con Camilo, nos entendimos enseguida, armamos la prueba, nos fue muy bien, y en ese carnaval casi entramos a la liguilla, que, para una murga chica, con un título prestado, era un campañón. Y cuando terminó ese carnaval, dijimos con Camilo: “La cosa funciona bien, no pidamos un título prestado, inventemos nuestra propia murga”.
¿A quién se le ocurre el nombre?
Esto es como lo que les pasa a los padres con el nombre de los hijos. Mi padre decía que me llamaba Emiliano por Emiliano Zapata, y mi madre dice que me puso Emiliano porque a ella le gustaba. Hay varias teorías de por qué se llama Doña Bastarda, yo te voy a decir la mía: la murga se iba a llamar La Bataclana, pero ya había sido registrado por una murga muy antigua. Teníamos la idea de que fuera un nombre femenino de una señora grande.
Entonces estaba la idea de la doña y la bastardía. Por un lado, está como referencia la serie Juego de Tronos, con sus bastardos. Y a la vez yo soy fanático y admirador de Eva Perón, y como dice José Pablo Feinmann, Eva Perón es una figura fascinante porque es una hija bastarda en un país oligárquico, y él contrapone siempre la oligarquía a la bastardía. La oligarquía es el poder que se transmite mediante la sangre, los apellidos compuestos, los dueños de la tierra, vinculados al ejército, a la iglesia, a las instituciones. La bastardía es la persona que no tiene nada, está en cero, y a partir de ahí tiene que construir su futuro y darse a sí misma una identidad. La condición de bastardo es una condición muy fuerte. Es una palabra que cayó en desuso, pero la sociedad está llena de bastardos. Y me parecía que calzaba muy bien Doña Bastarda. Después se le agregó “la murga sin padre ni padrino”, que era una forma de decir: “Efectivamente, no somos nada”. Debutamos sin una sola figura en el plantel.
Nuestra única figura era nuestro puestista Pablo Pinocho Routín. Un día lo llamamos y le dijimos: “Che, Pinocho, somos un grupo de anónimos, tenemos esta idea de espectáculo de monstruos, queremos que nos hagas la puesta en escena”. Con una humildad enorme, no preguntó nada, fue a un ensayo, le gustó lo que hacíamos y dijo que sí, y ahí se quedó unos cuantos años en la murga, al punto de que después terminó saliendo.
La idea de la bastardía en términos políticos es muy fuerte y nosotros siempre hemos intentado mantener esa línea. Políticamente, te la podés jugar, pero sin deberle nada a nadie, para seguir siendo independiente.
¿Por qué crees que el espectador de carnaval se involucra tanto en la fiesta al punto de sentirse tan protagonista como una gran figura?
Es una parte fundamental del carnaval. Este año, cuando surgió la polémica por el cuplé “Juro por mi patria” [que hacía referencia al conflicto entre Israel y Palestina], yo razonaba que la gente, ni bien nos viera, iba a saldar el debate. Todo ese ruido se armó previo a que nosotros fuéramos al Teatro de Verano, incluso antes de que actuáramos en algún tablado. Fue un ruido bastante inusual para ser una murga: analistas políticos, ministros hablando del tema, comunicadores. Y yo le decía a mis compañeros: “Esto lo va a saldar la gente cuando nos vea en los tablados. Ya sea con aplausos o con piedras”. Y efectivamente fue así. Una vez que empezamos a rodar con el espectáculo, el debate se terminó.
El público en carnaval juega un rol muy importante, y se siente parte de la fiesta. Carnaval es una fiesta popular que tiene algunas cosas del circo romano y el teatro griego. Vos podés ser técnicamente perfecto, pero te puede llevar puesto el rugido de 5.000 personas aclamándote un minuto.
Y el ataque que recibió la murga por ese cuplé, ¿hasta qué punto llegó? Un nivel sería un político hablando mal de murga en la televisión.
Hubo algún intento de violencia física en un tablado, amenaza a algún compañero con que podía perder su empleo. Y después la familia que nos quiere y se preocupa, y aunque no pasara nada, siempre había un estado de alerta de qué era lo que podía pasar y hasta dónde podía llegar. Creo que los carnavaleros en ese sentido están institucionalmente bastante desprotegidos. Siempre existía el temor de: “¿Hasta dónde esto va a escalar?” Pero yo sentí que la gente nos arropó y que eso fue nuestro escudo durante toda la fiesta.
En sus dos últimos espectáculos la murga fue muy crítica de la situación social del país y en el último, además, habló del avance el fascismo. Como analista político, ¿cómo ves la realidad de Uruguay hoy?
No tengo una mirada muy optimista. Y no me gusta el discurso de la excepción uruguaya. Es un discurso que tiene algunos elementos veraces, pero que es muy autocomplaciente y peligroso.
En Uruguay los políticos se cuidan mucho. Eso por un lado está bueno porque quiere decir que no hay deslealtades, pero a la vez es una forma bastante corporativa de actuar y creo que entraña algunos peligros. Entre ellos, que los políticos se muevan como una suerte de casta distanciada de la sociedad.
La palabra “casta” ahora está de moda porque la usó Milei, pero en realidad antes recuerdo a Pablo Iglesias en España usando ese término para hablar del sistema político español, y previamente la izquierda ha trabajado mucho la idea de los políticos como un grupo apartado de la sociedad. Sin ir más lejos, los anarquistas, hace siglos que vienen estudiando cómo cuando una persona accede a un auto, a un piso alfombrado, o a tomar un cafecito calentito en la oficina todos los días, provenga de donde provenga, empieza a cambiar su forma de pensar y de sentir.
Yo creo que el sistema político uruguayo está en su peor momento desde el retorno a la democracia y con una agenda política muerta. Uruguay es un país donde no se debate nada y donde se arrastran los mismos problemas hace décadas habiendo pasado todo.
Esto no quiere decir que dé todo lo mismo o que en el medio no haya habido cosas buenas, pero sí hay problemas como personas en situación de calle, problemas en la educación, en la salud pública, en las cárceles, en la seguridad, que hemos venido arrastrando y que no se están resolviendo.
No veo, además, un elemento disruptivo, no veo a nadie creativo. Ustedes en la diaria una vez al año, agarran a los políticos y les preguntan qué libro están leyendo. Y a mí lo que siempre me llamó mucho la atención de eso es que casi todos los políticos leen libros sobre política.
¿Qué deberían leer?
Creo que los políticos tienen que leer mucha más fantasía, más ficción, tienen que ser más creativos. Les falta ingenio, osadía. El gobierno que tenemos ahora es eso mismo, un gobierno sin osadía, sin relato, sin fibra, sin emocionalidad. Gobernar no es solamente administrar números fríos, gobernar es liderar una comunidad, construir una identidad, construir cosas que te comuniquen con otras personas. Vos podés tener algunos números muy buenos, pero si algo de tu persona no está conectando con lo que le está pasando a la gente, sobre todo en una época como la de hoy de pura emocionalidad, es muy difícil que te vaya bien.
Creo que hay que rastrear bastante para encontrar momentos de desconexión tan grande entre la política y la sociedad uruguaya. No veo líderes políticos que entusiasmen, veo un panorama gris y en ese sentido imagino este escenario: si la izquierda se corre al centro y la derecha se corre al centro y no hay una salida a los grandes problemas en este escenario, Uruguay se predispone a 20 años más donde gobiernan cinco la coalición y cinco el Frente Amplio, cada uno de ellos moviendo apenitas la aguja mientras los problemas se van acumulando y empeorando. Y si eso es así, ¿a dónde vamos a ir a parar? A una salida que seguramente no sea dentro del marco de todos los bloques, sino por fuera, y ahí puede pasar cualquier cosa.
¿Cómo se sale de ese lugar?
Creo que la solución a eso es que venga alguien a plantear cosas distintas, porque evidentemente las cosas que le están haciendo no están funcionando, y ese alguien tiene que venir a plantear cosas distintas, alguien capaz de “hacer temblar las raíces”. Uruguay está necesitando algún político dispuesto a asumir riesgos, y eso no lo estoy viendo.
Yo sé que esto suena como un mensaje catastrófico, simplemente estoy pensando. Vos me hablabas del avance del fascismo. La democracia es un mecanismo de solución de diferencias, pero como han dicho tanto Alfonsín y Mandela, si la democracia no educa, no da de comer, si la democracia no soluciona los problemas de la gente, se empieza a volver una cáscara vacía.
Por supuesto que yo no estoy de acuerdo en hacer una razzia y meter presos por las dudas, la cultura del arresto masivo, las antorchas, pero si pasan décadas, y los problemas no se solucionan, en algún momento a la gente le empieza a dejar de importar el cómo, y empieza a querer soluciones.
Nosotros estamos en las puertas de eso. Yo ayer pasaba por la plaza de los Bomberos con mi hijo, y vi una escena que me pareció de película. Enfrente todos los días estaciona un ómnibus que se lleva personas en situación de calle a refugios. Había una larga cola, y un cacheo de personas en situación de calle, hecho por policías. Era como una cosa distópica. Si hace diez años me decían que yo iba a ver esa escena en Montevideo a las siete de la tarde, yo decía que no. Ahora me pregunto cuál es la escena que vamos a ver en cinco años, y cuál es la escena que vamos a ver en diez.
Volviendo a lo que decías de la imagen que damos, está muy bien vista las fotos que en su momento se sacaban juntos José Mujica, Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle.
Está bárbaro, que se lleven bien está bárbaro. Yo no quiero una guerra civil, pero quiero diferencia, porque después es muy difícil que vos me convenzas en una elección. En el caso Israel-Palestina, que es un tema que trató la murga, si vos me decís que vos como izquierda siempre estás del lado de Palestina, pero ahora como sos gobierno y gobernás para todos, tenés que tener una posición ecuánime y por lo tanto no vas a meterte en el conflicto, la pregunta que te haría yo como persona de izquierda es: “¿Por qué cuando llegan las elecciones yo te tengo que votarte, si vos vas a gobernar como gobernaría cualquiera?” Lo cual, además, es falso. Una persona de derecha llega al gobierno y toma medidas de derecha. De hecho, Lacalle Pou en política internacional estuvo sujeto a los lineamientos de Tel Aviv y de la Casa Blanca, pero lo que yo te pregunto como persona de izquierda: “¿Para qué querés mi voto de izquierda si vos vas a hacer otra cosa cuando estés en el gobierno?”.
Volviendo a lo que te decía de Uruguay, de la excepcionalidad uruguaya como un problema, y te voy a citar dos casos en sentido contrario. El caso Astesiano, en otro país, seguramente hubiese llevado a la caída del presidente por un montón de aristas. Si nosotros escuchamos a un ministro que le decía a una subsecretaria: “Vamos a una reunión, entra por el garage y perdé el celular”, eso seguramente, en cualquier país medianamente serio, hubiese implicado la caída del gobierno. Acá, en Uruguay, como somos un país de consenso, todo el mundo dijo: “No, bueno, vamos a cuidar a este gobierno”. Lo criticamos al presidente en términos políticos en las entrevistas, pero después vamos a cuidarlo porque cuidamos la institucionalidad y acá, pase lo que pase, los presidentes terminan.
El tema de la camioneta de Orsi, que es menor al lado del caso Astesiano, no deja de ser un tema que rompe de alguna forma la credibilidad en la política y que daña la imagen del presidente y la institución. Entonces, ¿qué pasó ante ese caso? Evidentemente hubo una especie de acuerdo entre medios de comunicación y el sistema político para aplacar un tema pero, en realidad, nunca supimos qué pasó con la camioneta del presidente. Hubo un acuerdo por el cual el tema era tan delicado que elegimos callar y seguir para adelante.
¿Eso quiere decir que el caso Astesiano o que el caso camioneta no daña la democracia, no perfora en la credibilidad? No. Quiere decir simplemente que los políticos se la vienen ingeniando muy bien para zafar unos y otros.
¿Qué va a celebrar la murga con su espectáculo en el Antel Arena?
A Alejandro Dolina le preguntaron una vez algo así sobre el peronismo. Cada vez que se juntaban los peronistas tocaban el bombo, incluso cuando perdían, y él dijo: “Nosotros celebramos que estamos juntos”, y yo creo que en el caso de Doña Bastarda, lo primero que va a celebrar es que como murga y como colectivo seguimos existiendo casi diez años de nuestra fundación. Y después, objetivamente, ganar es algo que uno tiene que permitirse celebrar. Es un reconocimiento, el haber tenido un público que nos acompañó y que fue creciendo es algo que también merece ser celebrado, y por eso se elige el Antel Arena.
Yo conozco algo de tu historia familiar pero muy superficialmente. ¿De dónde viene tu gusto por la lectura?
En mi casa no había libros, en mi casa no se leía. Mi padre no leía. Era parte de una generación que yo reivindico bastante. Mi padre no había terminado el liceo y tenía una amplia cultura general: aprendía de los boliches, de charlas de borrachos, de estar robándose conocimiento entre todos, en una época en la que se hablaba mucho y un montón de gente se sentaba en un bar ¿Viste como el sketch de Decalegrón? [“El Boliche”]. Mi padre era de esa escuela.
Yo arranqué a leer más o menos a los 20 años. Y después de ahí no paré. Yo escribo desde que soy chico, además. Para mí leer es algo que es un refugio y siempre recomiendo a toda persona que vaya a escribir que lea, que lo mejor que podés hacer para escribir es leer, que no es garantía de nada por supuesto, pero que leer te da un montón de herramientas. Es como querer jugar al fútbol sin haber visto a nadie jugar al fútbol.
La fiesta de Artigas. Martes a las 21.00, en el Antel Arena. Entradas desde $ 900 a $ 1.900 en Tickantel.