Cuando nos conocimos no conversamos sobre Kafka ni sobre los Kirchner, sino sobre Kurt Vonnegut y sobre Dick, Philip K Dick. Mi amigo K me recomendó –y al poco tiempo me prestó– Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, el estudio de Emmanuel Carrère sobre el prócer de la paranoia, y desde entonces, a pesar de los éxitos y la fama que se le fueron pegando, para mí el francés es, ante todo, el autor de esa biografía.
Cuesta poco, además, leer a Carrère con el filtro K Dick: Karrère. El bigote, novela y después película, le debe mucho a Time Out of Joint (Tiempo desarticulado). Algo no encaja en el entorno de sus protagonistas, parientes ambos de Jim Carrey en The Truman Show en eso de creer radicalmente aquello de que “el mundo entero es un escenario”, como escribió Shakespeare. El plus de Carrère: no termina de explicar si el desfasaje se debe a un problema de salud mental o a un complot.
En El estrecho de Bering, Carrère se mete directamente en consideraciones sobre las ucronías, ese género que especula no sobre futuros, sino sobre otros presentes. Dick tiene un lugar destacadísimo en esa tradición como autor de El hombre en el castillo, la novela en la que se imagina un final distinto para la Segunda Guerra Mundial y unos Estados Unidos ocupados por Alemania y Japón. Carrère hace una lectura de los abismos conceptuales que contiene la historia de Dick, que tiene una recomendable expansión en Netflix. (Acá me permito redirigir a alguno de los cruces entre ucronía y periodismo cultural que propicié hace algunos años en la diaria y en Lento).
Dick, además, es una referencia constante en las novelas más biográficas de Carrère. Miren lo que dice en Koljós: “Más tarde, escribiré la vida de Philip K Dick, uno de cuyos cuentos fundacionales, ‘The Father-Thing’, se titula, en la traducción francesa, ‘El padre falso’. En él vemos cómo un niño pequeño se da cuenta de que su padre, sin cambios aparentes, ya no es su padre, sino un extraterrestre malvado que ha ocupado su lugar. Poco después de romper con el señor N, mi madre se tiñó el pelo”.
El reino es, entre otras cosas, una novela sobre crisis de fe, y no son pocas las menciones a la etapa mística del Dick tardío como paralelo de la fase católica de Carrère, además de otras coincidencias relevantes para el francés, como el nombre de pila de sus parejas, y de apariciones providenciales, como la de una “niñera dickiana”.
De esa novela: “Me sumergí en su mundo de ucronías totalitarias, de simulacros, de rostros que ocultan otros rostros, de vértigos ensamblados hasta el infinito. Era perfectamente consciente, por aquel entonces, de que Dick era un escritor muy importante –por aquella época, yo andaba repitiendo que era ‘el Dostoievski de nuestro tiempo, esto es, por decirlo rápido, el hombre que lo ha entendido todo’–, pero aún no podía sospechar hasta qué punto lo era. No podía sospechar que esos libros extraordinariamente angustiosos no solo eran la guía perfecta para visitar una twilight zone como la Rumania poscomunista, sino, treinta y cinco años después, la descripción más exacta de nuestro mundo actual. No podía sospechar que lo que en mi juventud aún se llamaba realidad, treinta y cinco años después, habría desaparecido bajo la proliferación exponencial de sus versiones alternativas, y que un personaje directamente salido de una novela de Dick como Elon Musk podría afirmar sin pestañear que las probabilidades de que vivamos en la realidad básica son de una entre varios miles de millones; lo peor es que podría tener razón. No podía sospechar lo que se avecinaba, nadie salvo Dick lo vio venir. El día que escribí las últimas líneas de mi biografía, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, leí el primer artículo sobre el caso Romand”.
Otra contorsión autorreferente: en esa frase final, Carrère remite al comienzo de su investigación El adversario, a esta altura un mojón del periodismo narrativo, de las “novelas sin ficción”, como dice Javier Cercas, o de la “literatura de la realidad”, en palabras de Virginia Martínez. En ese primer párrafo de El adversario, la primera persona de Carrère compite por el protagonismo de la historia que va a contar, la de un impostor que se vuelve asesino cuando descubren su engaño. Más que en las menciones directas, yo creo que la conexión dickiana de Carrère es más profunda en ese esfumado entre ficción y no ficción, o más bien, en su juego con la noción de verdad y de verdad interior tan problemática para el periodismo (y tanto más problemática para la cordura de Dick). La idea de que la intermitencia de ilusión y verdad es tan central para entender tanto al Quijote como a la vida de Dick es, después de todo, la más interesante de Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos.
Toda esta carrera es para avisar, por si no lo sabían, que el martes que viene Carrère estará en el Solís. ¿Podemos soñar los montevideanos con referencias dickianas?
Emmanuel Carrère en el teatro Solís. Martes 29 a las 18.30. Entradas gratuitas disponibles el lunes 28 a las 15.00 en la boletería.