la diaria Música

Arte de tapa Ramiro Alonso, diseño Joaquín Di Lorenzi.

La imaginación vertical: Vámonos al sol, de Juanma Cayota

Psicodelia que exige atención a los detalles.

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Las ocho pistas de Vámonos al sol, segundo trabajo de Juanma Cayota, sostienen una exploración persistente acerca de la posibilidad de atravesar una transformación interior mediante la canción. Más que un disco construido para enganchar desde la primera escucha, propone un modo de atención donde los desplazamientos tímbricos, las pausas y las transformaciones graduales pesan tanto como la propia melodía.

En ese punto resulta inevitable detenerse en una coincidencia que, aun careciendo de relación etimológica, ilumina ese modo de pensar la experiencia musical. "Primer invierno", cuarto track del álbum, convoca explícitamente la figura de Ícaro (presente en la tapa, con trazos que remiten por momentos a Egon Schiele), mientras que en la Amazonía peruana el Ícaro designa el canto que acompaña la práctica del curanderismo y que llega al chamán a través de sueños, visiones o una escucha que antecede a cualquier explicación racional. El primero representa un vuelo hacia un conocimiento que conlleva el riesgo de una muerte que entremezcla lo literal y lo simbólico; el segundo concibe la melodía como vehículo de iniciación, cuya eficacia depende de cómo irrumpe en la experiencia de quien escucha. Ambos imaginarios permiten aproximarse a un disco donde la música parece interesarse menos por describir estados emocionales que por producirlos.

La guitarra permanece como eje de buena parte del repertorio, aunque la producción con Fabrizio Rossi evita convertirla en un centro permanente: cada instrumento aparece cuando la progresión formal lo requiere, y las canciones avanzan por pequeñas variaciones de densidad antes que por contrastes abruptos.

"Contradicción" abre el álbum con un acompañamiento de guitarra que conserva el pulso de la escritura original y suma capas instrumentales de manera gradual, mientras la batería interviene con contención y privilegia el color antes que el impulso. La organización armónica evita las resoluciones enfáticas: varias cadencias quedan abiertas y refuerzan el sentido de provisionalidad que también propone la letra, un procedimiento que recuerda algunos pasajes de Mal tiempo sobre Alchemia, de Eduardo Mateo.

Esa presencia se vuelve más evidente en "Amor loco", que propone un cambio inmediato del paisaje sonoro: su duración breve, el ser un fragmento musicalizado de una entrevista de Gustavo Rey a Mateo —con las voces de ambos— y la ausencia de desarrollo melódico convencional la acercan al interludio, con un ritmo que nace de las pausas antes que de un patrón métrico. El tercer tema, "El lugar", amplía la gama a partir de una escritura de mayor amplitud formal: el piano de Victoria Brión, también autora de la composición, aporta una sonoridad distinta y habilita mayor margen de resonancia para cada instrumento. La voz conserva la cercanía del registro hablado, y el texto combina imágenes cotidianas con figuras de fuerte carga simbólica que remiten a procedimientos del surrealismo tardío.

En el ya mencionado "Primer invierno", la guitarra sostiene el eje armónico con un patrón estable. La producción deja un margen amplio de aire entre las capas sonoras y predominan progresiones modales que atenúan la sensación de llegada definitiva, en un movimiento circular acorde con una letra construida sobre una memoria que regresa una y otra vez sobre las mismas imágenes. Aparece aquí una de las metáforas centrales del disco, que asocia el cuerpo con una banda sonora sin voz, junto con una referencia explícita al mito de Ícaro integrada a un proceso de desgaste emocional: el vuelo hacia el conocimiento se revela también como riesgo de caída.

La canción que titula el álbum ocupa, por su parte, un lugar central en la secuencia conceptual del disco: trabaja con un diseño melódico de gran economía, donde cada frase gana relief por la reiteración, mientras el sintetizador de Lorenzo Cavalli envuelve la guitarra sin desplazarla del primer plano, lo que amplía el campo tímbrico sin alterar la economía expresiva. El texto parte de una pérdida cuyo origen queda fuera del relato, y desde ahí surge la invitación que titula la canción —una convocatoria que, a diferencia del vuelo solitario de Ícaro, se acerca más a la lógica del icaro amazónico como llamado que antecede a la comprensión racional.

Si bien "La torre" introduce el primer episodio instrumental después de cinco canciones organizadas alrededor de la palabra, modificando el modo de escucha (la trompeta de Fabrizio Rossi desarrolla frases breves separadas por silencios de duración variable), "Caleidoscopio" funciona en una misma clave, concentrando su material en apenas cuarenta segundos y operando como umbral hacia el tramo final del disco, con capas de sonido que la acercan a la música electroacústica de cámara. De allí que, a modo de cierre, "Puede ser un día" resuelva el trayecto conceptual del disco con la participación de Victoria Brión en piano, Fabrizio Rossi en voz y Diego Cotelo en guitarra solista. La escritura armónica gana estabilidad y la incorporación de nuevas voces desplaza la reflexión desde una conciencia individual hacia una dimensión más colectiva.

Quizá por eso la imagen del sol termine hilando el disco con una fuerza que excede su aparición en las letras. En términos cercanos a Gaston Bachelard, podría hablarse de una imaginación vertical, donde volar, caer, elevarse o permanecer suspendido son también formas de organizar la experiencia. Vámonos al sol traslada ese movimiento al terreno musical mediante repeticiones, suspensiones armónicas, silencios y variaciones de densidad que alteran gradualmente la percepción del tiempo. Allí aparece una suerte de psicodelia ritual, construida con recursos mínimos, por los que el viaje anunciado por el título termina ocurriendo también en el oído.

Vámonos al sol, de Juanma Cayota. Feel de Agua, 2026. En plataformas.

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