Como sapo de otro pozo, en la Buenos Aires de comienzos del siglo XX un médico de la Policía federal asiste a un sarao uranista, como se calificaba en esa época a un universo festivo que desborda las categorías.
Juanse Rausch construyó esa ficción a partir de las investigaciones de Jorge Salessi (Buenos Aires, 1946) sobre ese período, mientras hurgaba en los archivos de psiquiatría compilados en su libro Médicos maleantes y maricas: higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación argentina (Buenos Aires, 1871-1914), de la editorial Planeta.
No parece precisamente el momento propicio para hacer un espectáculo como Saraos uranistas en Argentina. Pero en octubre se cumplen dos años de su estreno, y este fin de semana llega al teatro Solís. “El ambiente político no es el mejor para nada, no solo para hacer la obra, pero cuando empecé a imaginar Saraos, en 2022, era otro contexto político. Eso es lo curioso de las artes escénicas: la posibilidad que tienen de actualizarse. Hay algo de que los discursos de derecha acá ponen el foco de manera explícitamente obscena, pero creo que esos discursos de odio están presentes en todos los contextos y no son puramente del gobierno que tenemos ahora en Argentina. Es un momento de efervescencia en el que eso está en nuestro cotidiano. De alguna manera se resalta, pero me parece que esas marcas siguen estando”, comenta Rausch, que es parte de las producciones de Teatro Futuro y ya trajo a Montevideo Viento blanco.
Dar con el material de Salessi no fue un hallazgo fortuito. Antes había montado una versión libre de una pieza, también de principio de siglo, Los invertidos, de José González Castillo: “Es la primera obra de teatro argentino en la que aparece un registro sobre personajes asociados a la diferencia sexual. De hecho, aparece La princesa de Borbón, que se retoma en Saraos”.
En aquella época se solapaban lo supuestamente patológico y el delito. “Era un momento particular de la historia, en la que había una alianza en este plan higienista, de limpieza de las ciudades. Había una organización entre ese poder médico y el poder político. Por eso es que también la Policía y las ciencias colaboran un poco en esta tarea”.
El dramaturgo y director se encontró luego con un escrito del músico e historiador Gabo Ferro (1965-2020) que analiza, desde otra perspectiva, aquella coordenada, bajo el título Degenerados, anormales y delincuentes (editorial Marea, 2022). “Y después fui directamente a las notas periodísticas del momento”, cuenta. Este tipo de archivos “se compilaban en una revista que publicaba la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, en la que colaboraban varios médicos, [José María] Ramos Mejía, José Ingenieros”, apunta. “Entre ellos también Francisco de Vega escribía, porque eso tenía una publicación bimestral, que básicamente era un análisis de casos, estructurados de una manera que en la obra se retoma. Tenían una introducción del médico, una especie de estudio clínico, una fotografía y la conclusión. Hay cosas increíbles. El espectáculo es verdaderamente una parte muy breve de algo que podría ser infinito”, asegura.
Lo describe como “básicamente números cerrados, o sea, canciones que comienzan y terminan”. “Tienen ciertos guiños a estilos musicales de la época: hay cuestiones cercanas al tango o a espectáculos de género menor, music hall y demás. El vestuario tiene ciertas licencias históricas. Es claramente una relectura de una época”, detalla.
Todo apunta a que le interesaba cotejar diferencias y semejanzas con esa gente de hace un siglo. “Absolutamente”, confirma. “La hipótesis de la obra es leer ese período con una mitad anacrónica, que no busca reconstruir ni replicar, además de que es imposible, sino tener una mirada en clave camp y pop, y entonces pensar también la idea de linaje, de que hay una relación entre esas maricas de principio del siglo XX y nosotros. En un momento de la obra se dice que ‘se comparten tristezas, se comparten alegrías, nos reímos de los mismos chistes’, como algo que nos emparenta”.
Foto: Irish Suárez, difusión
Son personajes que en su mayoría existieron. Pero si bien se toman elementos de sus biografías, están reimaginados. “Se llaman Aída, La Princesa de Borbón, La Bella Otero. Son nombres de fantasía. La Bella Otero no es La Bella Otero; es un juego, porque La Bella Otero de Buenos Aires decía que era La Bella Otero que había triunfado en París. Y que había una allá que se hacía pasar por ella. Después hay un personaje que se llama Dolores, que está inspirado en Lola Mora, la artista argentina que hizo también La fuente de las nereidas: hay algo con las sirenas y con la inspiración de esta artista que circula bastante en la obra. Lucía Adúriz hace de Dolores, que es un personaje alejado de la vida real de Lola Mora; es qué hubiese pasado y es como la figura literaria de La cautiva, porque ella va a una peluquería del centro y las maricas de ahí creen que es una de ellas travestida y se la llevan. Entonces empieza a vivir otra vida, alejada de la burguesía porteña, que le resultaba bastante aburrida. Dice que empieza a tener una vida con ojo de loca, gracias a que las maricas la capturan. Entendió, ella dice, una lengua de un mundo al que siempre supo que pertenecía, “pero que ahora voy a hablar”.
El suceso de Saraos en la escena independiente se da más allá del nicho queer, donde entran en foco, por ejemplo, las obras de Camila Sosa Villada y Cristian Alarcón, estableciendo un posible diálogo. “Me parece que va más allá, tal vez, del interés temático, que sin duda desde hace unos años es algo que está, no sé si decir en agenda, porque siento que le baja un poco el precio a algo que es mucho más profundo”, opina Rausch, que es además doctorando en Historia y Teoría de las Artes por la Universidad de Buenos Aires. “Lo que está ocurriendo hace que ciertos temas tengan más relevancia, pero lo que tienen todos estos proyectos de colegas es que sin duda están completamente en sintonía. Es algo que trasciende el tema, justamente, lo que emociona a una gran cantidad de público, no solo a un público restringido. Son situaciones, son personajes, son historias que se alejan de alguna manera de ese público y a la vez confirman que están cerquísima. Un poco trastocan esa idea de que lo que me emociona es lo que es parecido a mí. Estamos en un momento en el que todo es sobre el consenso y sobre buscar iguales, y también hay algo en esa diferencia que es fundamental”.
La música, más un breve monólogo, están en Spotify y en Youtube, y es reciente la edición de un libro que reúne Saraos y otra obra de Rausch, Las adoro, que estrenó hace pocos meses, “más cercana a una obra de texto, que tiene momentos musicales”. “Es la historia de dos hermanos actores, viejos, cerca de los 80 años, que están transitando el final de su vida juntos y les llega una última oportunidad para actuar”, cuenta.
Rausch se formó inicialmente en dirección escénica en la Universidad Nacional de las Artes y, cuando la estaba terminando, se dio cuenta de que le interesaba seguir ahondando en el sostén musical de las obras. Por eso entró en la carrera de dirección escénica de ópera en el instituto del teatro Colón. “Me encontré con muchas herramientas para pensar el teatro musical en general, más allá de un interés particular por la ópera, que hasta el momento no es el área donde trabajo”. Le interesa el musical en todas sus variantes y géneros. “Muchos están muy implicados con la historia del teatro argentino, con la forma en la que nos relacionamos, y también con la música desde sus orígenes. A principios de siglo, quienes iban a ver ópera eran, en su gran mayoría, inmigrantes italianos que de esa forma se volvían a conectar con sus raíces. Esa ola inmigratoria hace que tengamos un cruce de estilos muy ricos de donde sacar. Nos terminan emocionando porque los tenemos escuchados de la casa de nuestros padres, de nuestros abuelos. En el último tiempo me di cuenta de que lo que más me interesa es crear obras nuevas, que por lo general tienen un pie en cuestiones históricas o de archivo, de alguna manera. Pero mi primer interés está en esa creación; es donde siento que está mi mayor disfrute y donde me noto como encendido”.
Saraos uranistas, con dramaturgia y dirección de Juanse Rausch y composición musical de Gabriel Illanes. Sábado 19 y domingo 20 a las 20.00 en el teatro Solís. Entradas de $ 600 a $ 2.000.