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Coyote vs. Acme, la película de risas y explosiones que los contadores no quieren que veas

Un grupo de pobres diablos le hace frente a las megacorporaciones dentro y fuera de la historia.

El mes pasado llegó una película a las salas de cine. Eso no es nada extraordinario, ya que aquí sucede prácticamente todos los jueves (los viernes en Estados Unidos). Pero esta película en particular llegó después de una serie de sucesos poco habituales. Es cierto que cada película atraviesa un complejo proceso de edición en el que varias veces corre el riesgo de terminar en un cajón o un tacho de basura. De hecho, de eso se trataban casi todos los episodios de la serie documental de Netflix Las películas que nos formaron. Tu película favorita de los 80 o 90 estuvo a esto de no existir.

Este caso es bastante más grave porque refleja el estado de la industria del entretenimiento en la era de los capitales de inversión. Hace tiempo que la era de oro de los estudios de Hollywood quedó atrás, pero lo que ocurrió con Coyote vs. Acme demuestra que estamos en la era de los contadores. Y, con todo el respeto que me merecen estos trabajadores abnegados que cada año me ayudan con la declaración de IRPF, las películas merecen estar en mejores manos. Sí, incluso las películas de Marvel.

Acompáñenme en este viaje a través de la historia para entender por qué esta divertidísima película existe... y por qué estuvo a punto de no existir.

Fantasías animadas de ayer y hoy

Lo que conocemos como Looney Tunes (que a los efectos de este texto también comprende a las Merrie Melodies) son una serie de cortometrajes animados que comenzaron a producirse en los años 30 y exhibirse en los cines, pero seguramente ustedes las hayan visto por primera vez en la televisión. Aventuras de entre seis y diez minutos que en ocasiones estaban protagonizadas por un pequeño grupo de seres humanos, animales y otras criaturas indefinibles.

Encabezados por Bugs Bunny (para muchos de nosotros “el conejo de la suerte”), solían enfrentar a seres metódicos y ordenados contra agentes del caos y la violencia. Y lo más divertido de todo es que las historias nos hacían ponernos del lado de estos últimos. Es cierto que Elmer Gruñón o Sam Bigotes solían disparar o usar la espada antes que sentarse a conversar, pero no neguemos que Bugs era capaz de enloquecerlos incluso sin una razón de peso.

Además de la animación fluida de una época en la que los estudios apostaban por esta clase de contenido, se destacaban las maravillosas coreografías de acción y comedia física en la que no faltaban explosiones, caídas interminables y toda clase de cachetadas a la física tal como la conocemos. Seguramente el mejor ejemplo de estas escenas se encuentre en los duelos entre el Coyote y el Correcaminos, a los que naturalmente regresaré.

La televisión abierta y luego señales como Cartoon Network mantuvieron a este equipo presente. Incluso lo hicieron películas como Space Jam, en las que literalmente era un equipo de básquetbol. Y más cerca en el tiempo tuvimos a Daffy (el Pato Lucas) junto con Porky en la delirante El día que la Tierra explotó. Eso, por un lado.

Te descontamos el IVA

Los últimos años de Warner Bros Discovery (WBD) han sido una montaña rusa digna de los parques de diversiones que tienen licencia para utilizar sus personajes. En agosto de 2022 la compañía anunció que no estrenaría Batgirl, una película con un presupuesto de 90 millones de dólares que ya estaba filmada y en proceso de posproducción. A diferencia de otros títulos, que en ocasiones habían sido derivados directamente a plataformas digitales, las aventuras de Batichica jamás serían vistas por el público.

Más allá de que el proyecto cayó en medio de un cambio de régimen, que su presupuesto se había disparado por el coronavirus y que una campaña de marketing hubiera necesitado aun más dinero, la medida fue inaudita. Y cayó muy mal entre las personas de a pie cuando se empezó a hablar de una “deducción fiscal” como la razón de peso para que ni siquiera pudiera ser vista en HBO Max. Para recuperar unos 25 millones de dólares, la compañía no podía monetizar la película de forma alguna: ni en streaming ni siquiera vendiéndola a otro estudio.

Así que el trabajo de cientos de personas durante numerosos meses quedó relegado a una bóveda solamente para que los accionistas anónimos tuvieran un mejor cierre del año, sin considerar que la película podría haber tenido “resultados fiscales” similares de haber llegado a las salas de cine.

Esa cancelación y la de una película animada de Scooby-Do fueron presentadas como algo puntual, como un producto de varias casualidades infames que no volvería a repetirse. Hasta que un año más tarde la compañía volvió a anunciar que sus contadores harían la misma triquiñuela, esta vez con una película protagonizada por el Coyote que siempre anda detrás del Correcaminos. Quizás por tratarse de un personaje tan querido, por ser un proyecto a todas luces rentable, o por entender que el estudio estaba tirando de la piolita a ver hasta dónde las audiencias aceptaban este nuevo modelo de negocios (como ocurre con la irrupción de la inteligencia artificial generativa), la furia generalizada se hizo sentir.

No solamente fueron los usuarios de las redes sociales quienes levantaron sus antorchas digitales, sino que nombres muy importantes de la industria del entretenimiento manifestaron su intención de dejar de trabajar con los hermanos Warner (y la hermana Warner, Dot), ya que nadie podía asegurarles que después de años de arduo trabajo no aparecería un oficinista a convertirlos en otra deducción fiscal.

La respuesta del estudio fue tibia, pero es la que permitió que hoy estemos hablando de esta película: anunció que ofrecería Coyote vs. Acme a otros estudios. Fueron meses de incertidumbre, ya que nadie llegaba al dinero pretendido por WBD, hasta que en marzo de 2025 se concretó la adquisición de los derechos de distribución (una práctica común en Hollywood) por parte de Ketchup Entertainment, los mismos que habían llevado a las salas la película de Lucas y Porky. Solamente habría que esperar unos cuantos meses y ver si el proceso de rescate, además del peso simbólico dentro de una industria alicaída, permitía disfrutar de un producto que valiera la pena.

Claro que valió la pena

Brevemente, porque en algún momento voy a tener que hablar de la película: en 1990 la revista The New Yorker publicó el ensayo humorístico “Coyote vs. Acme”, de Ian Frazier. Escrito con toda la jerga legal, explicaba que el Carnivorous vulgaris de las animaciones demandaba a la compañía proveedora de todos sus ingenios por fallar cada vez que se cruzaba con el Acceleratti incredibulus. De eso se trata, al menos como punto de partida, la película homónima.

Desde el primer minuto queda claro que el humor funciona en varios niveles. Nos trasladamos a 1992, en una división secreta de Acme, donde el doctor Peter Lorre es atrapado en un hoyo portátil fabricado por la compañía. Está bien que el nombre no les suene, porque Lorre fue un actor que brilló entre la década del 30 y del 50 del siglo pasado, pero si vieron suficientes Looney Tunes sabrán que su semblante aparecía no solamente cuando hacían referencia a las estrellas cinematográficas de la época, sino cuando buscaban un rostro que asustara.

Para entonces había descubierto algo que me devolvió la sonrisa después de haber estado obligado a ver la película doblada al español (para la segunda semana apareció un manojo de funciones subtituladas): consiguieron a un locutor que imita a aquel que en los cortos originales anunciaba tal o cual producto “marca Acme”.

Con respecto al hoyo portátil y al fabricante en cuestión, además de la convivencia natural entre personajes animados y humanos de carne y hueso, Coyote vs. Acme es una secuela espiritual de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Robert Zemeckis, 1988). No llega a su nivel porque, seamos honestos, pocas películas en la historia del cine lo hacen. Pero la dirección de Dave Green y el guion de Samy Burch resultan en algo que supera con creces a Chip y Dale: Al rescate (Akiva Schaffer, 2022).

De poco serviría todo esto si la película no fuera divertida. Y la realidad es que me reí tanto como cuando miraba los cortos originales. Si bien el nuevo estilo de animación (en un 3D que imita al 2D) no convence del todo, la expresividad del Coyote en sus primeros fracasos, y en todos los que vendrán después, hacen que nos olvidemos de ese detalle incluso mirándola en pantalla grande.

Todo el universo de los Looney Tunes está al servicio de la historia, pero también tienen un peso importante los actores. Will Forte es Kevin Avery, el abogado que toma el caso del Coyote en contra de Acme pensando que será solamente un trámite de acordar por unos dólares y al otro día continuará siendo el Saul Goodman de las caricaturas. Sin embargo, las peripecias del guion lo convertirán en enemigo público número uno de los fabricantes de productos fallidos, que tienen la representación legal del rudísimo Buddy Crane (un John Cena que sigue divirtiéndose cada vez que puede). Avery deberá aprender a ser un abogado de verdad.

Al igual que en Roger Rabbit, habrá una investigación casi detectivesca para descubrir qué sucede con Acme, y por allí harán aparición los personajes más recordados. Eso intercalado con escenas de acción, como cuando intentan obligar a que el Correcaminos testifique, o una persecución que referencia al mejor invento del Coyote (la heladera que larga hielitos y le permite esquiar). Mientras tanto, las escenas en la corte no frenan la acción, sino simplemente cambian el marco del disparate, que llegará hasta la Suprema Corte de Justicia donde entre otros senadores estará el mismísimo Elmer Gruñón. ¿Mencioné que hay un romance? Hay un romance, o algo que se le parece muchísimo.

El verdadero poder detrás de la megacorporación estará personificado (si se le puede decir así) por su CEO, el Gallo Claudio. Hay varios golpes solapados y no tanto a estas compañías gigantes que lo controlan todo, y es muy irónico que todo esto haya existido antes de la semicancelación del proyecto y de todos los tejemanejes con respecto a su fusión con Paramount. Si pestañeamos, nos vamos a perder el dato de que Acme también participa en la industria armamentista; mucho menos sutil es el parlamento de Buddy Crane buscando conquistar al jurado: “Dios bendiga a este país y a sus soldados”.

Como viejo fanático de estos cartoons encontré el mejor homenaje posible y de paso la resignificación de algunos elementos (gran cameo de Pepe Le Pew), pero además solté varias carcajadas. Ojalá las nuevas generaciones tengan esta aventura como puerta de entrada a cientos y cientos de cortos animados que han resistido el paso del tiempo de la mejor manera. La lógica sería que estuvieran disponibles en HBO Max, pero los “ejecutivos de Acme” de nuestro mundo seguro se ahorraron unos pesos sacándolos del catálogo.

Coyote vs. Acme. 103 minutos. En cines.